Publicado el 25 de Marzo de 2020, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Los pies y las manos atados de tanto pensar. La mente en negro de las veces que la hemos dejado en blanco. Los sentidos afilados y abiertos a la ceguera, la sordera y la incertidumbre. La primavera alterada de esperar tanto al invierno. La paz sobrepasada por la necesidad de buscarse las habichuelas entre tanto ruido. El sinsentido de no saber qué tiempo hará hoy por la mañana cuando ya es tarde por la noche. La vida malherida, malinterpretada y mal vivida. Todos y más son males de nuestro tiempo, de un tiempo que de tiempo en tiempo da tiempo al tiempo y convierte al tiempo en oro fundido a rojo. Rojo sangre. Sangre caliente. Caliente pero no abrase. Ábrase la puerta y entre. Entre unos y otros me quedo con los de más allá. El más allá nos recibirá con los brazos cerrados. Mentes en fucsia.
Una vez solo fuimos capaces de expresar nuestros deseos con voces horrísonas y un fondo en el que rebotaban las palabras. Más adelante ya conseguimos hacer oír los gemidos interiores y los jadeos se escucharon en varios kilómetros a la redonda. Cuadrados los casilleros infaustos en los que reducimos a cenizas miles de fuegos fatuos. En vano la ansiedad, en vena la ciudad, en vilo la lealtad. Es lo que corresponde, lo que otros han dictado y nosotros copiamos a pies juntillas una vez entre otras mil. Para que no se nos olvidara la lección no aprendida y nunca quisiéramos salirnos del guión. Hace siglos que no os veo ladrar, ni os oigo agitar los brazos. El hombre y el hambre siempre fueron de la mano. Mano sobre mano, pierna ante pierna y hombro junto a hombro. En el pecho, el corazón galopa al trote que marca el alma, cuando la cabeza está en huelga y al ángel de la guarda se le ha concedido excedencia indefinida. Definir para decir. Desdecir para predecir. Predicar para participar. Radicar para practicar. Y así sucesivamente.
El menú del día está tan jauto como de costumbre. Al sabor y al saber le faltan agallas para permanecer en nuestro paladar. La úvula de tanto sibarita suelto no da abasto para gritar su ignorancia, y solo faltaba que alguno de los que aún sabemos de qué va el cuento tuviera arrestos suficientes para decírselo. Otros nos llamarían cobardes, algunos preferimos atribuirnos virtudes aún no inventadas para que no se nos note demasiado que en el fondo somos iguales que ellos. Cambian las tornas, tornan los cambios. Y al final, bailar el último vals junto a la puerta de servicio solo nos acercará a un nuevo principio en el que intentábamos que todo el mundo bailara al mismo son. Son cientos de miles de millones y quieren ganar. Ganar el credo que les niegan. Negar con la cabeza lo que escupen por la boca. Abocar al desprecio más absoluto a quienes incumplen las promesas. Prometer y no meter. Meter un gol a la desgracia. Agraciados aquellos que desconocen las normas y reconocen las formas. No hace falta gritar para que dejen de escucharnos.
Querer y poder es perder. Cobrarse el precio en el tiempo de descuento mientras el enemigo sonríe en el suelo. Victorias que no sirven para nada. La última canción está a punto de sonar, y no es sino un trasunto de otras que dicen exactamente lo mismo, como si al salir de la ducha nocturna se apagaran las luces de repente y una dimensión paralela de sonidos nos absorbiera hacia el centro de su mediocridad con un embate inexpugnable. Nada podemos hacer excepto contemplar la belleza de tantas naves ardiendo al amanecer, el esplendor de la derrota de cada día amplificado por la lente del presente más demoledor. Es la distorsión de los tiempos la que hace que ya casi no le demos importancia al mañana. Las mañanas suelen ser mejores, mejor que nos levantemos casi al alba, y al albor de la luz grisácea cantemos que siempre habrá alguien que nos desbroce los versos que tanto nos costó levantar. La generatriz del desengaño. El engaño de algo mucho peor. Peores son los otros. Otras tempestades que acunen estos vientos. Viendo lo que vemos, mejor será retirarse. Tirarse otra vez por la ventana. A ver quién nos mira ahora.
Solo espero que el eslabón que nos separa del nuevo día sea beatífico con lo que bulle en mi interior. De lo contrario puede que no lleguen a leer las próximas líneas que no quiero dedicarle a nadie, aunque me da la impresión de que igual es eso lo que muchos y muchas esperan. No volver a saber nada. De mí, de ti, de ustedes, de ellos, de vosotras. Y no salir del agujero como puro método de defensa.
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