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Opinión
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Félix Suárez Escobar. Licenciado en Historia.
CRISTIANO, SUPONGO
Publicado el 16 de Junio de 2013, Domingo

Lourdes Paredes Cuellas

Opinión -

Hoy día, si echamos un vistazo a los comunicados y declaraciones de la alta jerarquía eclesiástica española, pocos de los que se puedan considerar progresistas, personas de mente abierta o simplemente de izquierdas, pueden suscribir sus enunciados. Tenemos una cúpula eclesiástica que da la impresión de vivir en tiempos pretéritos al Concilio Vaticano II,  que fue (en cierto modo) un intento de adaptarse a los nuevos tiempos volviendo en parte al mensaje original del Evangelio: haz el bien y no mires con quien. El que les escribe es marxista y ateo, un ateísmo basado en la creencia, más o menos firme y contrastada, de que no existen seres sobrenaturales y de que las religiones surgieron por motivos bien terrenos: explicación de fenómenos naturales que en su día (antes del desarrollo del pensamiento científico) eran inexplicables y como instrumento de organización social (los diez mandamientos no son otra cosa que un código moral de conducta, justificado por la fe, pero basado en principios bien prácticos de acuerdo con la época en la que fueron redactados). No obstante, mi ateísmo no es incompatible con algunos de los principios del Cristianismo, con los principios originales, con aquellos dogmas revolucionarios que le costaron la vida a Cristo y que son, en buena medida, un canto a la hermandad, a la justicia y a la solidaridad.

El Cristianismo, hace algo más de dos mil años, fue un movimiento de reforma, de cambio, de progreso. En aquellos tiempos, en el mundo mediterráneo se vivía en una sociedad donde la esclavitud y la explotación eran corrientes, donde la usura y la dominación a sangre y fuego de unos pueblos por otros eran moneda de cambio habitual, un lugar donde los económicamente poderosos explotaban a una inmensa mayoría de desheredados. De estos últimos salió Jesús de Nazaret, era un pobre y simple obrero, un carpintero, hijo de carpintero, lo que hoy día llamaríamos un currelas, pero un currelas que estaba harto, como lo estaban la mayoría de los israelitas en aquel momento y no era para menos: un gobierno que no gobernaba en provecho de los gobernados (como hoy), una dominación extranjera (como la que soportamos por parte de los capitalistas internacionales con Alemania a la cabeza), una estructura social jerárquica en cuya cúspide estaba un clero corrupto que interpretaba las leyes para su medro y conveniencia (las partidocracias y la corrupción no son nuevas) y un pueblo que tenía que aguantar todo aquello y más. Era por tanto de esperar que al final la gente perdiera la paciencia y, en este caldo de cultivo, surgieron movimientos violentos y no violentos. De entre estos últimos, surgió el Cristianismo.

Los principios de dicho movimiento quedaron explicados a través de las parábolas que hoy podemos leer en los Evangelios, texto que los sectores dominantes de la Iglesia interpretan a su manera, de todos conocida. Pero en esencia ¿qué nos dicen los Evangelios realmente?: da de comer al hambriento y de beber al sediento, no solucionar los problemas de base con meros parches cortoplacistas (no se puede arreglar un vestido viejo con un trozo de tela nueva…), haz el bien a tu prójimo sin importar su condición y sin prejuicios (parábola del buen samaritano), quiere a los demás como te quieres a ti mismo, combate la corrupción y la hipocresía (Jesús en el Templo y sus múltiples desencuentros con los fariseos), sé sensible al dolor y sufrimientos ajenos haciendo todo lo posible por aliviarlos, luchar contra la enfermedad (múltiples “milagros” con personas enfermas y sin tratamiento conocido en su época), compartir lo propio (especialmente aquellos que más tienen), igualdad de todos los seres humanos… Todos estos son principios que la mayoría de la gente estaría dispuesta a suscribir hoy día, luego tener una mentalidad que busque el bien colectivo y el progreso de la sociedad no está reñido con ser cristiano, por tanto cabe preguntarse por qué la Iglesia, especialmente sus altas jerarquías, no van por ese camino sino por el contrario: aliarse con ideologías conservadoras y reaccionarias, defender las desigualdades sociales como algo natural (¿Cristo dijo alguna vez que tuviera que haber pobreza y desigualdad? Me da a mi que no…), crear organizaciones religiosas con vínculos en la política y la economía (Opus Dei) para provecho de ellas mismas, tener una actitud hipócrita ante los problemas sociales (como los fariseos a los que tanto criticó Jesús de Nazaret), estigmatizar a aquellos que por su condición sexual y sin hacer daño al prójimo no siguen los dogmas sociales establecidos, defensa hipócrita del derecho a la vida, justificación de un orden social injusto... En fin que donde hace dos mil años dije digo, ahora digo Diego.

Pero hay excepciones, honrosas excepciones, no tanto por la cúspide sino por la base: José Chamizo, sacerdote de amplia conciencia social y Defensor del Pueblo Andaluz  o los cientos de religiosos que dedican su vida y trabajo a paliar o combatir activamente las desigualdades (eso sí no recomiendo en absoluto suscribir la campaña “X tantos” puesto que ese dinero lo gestionan directamente Rouco Varela y sus acólitos). En la Iglesia hay buena gente, como en todas partes, hay todavía gente que, como dijo Salvador Allende en su discurso en la Universidad Autónoma de Méjico, “interpretan el verbo de Cristo en el sentido de echar a los mercaderes del templo”. Por tanto, el que les escribe, marxista confeso al igual que Allende, no puede sino expresar su más cordial simpatía por aquellos cristianos que siguen todavía fieles a los nobles principios originales de su credo, porque entiendo que ellos defienden lo mismo que un servidor: pan, justicia, solidaridad e igualdad.

 

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  • Comentarios de los lectores
  • Escrito por: Aurora el , 08 de Agosto de 2013 a las 18:14:31

    ¡Amèn! Totalmente de acuerdo. No hay que ser cristiano para tener unos buenos valores pero los valores cristianos son dignos de tener. Yo tambièn soy atea pero me han educado en esos valores básicos.

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