Publicado el 16 de Marzo de 2016, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Diferencias entre el bien y el mal. Primero, la religión individual y los apóstoles y sus apóstatas correspondientes apostados frente al banco de almas de la colectividad inconsciente. No pensamos en que el rebaño puede salir adelante sin pastor, pero nunca sin ovejas. Reparamos en ello, pero no actuamos en consecuencia. Bajo nuestra visión estajanovista de la vida y el trabajo velamos por el temporal que siempre cae sobre el tejado del otro, el del vecino incomprendido e incomprensible que habla un idioma con nuestras mismas sílabas pero distintos sintagmas. El orden de las palabras altera el producto del entendimiento, entre las sombras chinescas de la razón y el olvido de la lógica más coherente. Abnegada y poco viril, la maternidad no está lo suficientemente entrenada para amamantar a tanto idiota, pese al esfuerzo diario por imponer la ley del más constante. La fuerza la ponen otros, y a su desafío acudiremos dentro de cuatrocientos años. Más o menos.
En el camino hemos dejado muchas cosas, demasiados aperos que podrían ahora hacer el viaje mucho más soportable. En las esparteñas de cuerdas desgastadas y el polvo de sus suelas se esconden miles de figuras del pasado, incluso palabras pegadas al asfalto que huelen a rancio, letras nunca antes juntadas para llegar a tener un sentido que pocas veces imaginamos que podrían tener. Pronunciamos nombres que inventamos sobre la marcha, anticipándonos a un tiempo en el que el sinsentido reinará a sus anchas como ya lo está haciendo hoy. Miramos al cielo y pronosticamos lluvia dorada y otros efectos secundarios para que se enardezca el ánimo de los sumisos y se fomente el bandidaje entre los usuarios de moneda común. En el mínimo denominador vive el máximo deshollinador. La máxima de vivir para ver esconde la mínima de beber para servir. De ayuda o de presa, pero servir al fin y a la postre. De algo hay que morir.
Enciendan el pebetero, que allá iremos a peregrinar. De su llama renacen otras, perfumadas y ajenas, como si fuésemos habitantes de un planeta remoto en el que todo perfume estuviese vetado y el único aroma tolerable fuera el de nuestras propias gónadas, exudando la semilla de la existencia que nos trajo hasta aquí, a las orillas de otro río contaminado, vomitado desde el mar más negro que el propio y desbordado por los tejemanejes de las plantas venenosas que lo acosan a cada requiebro. Podría ser un término unívoco que englobase a varias especies vegetales o animales, pero nos da pánico rebautizar los acentos y cambiar los sentidos de algunas frases aprendidas, por muy cuestionables que sean y serán. La pavura crece hasta tal intensidad que se nos saltan los nervios de los ojos y el pus de los oídos con las rozaduras del tiempo, juez supremo e insobornable. Esos opinadores de todo lo opinable, apóstoles de cualquier teleología inútil, camarlengos de gobiernos férreos e infractores, interrumpen el atisbo de resistencia y las ganas de volver a asesinar al redil. Que solo quede una cámara habitable nos da la potestad para enderezar el rumbo y ver el camino más recto a la vuelta de la enésima esquina. Tuerzan allí sus inquietudes, retuerzan así sus vicisitudes, refuerzan aquí sus solicitudes, fuerzan ahí sus licitudes. Encuentren a quien les quiera como cada uno odia a su igual. El odio es libre, su voto de pobreza o de castidad también. Nada que objetar.
¿Hay alguien que haya hecho caso a todas esas admoniciones? ¿Quién en su sano juicio emitirá un juicio a favor y otro en contra? ¿A qué acuerdos hemos de llegar quienes no acordamos ni un punto y coma como final de una frase? Salten al proscenio y mírennos bailar, ha llegado el momento de saltarnos las normas y pasarnos por alto toda prohibición; en definitiva, ya es hora de terminar el cuento de nunca acabar. Dejemos al mundo vacío de pamemas e invitemos a todo hijo honesto al espectáculo en el que cientos, miles, millones de años se desvanecen en unos segundos. En ese ínterin, mientras la mayoría escandalosa intente tomarnos el pelo a la minoría silenciosa y sobren los epítetos, será el momento justo de proceder al pogromo universal. La sangre habrá llegado al río, sí, pero el mar de la tranquilidad nos dejará mancos para que nunca podamos volver a provocarla. Juntos y revueltos, nada ni nadie podrá pararnos.
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