Publicado el 20 de Julio de 2020, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Vivimos tiempos convulsos. No creo que ello sea una novedad.
Tampoco es una novedad que hay inconfesables intereses de por medio, que la lucha de clases es un hecho y que se manipula, se miente, se tergiversa y se crispa con el fin de mantener un statu quo social. Sí, sigue habiendo élites y pueblo llano.
Lo triste es que el pueblo llano -una parte de él mejor dicho, si bien muy ruidosa- se deja llevar en vez de pedir un poco de calma, se deja manipular y arrastrar cual turba, como si de niños pequeños se tratase incapaces de asumir una realidad compleja, con lo que aceptan un mundo en dos colores opuestos y excluyentes: blanco y negro.
No, el mundo no es en blanco y negro. Yo soy marxista, nunca lo he negado ni lo voy a negar, pero de ahí a convertirme en un fanático, hay un trecho bien largo. Eso sí, soy intolerante con los intolerantes, con la gente de la tripas antes que la cabeza, cualquiera que sea su clase social e ideología (todo el mundo pertenece a una y todo el mundo tiene una, sea la que sea, otra cosa es que se apoye a una organización dada). Me resultan insufribles por su cerrazón, por ser incapaces de intercambiar ideas sin llegar a conclusión lógica alguna, por su agresividad visceral -quién no tiene un momento de tripas, pero después, que se imponga la cabeza, por favor- y por el odio al otro que destilan.
Se puede estar en contra de algo pero sin llegar a esa situación atroz en la que una postura racional se transforme en su oscuro reverso, ése que plasmaba Goya en sus pinturas negras. Un argumento no puede transformarse en dogma de fe, porque la fe es ciega y no atiende a razones, es algo incontestable y absoluto, sin matices.
Por ello, voy a citar lo que veo y no me gusta.
Veo una ultraderecha que no es en absoluto patriótica tal como afirman (patriotismo no es una bandera, un escudo, una fraseología agresiva y vacía llena de clichés sobre el adversario; patriotismo es buscar una sociedad mejor y más justa, cosa que no hace ni hará -se demuestra en su apoyo a la derecha extrema allí donde la misma puede gobernar-, sino que pretende lo contrario mientras acapara, se envuelve y ampara en unos símbolos que democráticamente se acordó que eran y son de todos los españoles).
Veo una derecha extrema, que busca el poder para implantar mayores sufrimientos a esas clases medias -y a la obrera por descontado- que son su cantera de votos (más austeridad, más recortes, más precariedad, más desigualdades económicas, más desmantelamiento de servicios públicos, más concentración del poder en las élites económicas a expensas de la democracia, sus ruinosas "recetas" de siempre).
Veo una izquierda moderada que hace bandera de manera demagógica con la memoria histórica -en vez de convertirla en una cuestión humanitaria para cerrar heridas de una vez, noventa años después-, con la mujer (convirtiéndola en un ente aparte de la sociedad, santificándola de manera casi religiosa como si no tuviera los mismos defectos y virtudes que la otra mitad de la especie humana, negando en suma un cuerpo social en su conjunto más armónico e integral), con los nacionalismos (a los que mima y ampara cuando en el fondo no tienen otra bandera que la misma xenofobia e intolerancia de la que hace gala la ultraderecha y, en voz bajita, la derecha extrema) y el antirracismo (no es que en España no haya racistas, que los hay, pero que haya racistas y que el país sea racista son dos cosas muy distintas, su sociedad no es racista en su conjunto), pero que no ofrece soluciones claras y decididas a los grandes retos que debe afrontar el país.
Veo una izquierda que ha perdido el norte y que ha abandonado sus principios ideológicos (igualdad de derechos y deberes -que no ponderación- de todo tipo sin distinción de credo, ideología, raza, religión, raíces culturales o sexo, en base a una participación democrática en las fuentes de riqueza del país y las capacidades objetivas de los individuos) y ha adoptado el discurso del fútil buenismo postmoderno de la izquierda moderada pero en una versión tirando a crispada e irracional, en aquellas cuestiones en las que el moderantismo izquierdista del sistema hace bandera, sin hacer contrapropuestas lógicas de peso y con valentía en temas clave: sanidad, educación, vivienda, bienestar social, modelo económico. Por ello, ha desconectado de las necesidades reales de la clase trabajadora -en gran medida-. Añoro volver a escuchar: "programa, programa y programa", ahora ya no se escuchará jamás en directo.
Veo además que las tripas mandan y eso, más que no gustarme, me provoca inquietud, desazón y miedo. Intuyo que estamos los simples mortales viviendo en el interior de una olla a presión provocada conscientemente, de la que pagaremos la factura (y la fractura) mientras que ese poder sin rostro, sus integrantes, salen como de costumbre indemnes o más fuertes -como tantas veces a lo largo de la Historia en cualquier civilización y cultura- después de haber hecho sufrir a los demás y lo más horrendo: sin cargo de conciencia por su parte, sin humanidad, sin alma, sin aquello que hace hermosa al género humano.
Infiero que nos quieren usar como simples marionetas agitando nuestros más básicos instintos, envidias, temores y miedos atávicos, miedo al otro.
Después de todo, servidor sólo puede decir que no, mil veces que no a este despropósito, así me quede sólo clamando en el desierto. Quien quiera despeñarse moralmente, deshumanizarse, convertirse en un feroz títere, es libre, pero conmigo, que no cuenten. Espero que con algunos de ustedes, tampoco.
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