Publicado el 19 de Junio de 2017, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Supongo que la mayoría de las personas tendrán en mente, al hablar de un ermitaño, la imagen que la religión nos ha dejado de dichos personajes: vestidos con hábito frailuno, ajados por la edad y con larga barba blanca, recluidos en su cueva o pequeño eremitorio.
La imagen clásica, casi del romanticismo podríamos decir, a mi juicio se ve superada hoy por un nuevo tipo, más común y más tecnológico. ¿Se han fijado ustedes en la cantidad de gente que vive pegada a la mensajería instantánea del móvil o a las redes sociales sin tener contacto humano directo con lo y los que le rodean?
En el fondo están encerrados y encerradas en un mundo virtual medio desconectado de lo circundante y de manera continúa y casi permanente. La tecnología, pensada para acercar a las personas, se supone, aunque realmente parte de ella no es si no un negocio para crearnos nuevas necesidades, no hace si no aislarlas en su propio mundo.
Estamos sustituyendo paulatinamente el contacto con los demás, la amena conversación entre dos o más personas cara a cara, por un sin fin de datos y mensajes de texto sin que en numerosas ocasiones no echemos cuentas ni de quien tenemos al lado. Como los ermitaños de antaño no vemos más allá de nuestra cueva, no salimos de nuestras propias reflexiones, no vivimos si no en la aparente compañía de entes no-físicos (aunque en la realidad sí lo sean, pero a distancia) tal cual el Dios del ermitaño con el que mantenía sus propias conversaciones y todo ello casi todo el tiempo, menos cuando dormimos.
La soledad, una de las grandes enfermedades que puede padecer un ser social, se apodera paulatinamente de nuestras vidas y nuestra sociedad, paradójicamente de la mano de aquellos instrumentos que deberían facilitar todo lo contrario. Cuantas veces no habremos visto a dos personas, sentadas juntas, con un móvil en la mano y sin hacerse ni puñetero caso el la una a la otra absortas -cual adictas- en una conversación lejana con una tercera o cuarta o quinta o las que sean, sin hacerse ni puñetero caso.
Ya se habla de implantarnos esa tecnología en nuestros organismos y encima de hacerla virtual, en cierto modo, se han dado cuenta de que hay lago que falla, de que toda esta parafernalia está aún incompleta, pero lejos de recomendar un uso menos intensivo de esos medios, nos quieren dar dos tazas.
Perdónenme que se lo diga, puestos, uno prefiere ser un ermitaño tradicional llegado el caso (mejor, seguir las viejas costumbres de quedar con alguien que te escuche y que te entienda) que ser un engendro medio cibernético o un adicto al móvil. Queridas corporaciones, métanse sus nuevas tecnologías en ese campo, por el culo, no traten de sustituir con sucedáneos lo que nos hace humanos: relacionarnos en persona.
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