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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 19 de Junio de 2017, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

El vagabundo divisaba el salón desde su azotea y pensaba que quizás no era tan buena idea irrumpir en la fiesta de golpe, sin previo aviso y sin que los trajes y ademanes ceremoniosos le impidieran ver aún menos de lo que sus maltratados ojos alcanzaban. Sin embargo, cuando ninguna pupila permanecía encendida y el bisbiseo de la niebla le hizo adivinar tantos perfiles osó diluirse en sus palabras y tragar el orgullo vecinal para inmiscuirse en asuntos tan mundanos como inservibles. El suyo era un uniforme casual, sin diseño ni caché, cosido solo con las preguntas de un respetable irrespetuoso respecto ante el cual las respectivas respuestas respaldaban un reposo justificado. Le tendrían que haber dicho que ese no era su lugar, y aun así habría insistido en insistir en su asistencia. Así se existe en la indigencia.

La sirena que sonaba justo antes de zambullirse en las aguas no encontró su razón de ser hasta varios siglos después, cuando un buscador de pecios despistado tuvo a bien detenerse en sus escamas. Escamada y encamada hasta que el arco iris encerró sus nuevos pensamientos, recordó que no es necesario bajar al reino de los humanos para sentirse uno de ellos, y que al compartir sentimientos y miradas se oculta lo verdaderamente necesario para la propia evolución. Tender a sentir no es tenderse a asentir, porque los términos y principios solo están para ser revocados. Es la pura existencia la que al final acaba por dar soluciones a todos los enigmas, convocando a todos los sátrapas y maledicentes bocas de la tierra en una cumbre extraordinaria que solo podría conducir de nuevo al comienzo, a la casa en los confines del mundo de la que partimos. Así se concibe la existencia.

Los leones continuaban al acecho de la sangre. Sus garras se confundían con sus dientes y las presas que yacían con el último halo de vida por sus tripas deseaban quedarse a vivir una segunda muerte aún más despiadada. Exhalar, inhalar, exaltar, instalar. Acciones rutinarias para una naturaleza muerta de herida. Varias generaciones desovaron sus vergüenzas y luego desnortaron su esencia. Como meros espectadores, los machos huelen a las hembras entre la escanda fría que se eriza digna hacia la madre de todas las madres. No son seres hiperestésicos, sino exhibidores de almas anestésicas que huyen de cualquier estética cinegética para revolverse sobre sí mismas. Al postre no asisten sus primos naturales. Habrán sido invitados a otro pobre aperitivo prenatal y el tiempo los habrá devorado como polillas hincadas a la madera. Así se exhibe la paciencia.

El maniquí se miró al espejo con los párpados muertos de tanto esperar. En su parte, la más gris, se dibujaba un triángulo con un ojo en su interior. Tras el guiño y el saludo de rigor el desalmado ser descubrió que los caminos de la creación son infinitos e insondables. Equivocado como estaba, recordó si alguna vez fue posible que tantas civilizaciones parapetadas tras las égidas correspondientes siguieran al ópalo brillante de un líder en su búsqueda de la verdad absoluta. Insondable, inalcanzable, inadmisible e incontable. Todos los que lo miraban, tan ciegos de miradas como él, consideraron que la fiesta no había acabado porque ni entonces ni ahora podría empezar. Rezar es de cobardes, el mal agüero solo lo puede marcar un gran faisán con alas doradas y corazón de robot tras el que caminar con pasos inertes hacia una vida soñada. Así se escribe la coherencia.

Las madres del cordero dudaban de que les hubiera llegado la hora del sacrificio. Acostumbradas a leer, o a fingirlo, mamotretos esclerotizados llenos de dulces cuentos de habas -porque contadas son las que mal contadas están-, hacían gala de una ignorancia supina y mortal por las cosas más mundanas, las que realmente importan a quienes les restamos importancia a todo. Bajo su odio indiscriminado era inconcebible que un día pudiesen verte afectadas por aquello que llevaban predicando con trampa y sin cartón. Si se pusieran a refugio todo fluiría de forma más natural y no tendríamos que vérnoslas con el próximo falso mesías, de aspecto ausente y usos comunes al resto, pero aquí nos hallamos, con los hallazgos a medias y los halagos a medio sobar, dispuestos a cernirnos sobre la nada más absoluta. Quienes otorgan no callan, y jamás lo harán. Así se prescribe la ciencia.

La gleba nunca descansa en sus pesquisas. Se impulsan con los remos de la última canción aprendida y los vientos de cambio de sus nuevos himnos. La estiba está ya colocada y el humo se aprieta entre las nubes. Esta vez todo ha sido mucho más rápido y menos cruel. Por pedir que no quede.


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