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Opinión
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Félix Suárez Escobar. Licenciado en Historia
EL TREN (SEXTA PARTE): UN MODELO DE ESTADO Y DEMOCRACIA
Publicado el 16 de Agosto de 2013, Viernes

Lourdes Paredes Cuellas

Opinión -

Esto lo último a tratar y tal vez lo primero que debería haber tratado a lo largo de estas seis entregas, porque es lo que debería garantizar que este propuesto nuevo modelo social y económico más equilibrado perdurase en el tiempo. Algo he apuntado ya de que el sistema económico vigente es el que nos da la información que cree conveniente a sus intereses, no nos deja imaginar cómo se podrían hacer las cosas mejor. Desde críos nos enseñaban machaconamente que el Jefe del Estado era el rey Juan Carlos I, que existían tres poderes, que había una Constitución de 1978, que teníamos una economía de mercado, con ricos y pobres y que toda alternativa a ello era un soberano disparate. Bueno ¿No es un soberano disparate lo que tenemos ahora? Ricos que se llevan el dinero al extranjero para no pagar a Hacienda mientras que echan a los trabajadores a la calle y los dejan sin pan y sin vivienda, pequeños negocios sustentadores de modestas familias que se cierran mientras nos gastamos billones de las antiguas pesetas en rescatar a unos bancos financiadores de partidos cuyos altos cargos no tienen más profesión que la misma política, una Constitución que sólo se cumple para hacer recortes mientras la gente se tiene que pagar sus propios tratamientos contra el cáncer y mil enfermedades más, jóvenes sin futuro y con alma de ancianos sin poder trabajar, ancianos con pensiones que provocan la risa o el llanto y que son las que mantienen a hijos e hijas hipotecados por la avaricia de unos cuantos y explotados por otros tantos, hambre en algunas familias mientras que los hay que mueren de infartos en clínicas privadas por culpa de la obesidad … ¿Es esta la España que soñaron nuestros padres y abuelos cuando votaron la Constitución? ¿Seguro? Creo que no, creo que votaron por un sistema de libertades donde no hubiera privilegio de clase o condición, votaron por el porvenir de la juventud y la tranquilidad de la vejez, votaron por vernos crecer libres e iguales en una sociedad que con el esfuerzo y la solidaridad de todos un día sería digna del sudor y del sacrificio de sus ciudadanos. Todo ello no se ha cumplido, pero se puede cumplir, se puede hacer real implantando sistema democrático de verdad. Para que ese sistema sea posible hay que acabar con el bipartidismo, hay que buscar formaciones, por minoritarias que sean, que se comprometan con sinceridad a hacer una sociedad más justa e igualitaria, para que nunca jamás haya potentados que corrompan a los rectores de la vida pública. Hecho esto, hay que hacer que la población participe en las decisiones colectivas ampliamente, hay que consultar a la población periódicamente sobre todo proyecto de ley concerniente a sanidad, políticas sociales, educación, vivienda, empleo, economía y política exterior (para que no nos metan nunca más en guerras ilegales). Evidentemente a nivel regional,  las consultas estarían en relación con las competencias que les quedasen a las autonomías (tras una pertinente redistribución de las mismas) y a nivel municipal igual, desapareciendo las Diputaciones y asumiendo sus competencias las autonomías. Las consultas las han de realizar las correspondientes administraciones y la participación de la ciudadanía ha de ser forzosamente obligatoria, salvo enfermedad; se ha terminado el “no opino, no voto, qué más da si todo va a seguir igual” se acabó el ciudadano-borrego. Con esto, por fin se conseguiría que los políticos tuvieran la necesidad de acercarse al ciudadano y que el ciudadano se implique en la gestión de su vida colectiva, porque si no se fiscaliza a los gobernantes con más frecuencia, al final acabamos teniendo lo que tenemos hoy día: una parodia electoral cada cuatro años. Es más, el sistema electoral ha de ser reformado, se debería de implantar el distrito electoral único en las elecciones generales (distrito equivalente a toda España) y en las autonómicas (distrito electoral equivalente a toda la región), se tendría que eliminar la ley D’ont, que prima a los partidos mayoritarios, que impide que una persona en la realidad equivalga a un voto y que posibilita falsas mayorías de gobierno. Se han de potenciar las iniciativas legislativas ciudadanas que además deberían ser defendidas no por un partido cualquiera, sino por el del gobierno, puesto que es la ciudadanía la que mayoritariamente le ha encargado dirigir lo que es de todos. En cuanto a las instituciones, el Senado o se convierte en una auténtica cámara de representación territorial o debería desaparecer, aunque si se mantiene ha de ser sin senadores designados por las autonomías, para que todos tuvieran que estar elegidos por votación popular y lo mismo, el Jefe del Estado. Sí, una república, en la que el que un día un niño o una niña que nazca en un pueblecito o en un barrio, hijo de una familia corriente y moliente, pueda llegar a ser un día la más alta dignidad de la nación, alguien que por sus méritos personales en lo profesional y en lo particular sea acreedor de ser la cabeza del Estado. Alguien cualificado y elegido por el pueblo para desempeñar las mismas funciones que el Rey, eso sí, lógicamente el cargo no sería vitalicio porque, digo yo ¿Qué no somos ya lo bastante mayorcitos los españoles? ¿Qué no tenemos bastante experiencia ya como para encontrar a alguien que no use el derecho de sangre para ser jefe del estado a perpetuidad? Gente honrada, preparada y con vocación de servicio a España, fuera de la familia Borbón la hay, entre cuarenta millones de españoles tiene que haber alguien, seguro.

Todo lo que les he contado a lo largo de estas entregas es un proyecto, un proyecto de alguien de a pie que desea lo mejor para él y el resto de sus conciudadanos, una persona que desea vivir en paz, ganarse el pan honradamente y llevar una vida digna sin abusar de nadie. Eso sí, uno de tantos que es consciente de que no se puede seguir así, de que quejarse por quejarse sin plantar cara no sirve de nada, de que si queremos vivir como a la mayoría nos gustaría, hay que pelear, pelear organizados, con la razón y la palabra como armas. Hay que combatir a los explotadores del débil, a los corruptos, a los poderosos, porque sólo combatiéndolos (en una lucha que no será fácil), se puede conseguir una victoria, una victoria de justicia e igualdad, una victoria de pan y prosperidad, una victoria que no nos traerá un mundo ideal y perfecto, pero una victoria de la que nacerá la esperanza para llevar una vida mejor. Señores, señoras, paisanos, somos más y mejores que ellos, ténganlo en cuenta.

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