Publicado el 16 de Agosto de 2017, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Invisible al desaliento. Inasequible a la vista. Incombustible al tacto. Inefable a la memoria. Increíble e inestable, el viento del cambio no proporciona la fuerza necesaria para que el motor se desahogue y emprenda el golpe de mano previsto para desviarse al camino correcto. La pregunta pasa por saber cuál es realmente ese camino. Si piensas, existes; si caminas, cabalgas; y si crees que es en la antinomia y en la pura contradicción donde radica el secreto de la verdadera sabiduría es que muy equivocado no debes estar. Consecuencias de las secuencias con frecuencia olvidadas.
Es nefasto el trato que nos dan en cuanto seres invertebrados de pensamiento, obra y omisión. La misión es recordar. Acordar que desde el momento en que aparecimos fuimos reconocidos como enemigos abatibles y debatibles, moralmente inadaptados y circunstancialmente aceptados. Solo por instinto, exclusivamente en la necesidad de demostrar que la adaptación al miedo no es lo mismo que la interpretación del medio. Interpelados acerca de las diversas condiciones del comportamiento animal, lo único que asumen es la responsabilidad de convivir con seres discapacitados, ajenos a un campo superior de sabiduría reservado habitualmente a entes de altas prestaciones dialécticas y nulo argumentario. Sabe mal haber desperdiciado tantos años intentando abrise paso en un entorno que no es el tuyo, saboreando la sangre de la rabia y conteniendo palabras de esperanza en el ínterin de la pérdida de la propia. Miradas con miras a admirar lo inalcanzable.
Como el que escucha llover. En los cristales de los escaparates se exhiben letreros sin letras, carnes sin tejido y reflejos sin alma. Los espejos de la razón degluten los restos de gente con el corazón a flor de piel, sintiéndose indignos de digerir tanta materia nefanda, olvidable y marchita. Muchos lo piensan pero pocos lo proclaman. La hora de la revolución sigue parada en las manecillas más grandes y en las tripas más torpes. Pecados sin perdonar se remueven en las cunas. Recados sin condonar se resuelven en las catacumbas. Maridos y mujeres, primos hermanos y ahijados de nadie se levantan y peinan sus legañas mirando por la ventana equivocada. Creen que la suerte les aguarda a la vuelta de la próxima escaramuza mas no se atreven a invocarla por miedo a que de verdad les guiñe un ojo. Es lo de siempre, rezan para encontrar algo a lo que aferrarse mientras esperan desesperadamente no encontrarlo jamás. Se les derrumbaría un muro infranqueable construido con un sudor seco y siempre insuficiente. Melodías de días a los que querrías regresar.
Los crímenes de las figuras céreas, sin ojos en los que fijar el odio, nunca son perdonados por muy disculpables que puedan parecer. Por debajo de un puente de plata, atravesando el cauce de un río medio muerto de piedras, se puede oler a tierra imantada, a flores urbanas y a deshechos de un país imaginario. Ahí volveremos algún día a encontrar la residencia definitiva, mientras fluimos sin nada que perder ni nadie a quien ceder, para que se expanda el perfume de nuestros labios en una halitosis monumental. Ganas de vivir. Canas de sentir. Caras de sufrir. Calas de perseguir. Galas de conseguir. Remansos de mansos remando por sobrevivir.
Me gusta salir al bosque desnudo al caer la noche para observar en la oscuridad a los cánidos amigos del hombre sin ser visto ni olido, con una buena película de bicarbonato entre las piernas y una rama de abedul entre los dientes como única indumentaria, cual caterva osada e ignorante ante los brazos que la subyugan con displicencia. Disculpen mi osadía si desde los cuarteles de invierno no tienen el valor suficiente para alternar con fuego lo que empezaron con hielo. Congelados y con helados de pánico llegaron ante nuestras pezuñas; con legados y colegiados se marcharon hacia sus terruños. La delación vendría después, solo que no fue detectada a tiempo, como un cáncer caprichoso y arbitrario que tira la piedra y juega al escondite sin esconder la mano. Guardar la ropa antes de nadar. Sabios que no son tan sabihondos.
Concluir con la tez demudada, el gesto altivo y la ingenuidad absuelta de equivocarnos. Que cada uno aporte lo que sepa. Verbigracia: Si la hija devora a la madre, ¿es canibalismo o pura supervivencia?
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