Publicado el 07 de Febrero de 2011, Lunes
Peñarroya-Pueblonuevo - Opinión - Al parecer, en la "Opinión" anterior no quedo claro el concepto, que desde muy antiguo la carretera de los arbolitos fuera un lugar concurrido. Pues bien: en la presente, con distinta filosofía y recordando algunos lugares singulares de su entorno de los cuales, disfrutábamos allá por los "50". Trataré de demostrar porque era tan transitada, tanto entonces como mucho antes, según referencias de nuestros mayores. A saber:
Tras pasar del tramo de los morales, que doña Luisa al parecer no quiere reparar; a la izquierda se encontraba el "El Pasaje", lugar de recreo tipo taberna, con una magnifica era para jugar los niños, propiedad durante generaciones de la familia Cabezas en este caso de José, que junto a su esposa Ani proporcionaban agua del pozo a personal del pueblo, a la vez que posibilitaban tomar un refrigerio, especialmente a los hombres, en aquellas botellas con caña en el tapón, por una módica cantidad; lo que invitaba al paseo de familias, parejas y grupos de jóvenes, disfrutando de las peculiaridades de la zona.
Al lado, se inicia la pista que lleva a "Las Picazas" y a 500 m., estaba la "Huerta de los Carniceros" regentada por el matrimonio Salmerón, natural de Almería, donde siempre había un obsequio de hortaliza para el que se paraba hablar con ellos. También se podía llegar a este punto, por el camino de "Las Peñas", pasando por el huerto de "La Marciana", para después de dejar a tras las rocas y comenzar a bajar hacia la huerta, pasar junto a la choza de "Penetra". Un mendigo bohemio y rebelde, que con su familia en el pueblo, tomó la decisión de vivir de la caridad, resguardándose del frío y la lluvia, en algo parecido al cubil de un oso. Hoy, todavía se aprecia donde estaba situada.
Volvemos, a la conocida como "Carretera Hinojosa" y después de cruzar la referida pista, se llegaba a "El Brillante" un tipo de chalet de la época con huerto y jardín, donde existía una alberca-piscina, llena de culebras, algunas verdes y gordas, como jamás he visto. Los hijos de los caseros, Manolo y Enrique jugaban con ellas como si fueran lombrices, mientras los demás las mirábamos desde cierta distancia.
Al frente poco más adelante, donde mi vecino Leoncio hoy tiene su granja porcina, se encontraban "Los Tejares". Allí, Pepíllo Consuegra con sus hijos Manolo, José y López fabricaban tejas y ladrillos con la tierra que arrancaban a golpe de riñón y azadón, para después de amasarla en unos tipos de pozas, pasar a formar las piezas con los moldes apropiados, que una vez secas en la explanada del tejar, las pasaban al horno de leña hasta su cocción y posterior almacenamiento. Este, era un sitio de curiosidad especial, por la artesanía y esfuerzo que sus protagonistas ponían de manifiesto.
A no mucha distancia y en paralelo, estaba "El Salitrá", propiedad de Paño y cuidado por Manuel y Lucía que tenían dos hijas muy guapas Carmen y Juanita. Esta finca, además del salitre de sus aguas como su nombre indica, tenía unos eucaliptos en los cuales, una década más tarde junto con mi amigo Evaristo, practicábamos la subida de la cuerda, también había un helipuerto muy visitado, construido durante la Guerra Civil.
Este paseo iniciado en la alfarería, por la carretera de los arbolitos, se podía alargar hasta el cortijo de "Tres Perrillas", propiedad de la familia Zoyo. Lugar de campo para los domingos y el martes de Pascuas donde se "despedían" hasta otro año, con cantos y jugando a "el corro", a "la flor del romero", a "que salga usted" y a "el señor don gato.
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