Publicado el 15 de Julio de 2013, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - La derrota de quien se sabe
más fuerte. Así luce el sol esta mañana, con esa actitud entre provocativa e
inocente que no le conduce más que a un leve fulgor entre las nubes de hormigón
que alumbran la mole nocturna. A la vigésimo cuarta luna le falta un hervor, me
temo. Si no es capaz de dilatar los poros y contraernos en felinas y aviesas
intenciones, ¿qué nos queda? Apenas un baño de rencor y despojos, con líneas de
horizonte peligrosas que intuyen otros parajes aún más feroces. Sí, al rey lo
han destronado mil príncipes menores que no saben enfundarse su corona, pero
que fueron más listos a la hora de llegar los primeros. No gana el mejor, como
es normal, sino el más incapaz. Arrebolémonos ante la lluvia del porvenir, que
no nos sacará de este pozo sin el mínimo esfuerzo. Salir del agua con un cuerpo
nuevo y unos pasos desconocidos podrá, si no enmendar nuestros errores, al
menos inyectarnos una savia fláccida con la que llegar a la orilla. Meses
después, años detrás, días en medio, horas anteriores, ladran los mismos gatos
con idénticos collares y fruncen el ceño los perros de la guerra, armados hasta
los dientes de ajo, regurgitando su justa venganza. Somos muchos menos, pero
mucho mejores.
En los márgenes de las
carreteras secundarias, como arterias en hora punta, florecen las calabazas en
su punto justo de cocción, y en la horticultura agradecida parece estar la
clave de su memoria. Está cada vez más claro, debió ocurrírsenos antes: el
futuro está en las cucurbitáceas. No lo supimos descifrar hace siglos, no vimos
más que por nuestras orejeras y nos hartamos de pipas sin la sal de la vida,
llenas de colorantes y envasadas al vacío. En esas bolsas se contenían otras
esencias, desparramadas entre nuevos granos húmedos y hollados por pies que
solo se persiguen a sí mismos. Construiremos relojes para que las horas sean
aún más largas, allanaremos el camino a la incertidumbre y reconstruiremos un
imperio apenas intuido. Torres gemelas en castillos de arena, ¿alquien quiere
mirar hacia arriba? Es para bautizarnos entre las olas del telón de fondo, que
nadie se alarme. Para eso hemos venido. Para esto habíamos nacido. Para lo otro
habríamos vencido. Para nada habremos perdido. Dicen que el que canta su mal
espanta, pero los mosquitos no mueren ni a pedradas. Insectos, sí, ya habrá
notado alguien que somos los vecinos kafkianos que nunca se dan por aludidos.
Los que asoman sus pestañas por entre las hojas y bucean su alma de pez ráyido
por las simas del entresuelo, ascendiendo los peldaños de un ascensor movido por
telepatía. Qué insidioso es el pensamiento cuando no tiene nada que perder. Los
recuerdos son otra cosa, esos nunca están cuando se les necesita, si acaso
alguna noche que los licántropos no quieran enseñarnos la palabra de Dios. Así,
como vástagos de un apóstol menor, nos retiramos al cubículo de siempre, donde
los reflejos diagonales nos hacen campar a sus anchas y esperar un nuevo y
definitivo advenimiento.
Aún mojados por la lengua de
Neptuno, imbuidos de una fuerza sobrenatural y musculados por un poderoso
espíritu de supervivencia, no hay desafío que no pueda durar más de un segundo,
y avanzamos ingobernables hacia el próximo alba, despojando de fuerza a las que
nos rodean, intentando anular todo lo que no podamos tocar, oler, saborear,
oir, ver o pensar. Imaginemos que todos somos uno, caminando a la contra en la
misma dirección, encontrando el mismo sentido a las palabras que no dijimos,
soportando las mofas de nuestra propia sombra y la agonía de nuestra propia
respiración. Sería el mundo al revés, con el derecho de darnos la vuelta de
dentro afuera sin ejercer y con la letra pequeña del contrato que llevamos
pegado a la espalda sin leer. Apenas lo hemos entendido nunca, ¿por qué habría
de ser distinto ahora? Necesitamos el hielo que antes nos hacía estremecer como
sustento para el año venidero, por si ya no hay nada más que celebrar. Cojo el
capazo, articulo un breve discurso interior y desando el trecho que aún no he
recorrido para despedirme de todos, o de cualquiera que haya llegado hasta aquí
sin que se lo haya pedido. Los adioses no son tan tristes si la intención es
buena, ténganlo en cuenta.
“Algún
día tus huellas se van a borrar, tú serás la arena que acariciarán”
‘Baila el viento’, Josele Santiago (El Volcán,
2008)
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