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Cultura
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J.J. Caballero
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Agosto de 2013, Viernes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Ética, estética, dietética y cosmética. Vayamos por partes. Al llegar, las turbulencias fueron del montón, nada que hiciera alterar el curso de un viaje anunciado. Las ciencias del mar se esconden tras cortinas hechas de piedra, a modo de rompeolas ficticio pero robusto. ¿Qué es lo que me decían las mujeres del mercado aéreo? Nunca supe descifrar palabras y voces, en la mezcolanza y la pléyade de insectos extraño-parlantes solo reinaba la confusión y esa música fría que solo parece acompasar la antesala de un apocalipsis en blanco y negro. Sus notas confusas y sus melodías tristes, más dulces que un zapato de raso, mecen el reencuentro que en unas horas pondrá las cosas en su sitio real. Realmente, la mente no miente ni menta al mentor amedrentado, elevado a las alturas y a los altares por alas de plata que se despliegan un par de veces al año. Será este nuestro momento… o será otro momento más, mediocre y vacío, como el hueco innombrable que se abre bajo nuestras cabezas.

Hay que regresar al modo bienhumorado. De nada sirve asentir cabizbajos, lamer nuestras heridas y susurrarle a los cardenales que reblandezcan los golpes de la noche anterior. A cuestas se viaja mucho mejor, quién lo diría, con los pies supurando ampollas y ejerciendo de soportales frágiles por fuera y pétreos por dentro, donde la sangre corre y se detiene a beber en el río de su propia rojez. Ahora sé por dónde llegaron estas manchas, y también sé cómo hacer que desaparezcan. Las ciencias infusas se esconden tras manteles hechos de poder, a modo de escudo protector pero inseguro. ¿Qué es lo que escuchaba decir a los hombres del desfile interior? Ya no puedo repetirme, ni procede arrepentirme. Socorrer a los desvalidos y huir guardando la ropa que aún no se secó, esas parecen ser las prioridades. Música para camaleones que interpretan la coda final encaramados a ramas tripudas, mascando las hojas caducas que servirán para amamantar a sus camadas dos generaciones más tarde. ¿Estaremos aquí para verlo? Cuántas fotografías posibles y qué pocos objetivos, aunque, bien mirado, para lo que lo necesitan algunos…

No, no me hace falta pensar. Tengo una plétora de insectos inundando mi habitación para recordar que ahí fuera la arenga es mucho peor. De la que me estoy librando, vive Dios. Me reciben con una salva de aplausos para otros recién llegados y hago como si no tuviera ojos. Alguien intenta convencerme de su indispensable presencia en el cosmos con una batería de versos sin rima, condensando la asonancia con la concordancia de unos verbos torpes, sin sujeto ni predicado que le den sentido, deformes desde el principio de la sentencia. Veredicto: culpable. Que pase el siguiente. O vuelva usted mañana, para completar otro relato corto más que no nos complique demasiado la existencia y nos haga pasar por sabios hasta que otro aterrizaje forzoso nos ponga en nuestro sitio. ¿Con quién venimos, por dónde pasamos, cómo saldremos de aquí? Un mes después las preguntas desnudarán sus puntos de interrogación y estilizarán la curvatura de su signo. Míralas, qué pizpiretas lucirán ellas ante nuestro asombro. Demasiadas cuestiones para un cuerpo tan pequeño. Cuando crezca y sea como ellos, o mucho mejor, seré yo quien los deje desarmados y lívidos de envidia. Y que luego llamen a sus edecanes y les vayan con recados, a mí la autoridad. Lo permitieran o no, el tiempo encontrará un ataúd adecuado para uno de ellos, incluido yo mismo. Ahora debería cambiar el pronombre, por aquello de pluralizar e incluirme en este despropósito. No, no me harán cambiar de parecer, al menos por hoy.

Estrellas de cien puntas se alejan hacia galaxias más cómplices. En la ciudad del viento los hurones recogen su mal parado orgullo y ponen rumbo hacia madrigueras más finas, donde las condiciones y el alquiler les sean más favorables. Es el más por menos, la oferta del nunca acabar dando tu brazo a torcer, la ley del más listo, nunca del más fuerte. No confundir la izquierda con la derecha, el centro con el adentro, la paciencia con la incontinencia. Mareas de rencor se acumulan, dirigiendo sus residuos al contenedor de ideas caducadas, sin posibilidad alguna de reciclaje. Es inútil discutir cuando la pelea ha terminado hace siglos. Una hache muda, harta de ser el espacio en blanco de mil gargantas, se desgañita en otras tantas aspiraciones de poder. Poder ser lo que somos, ser lo que pudimos, merecer ya es otra cosa bien distinta. Creo que el desvío de la trayectoria inicial me ha beneficiado al situar en paralelo mis palabras, en un atajo invisible al hatajo de gritos colectivos, tan agradables durante el camino que incluso los echas en falta al volverte sordo.

¿Para qué restar si la suma ya hace el trabajo sucio por nosotros? Marcaremos con el signo de la cruz a todos los miembros de la comunidad y pasaremos de nuevo por el aro, a sabiendas de que al otro lado solo nos aguardan las dunas de un desierto altivo, vasto e inconmensurable. Que el pueblo no piense, no, y que el ritmo no pare. Que nos engañen mañana por la tarde, justo después de almorzar, cuando tengamos a la guardia durmiendo la siesta. Y que nos dejen conectada la respiración artificial, ya llamaremos al asesino de turno cuando sea preciso. Si es que alguien no reivindica antes el crimen.

 

“De la bruta creación quedaremos tú y yo; intoxícame en el más allá”

 ‘Ciencia ficción’, Mercromina (Subterfuge Records, 1995)

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