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DESDE EL JERGÓN
Publicado el 21 de Diciembre de 2021, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Caminamos para cabalgar sobre tremedales que tiemblan bajo nuestros pies. Arañamos horas, minutos, centésimas de tiempo inmemorial para que no se nos escapen los más valiosos días de nuestra vida mientras conversaciones intrascendentes nos gobiernan los sentidos. El labio superior se muestra belicoso con el inferior, y la parte de atrás reivindica su derecho a adelantar a las preminentes. Prominentes y eminentes son las palabras emitidas. Remitentes y resilientes, en cambio, las promesas incumplidas. Barriendo desde el interior y diciendo que no son para nosotros, cortamos la flor de los años que se van. Todo esto viene a decir una única cosa: Puede que al principio lo ignoráramos todo, al menos lo que se nos permitía ignora, pero al final descubrimos que la ciencia es inútil cuando la experiencia se impone a todo lo demás. No olvidemos que lo que no importa es írrito, reemplazable, recurrente e inútil, al fin y al cabo.

                El regreso al hogar vino marcado por las cuestiones que dejamos en el tintero. Sinceramente, cuando son más las preguntas que las respuestas lo mejor es olvidarse de pensar y entregarse a la devoción por los asuntos de la razón, aquellos que nos hacen apartarnos del camino correcto. Tomamos las decisiones en función de las decepciones, por eso al arrimarnos a la verdad arrasamos con la contrariedad. Son cosas que pasan, como el viento o el sol de mediodía. Cuitas áulicas o desmanes cotidianos, todo es lo mismo y a lo mismo volveremos. Noticias y primicias. Estulticia bajo presbicia. Pericia contra injusticia. Puede que parezca lo mismo, pero en realidad es idéntico. Si buscan otra contradicción solo deben pasar a la acción.

                Es el momento de barzonear, con el arpón siempre listo, en busca de una buena razón para persistir en el intento. O para permitir el invento. O incluso para prescribir el momento. Adecuado o no, eso lo determinarán las circunstancias. Es consustancial al ser humano el mostrarse receptivo a la comodidad, a la zona confortable de las costumbres adquiridas y no reeducadas. Remitirse a la conciencia, al autoconocimiento y a la desidia acumulada por los siglos. Nada que tenga que ver con el dolor de la pérdida debe ser tenido en cuenta cuando se trata de preservar lo adquirido. No se sabe si eso es bueno o malo, y tal vez no importa si solo se conoce la verdad. La de cada cual, que solo existe en un momento dado, eso sí. Designemos a todas las cosas con sinécdoques, evitando el camino fácil y adquiriendo otra dimensión que otros ni son capaces de imaginar. Aumentémonos, rediseñémonos, recuperémonos, aligerémonos. Seamos lo que debemos ser.

                Al mostrarnos aplacientes con el resto, restamos complacencia a los demás. No es un dicho común, pero sí propio de los seres por completar. La vocinglería nos impide ver el bosque y las nubes negras escuchar a las plantas. Plantados hasta nuevo aviso. Avisados hasta el próximo giro. Girados en redondo. Redondeados hasta el cero. Acerados, acertados y acechados como un animal herido. Solo necesitamos evitar la nueva trampa. En ciertas latitudes, cantar bajo el orvallo es igual que lamerse las heridas cuando se abren otras nuevas. En cambio, pignorar los bienes declarados no es sinónimo de cerrar las cuentas pendientes. La rueda sigue y nunca se sabe hasta cuándo decidirá parar. El pozo del poso de los deseos es cada vez más profundo y se llena con lágrimas y sudor en lugar de agua. La servidumbre ancilar vuelve a postergar las ambiciones legítimamente humanas, algo que ya venía de serie cuando se repartieron las tareas a postergar. Es imposible conjugar la confulgencia de tantos astros, y la apariencia de tantos catastros no es factible de declarar. Mezclar asuntos de tan diversa índole solo puede devenir en el ampo de las fachadas de nueva construcción, en las que solo se refleja la ambición capada de sus propietarios. No son más que dueños de sí mismos, y ya es bastante.

                Los bamboches pululan a troche y moche. Al derroche ayudan sus huélligas, gastadas de andar sin saber donde ir. Agotan las cuentas mientras abarrotan las puertas. Es la ignorancia que les impide ser lo que deberían. Es el fin de un imperio, el de las almas nobles suplantadas por una identidad de ultratumba, que viene de una dimensión paralela a la que solo unos cuantos podrían tener acceso. No se necesitan contraseñas, solamente poder. Lo de ser, estar y además parecer, mejor lo dejamos en la puerta.

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