Publicado el 15 de Febrero de 2014, Sábado Lourdes Paredes Cuellas
Cultura -
Leo noticias absurdas que me
conmueven, igual que observo sin compasión alguna a los que participan de
ellas. Tener y merecer son dos verbos que se conjugan de forma parecida y se
proclaman por distintas vías, para que cada uno elija la suya de forma natural.
Si consideramos apropiado elevar nuestras protestas disfrazadas de jaculatoria
orgullosa, nos faltará tiempo para huir el día en que la luna salga más tarde
de lo normal. Blandiendo el sable de los horizontes oscuros, apuntando el arco
y la flecha por mirillas equivocadas, viviendo a eones de años luz quedan las
palabras, eternas y desvariando cada vez que una voz baja afirma ser siempre
más alta que otra. Silencio, se enferma. Remedios en jeringuillas de plomo es
lo que menos necesitan nuestras venas ansiosas.
En la puerta del juzgado la
respiración se entrecorta y el perfume apolillado del viandante común no
entiende de jerarquías. La perspicacia de los años le abren las fosas sin que
el oxígeno pueda encontrar su espacio. Todo huele, a veces incluso hiede, y las
mascarillas no son más que tapaderas de pozos sin fondo mucho más profundos que
el tiempo que pasa entre los árboles. Lloran los pinos, se apiñan los cipreses
y rezan los sauces por las almas descarriadas. Escribo, luego existo. Exijo,
luego pienso. Soy, luego avanzo. Recuerdo, luego vivo. A fuego lento,
repartiendo las cenizas de lo que vendrá y aseando el baúl de los regüeldos.
Mal encarados con el disfraz contra el dolor, aguardaremos y nos resguardaremos
por los siglos de los siglos. La que va a caer…
No nací cabizbajo ni mis
cejas se arquean por puro impulso. Surgí a los vaivenes del mundo ágrafo, vil y
confundido, y ahora que junto letras por el mero hecho de juntar mis propios
pedazos, abomino de lo que un día fui y puede que también de lo que quise
llegar a ser. Alguien podría pensar que ya somos mayorcitos para derrochar
tanto egocentrismo, que la historia se construye ladrillo a ladrillo y que
quedan muchos años para afrontar las escenas y sus posibles consecuencias
colaterales. La única forma de conseguir cosas es a través de su coexistencia
con otras mucho menos importantes, entre la cadena de montaje siempre habrá una
tuerca floja por la que colar el tornillo que me falta, y que otros se
encarguen de depreciar el material de engranaje. Hasta ahora pensaba que el
aburrimiento era el peor de los emperadores morales y que la razón solo puede
ser empañada por sus puñetazos. Después de mucho considerarlo, empiezo a
desviarme del camino y ya solo espero el momento de quedarme en la inopia,
absorbido por el vértigo sin que eso signifique que algo o alguien frenará mi
caída. Apéense del tren, ahora están a tiempo y aún no están picando billetes.
Los de vuelta no los venden, no se esfuercen en buscarlos y preocúpense nada
más que de aguardar el vaivén correcto. Hay otros caminos paralelos que en nada
parecen caminos salvo por el tránsito que conllevan. En la ruta está la
verdadera belleza, en la pérdida de tantos bellos instantes y pasos a contrapié
que hace mucho nos condujeron a la misma casilla de salida. Si les hace, tiro
el dado por ver qué nuevo giro del destino nos hervirá la sangre esta vez.
Bullimos, luego cabalgamos.
Vuelvo la vista atrás. Por
encima del hombre, me apoyo en el hombro del hambre de venganza. La sed, ese
huésped siempre inesperado y urgente, se detiene en el recodo y ríe a
carcajadas bajo su misma sombra. Qué lejos quedó su ira, su arrancar las poleas
oxidadas y llenar el estómago de bilis, su coludir en el punto justo, con la
frente erguida en señal victoriosa, el porte en palmario gesto de orgullo y los
pies en el barro, marcando el paso de los inútiles, los próceres y los
olvidados. Todo aquel que se precie de apandar lo que no le corresponde por
jerarquía será condenado a la carencia de lo que no se le asignó por defecto.
Todo fluye, nada se transforma, la energía se libera y se retuerce en espiral,
el humo de fondo no disimula salvo lo evidente y la falsa moral abarca mucho
más terreno del que debiera. Vivimos en la era de la fruta madura que se pudre
en las ramas con las arrugas de la desidia. Los males que nos aquejan son
atávicos, indignos de tantos intentos frustrados de prosperidad. Crónicos y
cíclicos, estiran sus garras para hacerse con los restos del banquete. Son los
buitres del recién estrenado siglo, los cóndores del desagravio, los halcones
de la siguiente anarquía. Se pongan como se pongan, el barco está varado en
buen puerto, a salvo de inoportunas tempestades que sin embargo acabarán por
vencerlo. Pero guardemos silencio, eso permanece aún oculto a sus remos, y nos
gustan los dibujos de las fuerzas motrices que laminarán las aguas hasta nueva
orden. El mundo puede dormir tranquilo una mañana más, aún es pronto para que
el cambio de estación haga que nos dejemos olvidado el equipaje en el vagón de
cola. Así podremos volver al rebaño con lo puesto y con los impuestos de
siempre. Tal vez sea desorbitado el precio que hay que pagar por no nadar a
favor de corriente.
Disco del mes: The
Hollies – Would you believe?
“No está bien
necesitar dos vidas más para poder olvidar todo lo que he hecho mal”
‘Ejército ruso’, Manos de Topo (Sones, 2009)
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