Publicado el 16 de Agosto de 2017, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Este mes conmemoramos un hecho histórico en España, y no fue otro que las olimpiadas en Barcelona. Donde nuestro Rey, en aquellos tiempos aún príncipe; seguía abanderando nuestra "querida España, esta España nuestra", al más estilo Cecilia. Hoy abandera a los españoles pero en otras funciones y ya como monarca.
Barcelona, especialmente Cataluña, recibió a la corte internacional olímpica como lo hacemos los españoles, de forma hospitalaria, como el crisol de culturas que fuimos, al fin y al cabo la sociedad democrática y abierta en la que nos vemos inmersos. La forma de ser de España se puso en valor, en esos magníficos días de Julio de 1992, hace ya 25 años.
Ya lo decían presuntos implicados:" Como hemos cambiado"…. Y tanto que hemos cambiado, dos crisis, una de ellas implacable, un proceso de cambio pero sobre todo la paradoja independentista de Puigdemont.
Muchas veces las concesiones salen caras, sobre todo cuando toman el poder algunos individuos, basado en el hastío de la sociedad y más si cabe, una sociedad con las competencias de educación trasferidas, donde desde el colegio se inyecta en las cabecitas de los más pequeños el odio a España , dejando atrás lo que fuimos y no una doctrina sin argumentos.
El pulso está claro, de una parte una sociedad y Estado (con su elemento diferenciador y supremo La Constitución), por otra parte una idea de Independencia, que no representa a toda la sociedad catalana; sobre todo cuando se hace de manera autónoma e ilegalmente. La Constitución lo delimita perfectamente y establece sus principios, como elemento vertebrador de la sociedad, por lo que no existe ninguna interpretación y menos, como en este caso, un desafío soberanista.
Como el lema de las olimpiadas, Amigos Para siempre… porque Cataluña es parte de España y viceversa, y que las derivas se las lleva el viento, y más con un pequeño barquito de vela que no tiene donde anclar
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