Publicado el 21 de Julio de 2020, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Un corazón roto y brillante, una historia aún no conocida que cabalga entre amanecer y crepúsculo a rebufo de una treintena de fracasos. De la cuarentena ya se habla menos, no sea que la relación abierta que hemos recién entablado con el peligro se resienta de puro mal gusto. Algunos, en el acmé de su fama, aún no entienden que plagiar sonrisas está igual de penalizado que forzarlas, y siguen aclarándose la piel como un amante frustrado que no puede conseguir la erección deseada la segunda noche de encuentros a flor de piel. Otras, barbianas y radiantes, acucian y acusan el paso de los días para que no se note que sus almas llevan encerradas desde mucho antes del desastre. En los cajones se esconden los cojines del desconcierto. Por las canciones se deslizan los confines del desierto. Con los cordones se atan las cortinas del desaliento. Y así podríamos seguir hasta el grito infinito.
La condición humana es inmanente a la continuación inhumana, y quien no lo entienda está en las mismas condiciones que quien lo escribe. ¿Hay algo que discutir cuando no se llega a captar el sentido de una sola palabra pronunciada? Podremos dormir tranquilos a la par que marchitos desde el momento en que dejemos de escuchar aplausos hipócritas y quitar máscaras innecesarias. Cara a cara, cuerpo a cuerpo, piel a piel, paso a paso. Paso por aquí por no mirar atrás. Ando por allí por no sentir al de al lado. Que la excusa sea dejar de hablar y el camino más corto sea el discurso más largo son actos ya lo suficientemente explícitos como para ser ignorados. Mujeres, hombres y animales, que es lo mismo que machos, hembras y seres cerebrales. Advertidos estamos. Inadvertidos pasamos. Pueden dejarse embaucar por rimas de ultratumba y enteógenos de cualquier condición, porque el engaño solo será momentáneo. Y es inútil alegar que nunca supimos cuál era nuestro primer apellido.
Nos tienen ojeriza. Los tenemos hechos trizas. Nos observan con malicia. Los perseguimos sin albricias. Puede que el malhadado signo de los tiempos nos deje poco lugar para la protesta, aunque tanto pataleo no pinta demasiado bien. No pertenecemos a nuestro tiempo, ni somos hijos de quienes nos educaron, ni tampoco esclavos de lo que hemos hecho. Somos simples vientos de ida y vuelta, como los cantes que conformaron nuestra infancia y confirmaron su ignorancia. Rancias como pétalos de petunia en diciembre, las filfas cotidianas nos son vomitadas y esparcidas a placer a través de un altavoz mediocre, tan sordo como privado de voluntad, y la estulticia campa a sus anchas por donde quiera que vamos. Qué hacer, cómo escapar, a dónde huir, cuándo acabar. No planteamos interrogantes, solo plantamos coadyuvantes. Es la nueva anormalidad la que acabará con el futuro antes de que el pasado se vengue del presente. En subjuntivo no puede suceder nada que pudiera ocurrir en imperativo, y el indicativo que advierte del riesgo solo parpadea en color verde. Dennos paso. Aquí ya no hay nada que revivir.
Las carrascas siguen espigando a la brisa de la tarde. No vuela una mosca ni pica una abeja. La ceremonia se torna cada vez más incruenta y no hay ni un solo alma descarriada capaz de atestiguarlo. Es una pena que pasemos otra vez sin pena ni gloria. Sin recurrir a expresiones tautológicas ni a la vieja perorata de que alguien, aún no se sabe quién, debe darnos el pan de cada día, y además tiene que ser hoy, llegamos a conclusiones inopinadas que también dejan una puerta abierta a la duda inteligente. Reivindiquemos el derecho a protestar. Por potestad y por propiedad. Para preguntar y preguntarse. Con alevosía errónea y aristas por pulir. Si algún sinapismo sospechoso se empeña en mostrar la pata, nosotros le enseñaremos el codo. Es la nueva forma de comunicación, y si se puede arrimar el hombro mucho mejor.
Un alma contrita y desobediente, una caminata larga y tortuosa que deriva en un regreso arrastrando el marbete de la mediocridad, vistiendo una camisa entreverada de mentiras que se apiadan de las medias verdades. La eternidad se ríe de nosotros, pobres adminículos de conciencia, y salta a la comba con la muerte en vida. Un único y último deseo que quema en el bolsillo trasero de la garganta: Fin del principio.
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