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Opinión
Hoy es Lunes, 01 de Abril de 2024
POR FÉLIX SUÁREZ ESCOBAR
ÉRASE UNA VEZ EN ISRAEL
Publicado el 18 de Mayo de 2015, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Opinión -

Este artículo no va de conflictos actuales en Oriente Medio, si no para comentarles que el ser humano no escarmienta. Hace unos dos mil años en Israel, en ese Israel bíblico que nos empeñamos en intentar recrear cada Semana Santa, había una crisis. Una crisis del sistema, que se había vuelto tan injusto para los israelitas que surgieron movimientos en contra. Estaban los zelotes, que luchaban contra la ocupación romana y contra el sistema avalado por los sacerdotes del templo de Jerusalén; luchaban con las armas. Después surgió el cristianismo, que luchaba con la no violencia contra el mismo enemigo. Pero lo que había de trasfondo era una crisis económica y social, donde la gente se endeudaba y acababa sometida a esclavitud por no pagar sus deudas, deudas que, por ley divina, debían de ser canceladas cada siete años, pero como no interesaba (ya pueden imaginar ustedes a quienes) no se hacía desde hacía mucho tiempo.

Sí, la deuda es un tema espinoso y bastante viejo, pero sin deuda, el sistema actual tampoco se mantiene.

La deuda es un gran invento para el que presta el dinero, que normalmente es un pez gordo, un banquero, uno de esos que se asegura de que las leyes y los políticos que las hacen, estén a su favor. El banquero quita y pone gobiernos, porque hasta el menos espabilado sabe que las campañas electorales necesitan dinero, y mucho. Así que tanto los que están a la cúspide del sistema económico como los que están en la cima del poder político se cubren las espaldas los unos a los otros, legalmente, por supuesto. 

Así pues, el juego es el siguiente: la gente necesita cubrir una serie de necesidades básicas, pero como los salarios son cada vez más bajos y no se puede ahorrar, han de recurrir al crédito para cubrir parte de esas necesidades, de las cuales una de las más acuciantes es la vivienda. El banquero ve ahí su oportunidad, así que presta al que necesita una vivienda para poder acceder a ella, pero al ser las nóminas casi de miseria y haber otras necesidades que cubrir, como la del transporte y, en un futuro no muy lejano, la educación de los hijos y la sanidad, hay que recurrir al crédito también. Así pues el trabajador, por el miedo a no poder pagar los créditos pedidos (recordemos los impagos están perseguidos por unas leyes elaboradas por una serie de políticos indirectamente a sueldo del gran capital) cierra la boca, agacha la cabeza y acepta cada vez condiciones laborales y salariales peores. Y, por si no fuera bastante con el crédito, en los momentos de bonanza, se importa más mano de obra para seguir manteniendo los salarios bajos y a los trabajadores callados: la mano de obra es mercancía para el sistema, si hay mucha, los precios bajan, oferta y demanda. Así que los capitostes consiguen la paz social a un alto precio, para todos los demás claro.  Pero los que mandan todos contentos: los banqueros, los políticos gobernantes y los grandes empresarios (que también quieren tener la fiesta en paz con los trabajadores para ganar y devolver lo prestado, porque a ellos también les prestan los banqueros). El resto, simplemente pasa las de Caín: el pequeño empresario y el autónomo se las ve y se las desea para devolver los créditos y salir adelante, los trabajadores no llegan a fin de mes ni en el mejor de sus sueños y los trabajadores migrantes, peor aún. El crédito es, como vemos, un arma muy eficaz para que todo siga igual. Pero claro, hay un problema con el crédito: que cuando ya no se puede pedir prestado más para ir tirando, llegamos a que tenemos un momento en el que estamos llenos deudas y que hay que pagarlas, lo que nos lleva a que el sistema sufre una crisis de campeonato, porque si no hay más crédito, no hay más consumo y la máquina se para.

Eso sí, ustedes no tienen por qué preocuparse, van a seguir reventados y los que los revientan, van a seguir haciéndolo. Cuentan con que va a haber desahucios, con que va a haber embargos, con que van a cerrar empresas, pero ellos no van a perder: llegarán los políticos gobernantes a hacerles leyes a medida, tirarán de austeridad, subirán impuestos, bajarán pensiones, privatizarán ¿Y todo para qué?: para hacer rescates al capital financiero, la banca siempre gana. Así que pagarán, entre los pobres, justos por pecadores: el que se endeudó porqué no tuvo más remedio, pagará; el que no se endeudó, también pagará; todos pagarán, todos reventarán bajo la bota de la deuda, todos menos los que realmente deberían pagar por sus desmanes. Ellos conocen las reglas del juego -ellos las inventaron-  y, si por una de estas la gente ya no puede más, sale a la calle y se les enfrenta por las bravas, tranquilidad, el poder político a sueldo saldrá a defenderlos, por la fuerza también si hace falta.  

Pero este juego infernal se juega a escala global: unos países prestan a otros, unos países explotan y chantajean a otros y a su vez a sus propios ciudadanos, y los países fuertes no dudaran en usar la presión y la fuerza -si es preciso- para cobrar sus deudas, deudas que no son sino un pretexto para perpetuar la dominación mundial de los fuertes sobre los débiles y, nosotros los españoles, estamos más entre los segundos que entre los primeros, aunque una élite minoritaria -a la que la suerte de sus paisanos no les importa absolutamente nada- juegue en primera división.

Pero pasada la agitación, pasada la crisis por ellos creada, llenas de nuevo sus arcas a costa del prójimo, volverán a barajar las cartas, volverán a abrir el grifo -la estafa- del crédito y vuelta a empezar el juego del diablo a escala global.

No mola nada ¿eh? Pues ya saben, muévanse para poner fin a esto, que costará penurias sin cuento, pero o eso o seguir reventando para que cuatro -sin alma ni conciencia- se den la gran vida. Ustedes verán, yo ya lo tengo claro.

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