Publicado el 15 de Septiembre de 2013, Domingo Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Nadie podía haberlo
imaginado. Solo algunos días después el recuerdo de lo sucedido envolvía la
tenue luz y la hacía aún más tímida, como si quisiera llenarla del polvo que
arrastraba de los siglos precedentes. Solo alguien que hubiera encendido la
mecha imaginaria que a poco estuvo de hacerse real tendría el poder de detectar
que allí había al menos un poso de verdad. De realidad. De pura elocuencia. De
anclaje con el mundo. De desarmes interiores. De amores eternos que duran un
segundo. De desgarros y cicatrices. Aquellos que no saben de qué hablan, ni
escuchan cuando leen los labios de quien no tiene nada que decir, se relamen de
ignorancia. La madre de todos los males, como dijo el artista equilibrista.
Nadie puede darnos lo que queremos, somos almas errantes y nuestras cabezas
giran lentamente en sentido inverso al que lleva la órbita terrestre… no más
canciones, por favor. Ni milongas mutables en descontrol. Menos palabras. Menos
ondas expansivas. Menos efectos secundarios. Menos rencor. Más de todo y de
nada a la vez.
Parece imposible que los
gametos que cargaban con tanta información se quedaran a medio camino de su
espiral. Era casi misión imposible, claro, había demasiados simios en el
planeta y el apocalipsis aún tardaría en llegar, exterminando en su habitual
proceder a cualquier inadaptado de tres al cuarto poder. En el quinto no vive
nadie, del sexto mandamiento nunca más se supo y al séptimo descansó. La octava
nota se atragantó en el esófago del músico loco, que debía seguir un compás
imaginario y no escrito en su destino, y la novena sinfonía del sordo tuvo
parte de culpa en que la descendencia que poblaría las pautadas hojas asumiese
su papel de comparsa. Así somos, aquí estamos, allá vamos. Viento en las velas.
Otra vez el cuchillo entre los colmillos para cubrir el expediente en blanco.
Hoja de servicio en blanco. Efectividad nula. El entredicho de lo dicho entre
dientes. La servidumbre de nuestra parte consciente. El precio que ya hemos
pagado. Los consejos desoídos de los que nos sucederán en el empeño. El pavor a
un nuevo renglón que leer. Sin sorpresas, sin comprensión, sin nada que altere
el devenir pausado de unas letras escritas solo como consecuencia de la
anterior. Lean la letra pequeña con lupa y acusen al dedo acusador. No se
queden en la puerta y arranquen las bisagras de la incontinencia verbal. Esta
es solo la versión escrita, tan inofensiva y disparatada como un cuerpo
abandonado en la cuneta.
Si en el hipotálamo se
concentrara, además de la sed de venganza y el ánimo obtuso que nos mantiene
calientes, la cantidad necesaria de normas de conducta indecente (¿para quién?,
dice el verborreico hombrecillo de negro sobre mi hombro), no sería necesaria
ninguna operación salida en masa. Las puertas están para algo, creo. Para ir y
venir, pero nunca para regresar. Eso de volver al punto de partida ya se ha
pasado de moda, pero como dicen que la cosa va de ciclos –y yo no seré quien
ejerza de grito en el desierto-, que enrojezcan de envidia los que nunca
creyeron en ella. Quien tenga ojos que oiga. Y quien lo vea claro que salga
huyendo. ¿Ya dije antes que ha llegado la hora de dar lecciones? Pues eso,
busquemos un aula y tomemos las medidas inoportunas. Al final, todas lo son,
por mucho que nos empeñemos en morir en el empeño. Midan, midan, comprobarán
que la escala métrica universal no es el mejor sistema para encauzar sus
revoluciones cotidianas. Salgan a la calle y grítenlo, pero no muy alto, así
también sabrán la importancia de un silencio dicho a tiempo. Pronuncien los
titulares con voz engolada, sublimando los acentos, acentuando el tono
beligerante, combatiendo con ustedes mismos. Mismamente, como la vida misma.
Las mismas caras, los mismos gestos, los mismos collares con idénticas
engañifas decorativas. Lo mismo de siempre, que esto también es cíclico.
Carecería de trascendencia si la paleta de colores consiguiera pintar sonrisas
donde solo hay dentaduras vacías y adecentar las grietas de unos rostros
impasibles, llenos de ojos que desnudan las interrogaciones. Piensen en la
fuerza de una mirada única, lanzada con fuerza contra los cristales que nos
separan de ella. Y luego cierren los párpados y únanse a la fiesta. No hay
invitados. Solos y enfrentados. Excitante, ¿verdad?
Seamos radicales y
refugiémonos en el solipsismo. Hay otras corrientes de pensamiento, otras
filosofías, otros puntos de vista cansada, seguidos de puntos y aparte también
hartos de esperar un final abierto. En caso de emergencia, emergan a la
superficie y miren a su alrededor. Si encuentran algo peor, véndanlo y cómanse
las sobras. En la jungla urbana no hay posibilidad alguna de redención y si la
maledicencia que nos devora lo permite estaremos bien alimentados hasta la
semana que viene. Al menos eso parece. Urgencias que no conocen a la prisa.
Paciencias ajenas a la calma. Presencias repletas de huecos. Secuencias que
permanecen estáticas. Violencias con cantos de tolerancia en los oídos.
Ponencias sin portavoz ni voto. Consecuencias sin efectos de sonido.
Menudencias.
Los locos que aún buscan la
luz les cuentan a los cuerdos que se vive mejor en las sombras. El mundo ya no
tiene remedio. Se han agotado las baterías y nadie sabe dónde conectar los
ánodos y cátodos perdidos. Por eso ahora parece, solo parece, que podemos vivir
en paz.
“Ella me puso el collar, me abrochó para siempre y me
pidió los labios. Era yo el que temblaba”
‘Agrio beso’,
Corcobado (Gasa, 1994)
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