Publicado el 16 de Enero de 2017, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Me permito un matiz filosófico: el hombre es un ser precario por naturaleza. Somos finitos, frágiles, dependientes: arrojados al mundo desnudos, volveremos al polvo sin más. Al fin y al cabo, como dice el poeta: vivir es lo que se hace entre dos paréntesis. Pero no dejen todavía esta lectura metafísica y escatológica, que viene como anillo al dedo en este final/principio de la vida que celebramos en la Noche Vieja. Voy por otro lado.
Precariedad, sin matiz filosófico, es un término que aparece con fuerza renovada durante la crisis. Precariedad es ese nuevo contrato social en el que empeoran las condiciones de vida para la mayoría: desde el pensionista al prejubilado, desde el funcionario hasta el autónomo, desde el parado hasta los que consiguen su primer trabajo. La precariedad, por tanto, es el desplome de la clase media. Nada nuevo bajo el sol. En nuestras carnes, la mayoría ya hemos interiorizado qué es eso de la precariedad y lo experimentamos cada día con más ahínco.
Pero hay algo que relaciona el concepto filosófico y el concepto económico y social, por decirlo así. ¿Por qué tenemos que aceptar la inevitable esencia humana (filosofía) como un determinismo social (economía)? Probablemente nuestro destino humano no podamos cambiarlo, todos nacemos para morir. Sin embargo, me resisto a pensar que nuestra capacidad de vivir en sociedad, lo mejor del hombre, nos condene a vivir en precario. No. Creo posible un cambio substancial en el modelo económico, social y político que convierta la precariedad en la fuerza necesaria para acabar con la riqueza obscena de unos pocos, mientras la inmensa mayoría nos hundimos ante su impúdica mirada. La precariedad es un insulto a la inteligencia humana. O al revés, un incentivo único para crear la conciencia social necesaria para acabar con los poderosos. Estos, una inmensa minoría, solo conocen el significado filosófico y metafórico de la precariedad. Demostremos, entre todos, la fuerza de la precariedad, su inmensa capacidad para mover a la rebeldía, para alejarnos del miedo a perder nada; demostremos que todavía podemos invertir el sentido de las palabras o no dejaremos nunca de ser polvo entre las manos sangrientas de las oligarquías económicas actuales.
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