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Cultura
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J.J. Caballero
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Febrero de 2013, Sábado

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

El viento y sus ciclotímicas variaciones. O el capricho de la ciclogénesis, que uno de esto no entiende demasiado. El teléfono ruge de silencio y enfanga todo el ruido interior que se necesita para la concentración en los asuntos de actualidad. Meteorología caprichosa pero incapaz de molestar lo suficiente. Como aquella vez en que el aterrizaje no fue forzoso, pero casi, porque las turbulencias afectan más al oído y a las oscilaciones del yunque que al ánimo en vilo de quien se sabe próximo a su destino. Buen viaje, señores, se escuchaba en idioma a todas extranjero, y no podíamos ni reir ni llorar sino todo lo contrario. Cuántos minutos de espera, cuántas nubes con alquitrán rondando por la cabeza y cuántos “echo-de-menos” en la punta de la lengua. El paladar es exquisito mientras aceche el vendaval ahí afuera.

Los tiempos están cambiando pero todo sigue igual. En la calle del viento, en la casa sin techo, la marabunta de la amenaza continúa cerniéndose, esquiva pero constante, sobre las cabezas de las ovejas. Somos una piara, no podemos olvidarlo, solo que algunos se escapan y saltan la verja de vez en cuando, no se sabe muy bien cómo ni para qué. El objetivo entonces y ahora era perderse en la selva en la que un león herido por su propia garganta paralizaba los oídos de quienes se aventuraban entre lianas y verdear de plantas (Tarzán ya no existía, y las gracias de su primate ya habían caído en el olvido), estático y seguro, recio y chispeante de experiencia, bajo el cielo que allí y aquí, en todas partes, tiene días oscuros e intratables. Hoy tampoco estaba de humor, ni él ni yo, y era el momento perfecto para despedirse entre recuerdos, alturas, compañeros de viaje olvidados y tardes cortas como un suspiro que ya nunca regresarán, al menos de la misma forma. También soy consciente de que pertenezco al rebaño, que no al pastor, y que en mi mano está hacer el camino antes de que exista y otros pasos aún más perdidos divaguen al intentar dibujar la senda. Eran semanas astrales y necesitábamos otros telescopios de más escasas miras y más atentas escuchas. Eso es lo que hago, escuchar tras la puerta. O no, mejor junto a la ventana, para que las ráfagas se lleven el sonido de mi propia respiración. Pero la voz no descansa nunca, sin médicos que la entretengan con recetas inocuas que no necesitan para seguir perpetuando el don de la ubicuidad. Cuánto tiempo hace ya, cuánto tiempo…

El sol ni se pone ni vuelve a salir. Sale cuando se va, entra cuando cerramos y descansa cuando volvemos a brillar por él. El blanco y el negro solo son edificios superpuestos en el resplandor de una casa abandonada donde los perros buscan trufas y fingen que aún no está todo perdido. Negro como el fondo de un pozo ciego en el que sepultar las esperanzas, blanco como el vientre de un neonato cuya esperanza aún está por pulir. Contrapuntos y contraluces para seguir remando contracorriente. Contra todo pronóstico, aún seguimos aquí. La guerra no ha empezado, por eso descansamos armas y velamos el combate por venir.

En los parajes helados del norte, los graznidos de las grullas alientan al pasajero emocional. Pedregosas vías hacia cumbres efímeras un día le pusieron al borde del precipicio, gritando al eco eterno bajo el cual se funden el azul y el espumoso gris del acantilado. Y allí espetó a su propia sombra, su única y verdadera amiga, que no hay más secretos que los que el tiempo deja revelar, despejando incógnitas y asentando incertidumbres. Ahora pensarán: “¿Otra contradicción?” Pues claro, ¿es que no saben que no puedo permitir que alguien me comprenda? Si no es críptico, es solamente icónico, lean el manual de instrucciones. Siguen sin entenderlo, ¿verdad? Ya somos dos. No, creo que muchos más. Menos mal.

Quise quedarme solo en la oscuridad, a corazón abierto y con los ojos apagados, a la espera de que en la mansedumbre del sueño encontrara el nombre que ando buscando desesperadamente. Y sé que es un nombre y no un adjetivo porque aún no puedo escribirlo, y eso que muero por morir en el intento. Las horas se encargarán de que, a mi vuelta, todo esté en su lugar y las líneas que garabateo encuentren una mínima hilazón para el resto del mundo. Yo no la necesito, claro, ya tengo bastante con encontrarme a mí mismo entre tanto laberinto de idas y venidas. Allá en el aire, a miles de años luz, otras lenguas enmudecen a diario, a veces por ignorancia, otras por exceso de emoción, mientras acá en la tierra nos removemos en nuestras tumbas por el puro gusto de estar vivos. Y coleando, podría añadir como símbolo de autocomplacencia. ¿Aún no saben que somos el pescado que se muerde la cola una y otra vez? Estamos enredados en nuestro ovillo, como un cordón umbilical que nos ata el ombligo al mundo al cual no podemos dejar de mirar ni un solo instante. Si soltamos amarras algún día no muy lejano, llegaremos a donde nunca quisimos llegar. Puede que aún no estemos preparados para el aterrizaje, dejémoslo pasar pues por esta vez. Espero que no nos arrepintamos.

Ahora escucho otros vientos, mucho más cercanos, más placenteros, mucho más sedosos. Su intensidad me conmueve porque la distancia los hace inofensivos pero su huella es mucho más profunda y devastadora. Jamás me recuperaré, y si quisieran darme la estocada final con estas cuerdas que adivino clavadas en mi memoria para siempre, no hallaría mejor forma de trascender a todos los demás. Los de antes, los de ahora y los de siempre. Después ya habrá tiempo para buscar otra coraza, otra forma de pensar y otros cristalinos con los que fijar la mirada plana y no volverla a desviar. Puede que entonces, a pesar de todo, siga aquí para contarles que en mi planeta no nos regimos por astros ni dioses. Solo por palabras.

 

"Perderlo todo y ver el mundo arder; y perderlo todo, y ser ceniza"

 

'Isabelita', Niños Mutantes (Astro, 1998)

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