Publicado el 16 de Diciembre de 2016, Viernes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - La realidad tiene distintos ángulos, conversos y convexos como la fe de los mendigos. Cóncavos con cabos y clavos conchabados no hay tantos por ahí, ya era fácil de entender. Pero el prisma, la pirámide que dispone quién sí y quién no, y quién a veces y quién cuando, siempre está ahí, observándonos con su ojo ciego y su mandar sin desmandarse ni remangarse, a sabiendas de nuestra sumisión incondicional. La vida es así, no la he inventado yo.
Cuando pasan estas cosas es cuando te das cuenta de que nada es lo que parece, que lo que antes era un rectángulo perfecto ahora es una elipse irregular desde la que observar al mundo a tus pies, porque el cielo es el refugio ideal para los inútiles. Debe ser que alguien una vez usó el teodolito con el que se miden las distancias más pequeñas para diseñar un edificio de vértices imposibles, con ventanas abiertas al mar de la tranquilidad y vistas al faro de los sueños por cumplir, mientras alguien más inútil aún se hace rico en su sofá de perlas preciosas, con el chalaneo como excusa para pensar en la próxima treta de la que escapar sin dejar huella en la presente. Por el poder que se nos ha otorgado, declaramos estos bienes de uso común, con sus patios traseros adosados del rencor viejo y pegajoso que trajo estos lodos de los barros ajenos. Pies en polvorosa. Polvo rosa a los pies del cañón. Cañonazos de regodeo en la miseria propia. Propiamente dicho, lo que se conoce como evaporación. Por acción de la inacción, la paradoja que se muerde la cola. Con la única opción de reproducirse, el aparato se fecunda a sí mismo. Asimismo, con su mismo organismo lo dispone patas arriba. Arriban al puerto los pescadores muertos. El pescado tuerto les ganó la partida. Partida en dos, la mar se abre al moisés de la mala racha. Rachas de viento que soplan en contra. Encontrados sin vida ni muerte ni suerte ni perdón, los seres vacíos se retiran en bandada hacia su guarida. Guarecida y modosa, la hembra animal tensa sus garras. Agarra, lame, araña, fuerza, grita, se deshace en un mohín humano que deshace todo lo que está por venir.
Con el tiempo te das cuenta de que existen formas entre las sombras que siempre estuvieron ahí, durmiendo a pocos metros de tu cama cada noche y despertando al mismo tiempo que todos tus fantasmas. Te persiguen por el pasillo, observan cómo te desnudas y hablan con la misma pared que no responde nunca ninguna de tus preguntas. Parece que hay algo allí, detrás del reflejo que se burla de tu rostro en el cristal, que está hecho de cadmio incandescente y del que pareces poder hacer usufructo en tu propio perjuicio sin que a nadie más le importe, pero sin embargo dejas pasar las horas, los días, las semanas, los meses y los años sin que durante un solo minuto te importe en absoluto lo que ese alguien o algo está pensando de ti. En otro momento dirías que eso es precisamente lo que necesitas, que no exista sustancia que pueda corroer tus huellas ni esperar nada de ti que no puedas dar, pero acabas convencido de que en el estuario de una de tus futuras vidas vas a necesitar ese susurro indeseado e indeseable, esa garganta achacosa que carraspea por los rincones para recordarte que de donde viniste es siempre el mismo sitio al que te diriges, y que el río que se bifurca buscando la mejor luna no es más que la doblez de tu otro yo, el pliegue en el camisón blanco del frío que te envolvió y te envolverá, alejándote de ti mismo, suplicándote que le sigas, que él te dará la respuesta, que no hay más hechizos que los que un día te pusieron al pie del camino y se olvidaron de tu existencia. Patibularios sonidos que no son sino la exornación y el accesorio de unos últimos momentos de dulzura, de extrema y extrañamente familiar placidez. Nadie tiene el derecho de punir ni ser punido.
Envenenados con el asbesto nuestro de cada día, respirando un aire viciado y leyendo los renglones disruptivos del destino, ensangrentadas las uñas con las que crecimos y acabadas las páginas del libro que nunca se acaba, giramos la cabeza, movemos el cuello en círculos y hacemos un ejercicio de regresión en el que la conciencia nos quede intranquila para siempre. Ahí está el secreto de la verdadera sabiduría.
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