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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 17 de Junio de 2015, Miércoles

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Ni el mismísimo diablo lo hubiese imaginado. Cuando la certeza entra por la puerta el dolor se cuela por la ventana, y sé bien de lo que hablo. En las calles el rojo cereza decora sombreros, lámaparas y trajes dañados por el viento y el granizo, y las gentes de mal vivir ensucian el asfalto con su dejadez mientras todos las miramos engreídos y quejumbrosos. El lamento del cocodrilo, las lágrimas del pájaro espino y otras subespecies que entresacan los dientes de un alma mucho menos podrida que la nuestra. El resultado es lo de menos, hemos venido a empequeñecernos. En la tanda de penas máximas a la puerta del bar de guardia nos toca tirar los últimos y jugarnos la eliminatoria a cruz o envés. En vez de eso, nos dirán cómo hemos dictar las últimas líneas. Alineados, alienados y lineales, como era de esperar, que nadie se alarme aún. Se puede engañar a todos durante un tiempo, pero el tiempo de engañar a tantos toca a su final. Todo el tiempo y tiempo al todo. No nos morirán.

También está el azul mustio de las lilas marchitas y los pisoteados hilachos de la derrota arrastrados por el viento. Más leve y menos capaz, pero viento al fin y a la postre. Con la inquina de los que solo saben gritar contra quien no les sonríe al pasar por el cementerio y las mordazas colgando de los labios abrazamos otras nuevas bagatelas que nos anestesiarán durante unos cuantos años. Palabras sin importancia, ya saben, solo tómbolas para bolsillos con doble fondo. Pongan la mano, muerdan las venas, salten las vallas y estrujen sus cerebros. Al banquete solo llegarán los elegidos para la feria. Desfile de cerdos al amanecer. Pálidas damas que miran de frente y afilan sus cejas. Compradores de miserias angélicos y dóciles. Odaliscas maltratadas y serviles. Todo vale aunque a veces no valga nada. Entiendo que ahí afuera, entre el loor de la multitud bien domesticada, el fragor de los gritos sea cada vez mayor y que las nuevas medidas utilicen un sistema decimal ajeno a los límites de nuestro cuarto, pero aquí adentro, entre el ruido de las máquinas y las zanjas en llamas, las cloacas siguen vomitando inmundicia. Harán falta varios siglos para que queden inmaculadas e inocentes otra vez, y para que las corrientes subterráneas suenen cristalinas y libres de servidumbres. Una utopía más, sí, y cada vez más próxima e inalcanzable. Como siempre que suceden las cosas importantes me encuentro macilento y perezoso, me mantendré al margen de los sueños y dormiré en la orilla oscura del río, donde los olores no son los mismos que en el fondo y el panorama me es algo más familiar. Debería hablar en plural y hacer partícipe al mundo de mi inmensa seguridad.

Atranco la puerta y atraco la nevera. Cuento los centímetros y recuento los mismos cuentos. Rehago la senda y rehogo las penas. Cuelo el líquido vital y celo por el que se muere. Troco los cromos del pasado y toco el perfil del futuro. Recreo el bastante y creo el de sobra. Cobro las cuentas saldadas y cubro el cadáver de las pendientes. Desasno a los más sabios y desando a los postrados. Puestos a hacer, he repuesto los hechos. Como siempre y hasta nunca.

No por mucho que insudemos resolveremos el enigma que pugna por escapársenos entre los dientes. Lo mejor será verlo marcharse entre brazadas y suspiros, y luchar nosotros mismos por su pervivencia. Al final de todo, cuando lo único que recordemos sea lo que nunca jamás sucedió, miraremos las nubes y buscaremos un agujero por el que escapar para no volver al lugar del que una vez partimos. Nos quedaremos parados al tranco de nuestro propio hogar y llamaremos a voces a quienes nos fallaron hace tantos mayos que parece que fueron noviembres. En el trasbordo de las estaciones lo que menos importa es el lado del que sople el viento. Vuelvan por donde vinieron y dejen la ropa en la orilla para que la confundan con los aperos de pesca. Bien mirado, los que tiran el anzuelo quieren que piquemos hoy como ayer, pero creo que ya lo hemos hecho bastante. Nos han dirigido los pasos hacia pasillos oscuros y jardines sin salida, seducidos por el verde y el añil de la habitación y guiados por el pánico que no nos suele fallar. Haremos gala de nuestro proverbial laconismo para hacernos fuerte contra los recentales a los que los golpes del mundo les traen al pairo. La inexperiencia es la evidencia y los colores la fortaleza. Ahora los cambiamos por el blanco fundido y empezamos de cero para llegar hasta donde el viento nos lleve. Es posible cambiar, lo sabíamos. Ha sido tan difícil que nuestras propias huellas borraron el camino trazado. Las seguiremos hacia atrás, hasta descifrar el misterio que nos ha traído hasta aquí.


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