Publicado el 15 de Julio de 2014, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Ya les comenté el mes pasado que la violencia puede ser tolerada o repudiada, todo en función de una serie de variables, fundamentalmente referidas al cómo, cuándo, por quién o quiénes y contra quién o quiénes se ejerza. Al fin a y al cabo son matices sociales, pero bueno, son los matices que a día de hoy empleamos. Veamos pues casos prácticos de violencia repudiada. El primero está muy de actualidad de unos años a esta parte, así que lo voy a retratar un poco como lo hacen los medios oficiales, en plan campaña de sensibilización. Tenemos a Antonio y María, ambos para sus vecinos un matrimonio ejemplar, pero en apariencia sólo. Antonio, desde crío ya apuntaba maneras, era un niño terco y que resolvía sus disputas con sus coetáneos siempre que podía a torta limpia, de hecho era el típico abusón de patio de colegio. Ya de adolescente se emperraba en llevar la voz cantante del grupito e iba haciendo fanfarronadas con su colegas en plan "mira que machote soy". Era tan machote que le daba bien a la bebida y, entonces, le salía lo peor de si mismo, que en el fondo era el tremendo miedo a que los demás descubrieran que, por dentro, dentro de su alma, en el fondo, siempre se había sentido un ser de segunda categoría, vulgarmente hablando "un mierda" en comparación con los que le rodeaban, entre otras cosas porque muy inteligente no era. Pobre Antonio, su única salida era intentar ocultar sus defectos lo mejor que podía, haciendo bueno el refrán de "dime de que presumes y te diré de lo que careces". Así que mostraba una fachada de fanfarronería y agresividad. Pero ahí tenemos a María, jovencita, mona y con ese desgraciado punto de vista de considerar al más chulo del barrio como un hombre de verdad. Se hacen novios, ella con el sentido común nublado por el impresentable de Antonio, va por donde él quiere y no hace caso de los que le advierten sobre el lado malo del chaval. Pasan los años, se van conociendo mejor y, aún así, se casan. María no da una, justifica las actitudes de Antonio, incluso el primer bofetón. Pasan los años, se suceden las agresiones, hasta que al final, menos mal, a María se le cae la venda de los ojos y le pone los papeles del divorcio
por delante, se abre un nuevo futuro prometedor ante sus ojos, un futuro en paz y calma, un futuro con seguridad. Pero como ya hemos dicho, Antonio muy normal no era, se toma la situación como una afrenta a su "hombría", pensando en el qué dirán, pensando en que se van a burlar de él en todo el barrio, sintiéndose como "un mierda", recordándose a sí mismo lo que él realmente cree que es. La situación se le hace insoportable, la cabeza le va a estallar y, con el típico "si no eres mía no eres de nadie" en mente, va a por el rifle de caza (sí, como es muy macho se divierte demostrando su hombría cazando a todo bicho viviente, sus propios perros incluidos cuando la montería le va mal) y le mete tres tiros a María. No había denuncia previa, según sus vecinos, un matrimonio ejemplar… Aquí tenemos un ejemplo de violencia no tolerada, repudiada a día de hoy. Un ejemplo de violencia física, psicológica e individual (de un sujeto a otro). En general, hasta donde mi memoria alcanza, en nuestra sociedad nunca estuvo bien visto que el marido maltratara a la mujer o a los hijos, pero se toleraba por aquello de que era algo privado, un asunto particular. Las cosas van cambiando, por suerte. Pero si por un lado cambian para bien, por otro cambian para mal. Les voy a poner un caso inverso en todos los sentidos, bueno no, sólo cambia el género y el tipo de violencia ejercido, al fin y al cabo, repudiable desde todo punto de vista, igual que en el caso anterior. Tenemos a Pepi y a Rafa, cuarenta y tantos años de edad, hipoteca, un monovolumen y dos críos. Cuando Rafa conoció a Pepi ella le pareció una chica normalita e inclusive un poco cortada, aunque muy agradable en el trato. Van intimando, la relación se consolida. Pero Pepi tiene un problema, el mismo que el del Antonio del caso anterior: tiene un concepto de si misma pésimo, la autoestima por los suelos de vez en cuando y cuando está en ese plan, pobre de aquel que se cruce con ella. Descarga su malestar interior a grito pelado, culpando a todos los demás de sus supuestos males, haciéndole la vida imposible a su círculo más inmediato, especialmente a Rafa y a los niños. Pero Rafa es un tipo comprensivo, tiene paciencia, aguante. Un buen día, en medio de una de sus crisis, Pepi llega a la conclusión de que la culpa de todos sus males es Rafa: Rafa -según ella- no la entiende, no le presta la suficiente atención, no hace lo que ella quiere sólo por fastidiarla, no la quiere y además sospecha -imagina- de que la engaña. Así que dispuesta a resolver todos sus males de una tacada se va al abogado y le dice que le vaya preparando los papeles del divorcio. Rafa se queda de piedra, las cosas no iban bien del todo pero ¿Tenemos que llegar a esto? ¿No lo podemos hablar con calma? Pues parece ser que no, porque ante sus preguntas va y le monta una escena de campeonato, la peor en mucho tiempo. Así que después de quince años de casados se acabó todo. El juez dicta medidas provisionales y se traducen en que él se va de casa; después se dicta sentencia y Rafa acaba de la siguiente manera: se establece un régimen de visitas que le autoriza a ver a sus hijos menores dos fines de semana al mes, está obligado a su manutención con una pensión de 500€ mensuales (él apenas gana mil), a seguir pagando la hipoteca (el tema del régimen de gananciales queda para más tarde) al tiempo que el usufructo de la vivienda es para los hijos que quedan bajo la tutela de su ahora ex mujer. Rafa se ve volviendo a casa de sus padres -ya mayores- porque no puede con un alquiler, está destrozado porque apenas ve a sus hijos y además está sin recursos económicos para empezar de nuevo. Pero la cosa no acaba aquí, ya que Pepi le sigue considerando un enemigo, la fuente de su infelicidad, pero como ya no lo tiene tan a mano, comienza a hablarle a los hijos de lo "malvado" que es su padre, al tiempo que los amenaza por si tienen ganas de cumplir con el régimen de visitas, usa a los hijos como arma para devolver el supuesto "mal" que su ex le ha causado, porque sabe que no ver a sus hijos le duele a Rafa en el alma. Rafa pierde a sus hijos, no se queda quieto y denuncia la situación ante los tribunales, que hacen caso omiso. Él está desolado, anímicamente hecho polvo, ya no es el que era, le han destrozado la vida, lo han agredido hasta machacarlo. Este tipo de situaciones no están socialmente bien vistas, ni toleradas, pero tampoco se hace nada al respecto, es un limbo social. Como pueden ver, cada cual es violento a su manera, unas veces tiene de su parte a la ley y otras no, de eso (y de de alguna otra cosa más) es de lo que les voy a hablar en el siguiente capítulo.
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