Publicado el 16 de Mayo de 2018, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Que hablen otros, que a mí la timidez y el no tener casi nada que decir me mantienen en silencio. Al desdoro de mí mismo, de mi propia elocuencia y de tantas palabras no dichas pero pensadas hasta la saciedad. La sociedad y la soledad enfrentadas en franca confluencia de dichos impopulares. Es mejor callar que permanecer callado, antes prefiero porfiar por no gritar que dejar los chillidos al libre albedrío del libertinaje. Cuando alguien levanta la mano no debe ser solo para pedir turno, sino para lanzar al aire las cuitas que lo atenazan y lo mantienen vivo. En esa tesitura estamos, desnudos antes de nacer, desbravados frente al espejo de nuestras miserias. En la otra vida esto no era así.
Atardeceres de cabestros renuentes. Carreras hacia las fuentes empleándonos a fondo. Cartas de desamor escritas en papel celofán. Rododendros en franca holganza de su sombra. Humo de abrojos al reflujo del rocío que empapa nuestras viejas botas. Sé y contaré muchas cosas que antes no me atrevía ni a pensar. Es el secreto de la sabiduría, la estúpida regla que unifica el pensamiento y me hace pertenecer a regañadientes al grueso de la manada. Mamada y mareada. Marcada y mascada. En la volátil luz de las velas, en las inciertas horas de la muerte nocturna que es la misma vida mejor interpretada, el aire parece aventar los fantasmas por ataviar. En otras selvas aquello no brillaba tanto.
A merced de las barrabasadas y maldades del vecino de al lado, al que le pides sal y te la arroja a las cicatrices. Sacando a los perros a pasear y sanando a los cerdos al rezongar. Nubes de humo azul en océanos de mentira. Vuelos de buitres en círculos concéntricos. Casas aisladas en medio del desierto. Sí, es mejor callar que calar. Cantar que contar. Cortar que costar. Casar que cansar. En la contradicción reside el mejor discurso con el que acortar los espacios entre mentes y cuerpos. No es difícil convencer a nadie de que lo que nunca quiso hacer no es más que la mejor opción. Siempre habrá quien permanezca unido hasta el hospital, como si eso fuera un símbolo de unión eterna. En el otro lado todo era diferente.
Vórtices de tormentas fatales acechan el discurso universal, porque el diluvio ya nos dejó lo bastante empapados para pensar con claridad. Entre la turbamulta de deseos no conseguidos hay alguien que podrá dormir tranquilo si lo deja el reconcomer de sus propios dientes. Encías de resentimiento. Estrías de pudrimiento. Endivias de pegamento. Envidias a sotavento. Cubro las nuevas ideas con el manto del olvido y las postergo al confinamiento del día después, incierto y acechante. No es por deshacerme de su nudo que me atraganto con otros desconocidos. Quien calla no siempre otorga ni quien otorga no siempre habla. Manifiéstense, amables enemigos. En las otras orillas nada fue real.
Para los que quieran husmear más allá de las peripecias vitales de alguien que les importa un comino: Aquí no hay hueso que rascar ni huevo que empollar, todo fue descubierto hace mil siglos y ni el big bang explosionó en la dirección correcta, emplazando cada cosa en un lugar improcedente. Es una cuestión de equidad, un quid pro quo perfecto y ejemplar. No es un carácter atrabiliario ni banal, es despojarse de toda identidad para volver a ser uno mismo. Si no puede asimilarse una cosa así es que no merece la pena explicar nada más. Asistan a clases privadas y comparen precios. Cuando encuentren su propio camino olvídense de los demás, que nunca estuvieron de menos. En otro tiempo todo resultaba falso.
Pruebo el antiséptico eficaz de la venganza más injusta. Contra todos y contra nadie. Contra nada y contra cada uno. Contracorriente. Contrario a la contradicción. Contratando el contrasentido. Con tratos de favor a favor de no sé quién. Es un método de protección como cualquier otro. Como los gestos melindrosos que intentan engañarme a cada paso. Esta vez será mucho peor, pues son ellos los que no saben que ahora sé mucho más que antes. Todos lo sabemos aunque no actuemos ni nos dejemos mejorar. Debe ser el viento, que ahora intenta arrastrar las olas fuera del mar y nunca dibuja en la orilla mensajes de esperanza. Puede que ya huela a nuevo. En otro lugar ya estaba todo dicho.
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