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Cultura
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J.J. Caballero
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Junio de 2013, Domingo

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

El hombre de la máscara blanca pasea raudo a lomos de ruedas desgastadas que jamás le indicarán el camino correcto. No hay volante que lo aproxime al especialista de turno, ni dinero que cubra el tratamiento necesario. Todos andan a sus espaldas, como un rebaño desnortado que solo obedeciera la ley del instinto. Insisto en que existo, y persisto en que consisto en algo más que huesos y carne, lo mismo que el antifaz que nos aísla de nosotros mismos. Hay polvo y paja limpios de aire que contaminan al más pintado, incluso a sus respectivas ilusiones. Éstas no son alérgicas a nada, perviven bajo la epidermis a la espera de que el carcelero de la piel de gallina desenfunde el llavero de la emoción. Tarda en llegar, que conste, pero cuando lo hace no hay rugido más estremecedor ni fauces más ávidas de venganza. ¿En dónde se clavarán, y en qué espalda clavarán sus uñas anhelantes cuando no haya nada que rascar? Ni carne ni pecado, ni miedo ni perdón. Que el calvario nos expediente otro verano, que yo me bajo en la próxima primavera. Lo imaginaba, ya he vuelto a perder el último vagón…

La mujer de los ojos amarillos se apresura a sacar la basura al sol. Nadie la avisó de que si el tiempo y la autoridad incompetente lo permitiesen podría guardársela en los bajos de su vientre para siempre, justo detrás del hígado y de la lívida pesadumbre que la baña con cada rayo de sol. Son mil dolores pequeños que presagian una inundación, la riada de aguas subterráneas que purifica la superficie de vez en cuando, contracorriente, contra pronóstico y contrarrestada sin éxito. Como en un ejército sin oficio ni beneficio, donde las dan las toman (a mí con el refranero). Si toma tres, pagará cuatro, y si no se aprendió la tabla del cinco, venderá seis al precio de siete. El dos por uno de los de siempre, de los que nunca supieron dónde escribir el cero, ni siquiera cómo leerlo, si a la izquierda o a la derecha. Malditos dígitos, ¿y si preferimos las figuras? Esperando una elipse me conformé con la pirámide y en el circo circular agoté las formas cónicas mientras aprendía las esféricas. El que espera prospera, ¿no seguía así el libro de antes, el de los refranes? Si leen entre líneas resolverán el enigma: no está el bollo para hornos, ahora prefiere crecer crudito y coleando, mascullado entre los dientes del luchador, amasado entre los labios de cualquier maledicencia, que no es sino la madre de la ciencia, la evidencia de un tiempo mejor por inesperado. En esencia, la conciencia de la inexistencia. Cosas veredes.

El niño de las patas de cerdo arrastra la costumbre de no llamar nunca la atención. Será que no es tan niño o que no está tan acostumbrado. Tan breve como el resplandor lunar sobre una brizna de hierba, piensa en qué sería de él de no haber nacido tan tarde, si el reloj se le hubiera adelantado unos cuantos siglos, si la humanidad no le hubiera aceptado erguido, orgulloso de su ignorancia, en la plenitud de su papel de caricato. Parece muy viejo, pero en realidad no es tan joven, para que la paradoja encuentre otra razón de ser y este texto encaje en la sección de crípticos del pequeño almacén al que solo bajan de vez en cuando los dueños de la bodega, tan polvorientos y renqueantes como las maderas que levantan, aun a duras penas, su dudoso imperio enológico. Esto ha derivado hacia ambientes etílicos, por lo que creo que no desentonará un breve inciso. En cuanto a la última botella se le vea el ombligo cerraré la espita por esta vez y descansarán de estas burbujas de verdad. O de mentira, porque siempre acaban desvaneciéndose en el aire, igual que las pompas de jabón, pérfidas e ilusorias promesas de sueños elevados al cielo. Aquel niño del que les hablaba, que ahora busca trufas entre los charcos que dejó la tempestad, lo sabe sin que nada ni nadie haga nada para confirmarlo. La mujer anterior también. Y el rostro oculto del primer hombre hace lo propio. Ya puedo pensar con orgullo que todos han seguido el camino marcado desde el principio. Parece que tengo dotes adivinatorias, cuando no sabría ni predecir una gota de lluvia detrás de otra. Huele a barro, a días que ofrecen mucho sin prometer nada, a tardes marrones y cansadas, a hielo y a fuego. Los dragones rodantes que pespuntean a lengüetazos otro falso final feliz cabalgan a tientas, casi perdidos, conscientes de que ya nadie cree en ellos ni en sus leyendas. Es un buen presagio, en la medida en que la mayoría de los que afilan sus espadas para combatirlos tampoco creerán en los que escribimos los cuentos. Este es otro de los de nunca acabar o de los que empiezan eternamente, la pescadilla que no se muerde la cola pero escupe la mano que le da de comer. El gato en el tejado. El hilo en la aguja. La cicatriz en el costado. La palabra en la herida. El agua en la zanja. Los dedos en las llagas. Los tambores en la retirada. La muerte en vida.

Todos somos personajes sin guión, y cualquiera puede ser cualquiera, ya sin máscaras ni extremidades ni colores. En una presunta y repentina orgía todos podríamos dar y recibir sin exigir un mínimo control de calidad, haciendo del libre albedrío la única democracia posible. Los maniquíes de la fiesta permanecerían impasibles, habilitados en su espacio virginal, a prueba de errores. Las visiones espantosas serían solo aptas para la mayoría, por algo son la piedra que mueve el mundo. A kilómetros y kilómetros por hora, enroscando una muesca en otra, redirigiendo los pasos no caminados hacia ningún lugar, nos aguarda el silencio de la multitud, ese perenne y contagioso silencio que infecta a todo aquel que se atreva a desafiarlo. Háganme caso y cámbiense de acera, a las cosas es mejor llamarlas por el nombre de enfrente. Aunque nunca lo hayamos pronunciado.

 

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