Publicado el 15 de Octubre de 2013, Martes
Opinión - Estoy un poco harta de
defender a Catalunya cuando estoy en Andalucía y un poco harta de defender a
los andaluces cuando vuelvo a mi tierra. Con una visión personal de un mundo
mejor ausente de fronteras, la independencia de Catalunya a estas alturas de la
historia se me antoja inconveniente. Y la verdad, los nacionalismos: no van
conmigo. Conociendo las dos realidades como las conozco, no puedo más que
concluir con que más le valdría a muchos ciudadanos/as quitarse las orejeras y
no dejarse llevar por lo que dice la mayoría. Y aplíquese el cuento tanto el
que vive en Catalunya como el que vive en el resto del territorio. Los tópicos,
tópicos son.
Los medios de
comunicación avivan una hoguera de odio que posiciona a Catalunya frente al
resto del estado, enseñándose los dientes. Odio del que se sirve el gobierno de
Rajoy (y el de Mas) para despistar sobre lo que realmente importa: el bienestar
de la ciudadanía (salud, educación, empleo). En Catalunya ha
germinado un sentimiento en contra del estado fruto de una opresión y de una
(cuasi)persecución de su identidad que han provocado que el pueblo, de manera
refleja, tienda al aislamiento. Y encima, la crisis parece menos crisis si
tenemos a quién echarle la culpa, esto es: a las otras comunidades.
Paralelamente, en el resto de España hablar de Catalunya suscita recelos entre
algunos sectores en los que la diferenciación (en este caso dada por una
historia, un idioma, unas costumbres…) se entiende como negativa y perjudicial.
En estos sectores, donde la “Marca España” parece mucho más importante
que las personas, los ciudadanos y ciudadanas (pacientes, estudiantes, mayores,
niños y niñas, desempleados/as, hipotecados/as…) la existencia de otras
realidades constituye una amenaza. Con este contexto, el profesor ya tiene
excusa para castigar al alumno al que tanta manía tiene.
No, no creo que la
independencia sea la solución pero respeto profundamente la identidad de todos
pueblos. Y sí, sí creo en otro país, acorde a sus ciudadanos/as con sus
necesidades, dedicado a las personas y a su identidad, libre, respetuoso,
democrático. Nuestro modelo, el que tenemos, ha quedado obsoleto.
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