Publicado el 16 de Enero de 2015, Viernes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Que desalojen los fantasmas
del miedo y se instalen en otras lenguas mucho menos provocadoras. Que el
tiempo y la distancia envuelvan las palabras emitidas por máquinas repetitivas
e infames. Que los corazones se unan en el infierno y los parabienes se repartan
entre los inmortales que yacen bajo tierra. Que un extraño viajero taña su
cítara ante nuestra puerta y nos sustraiga el aguinaldo destinado para el
próximo año. Que todo esto suene a negro y se funda en la blancuzca luz de un
nuevo despertar. Mucho mejor, donde quiera que queramos mirar.
Los puntos diatópicos que
habitualmente enmarañan la comunicación señalan un punto en el espacio tras el
que el final dignifica el principio que viene a continuación. No debe
extrañarnos que una conversación feraz de lugares comunes y entregados deseos
de prosperidad intervengan elementos ajenos para el que ya fue y jamás quiso
ser. De esas piedras enterradas, de sus entrañas llenas de arena y alimentos en
descomposición, se pueden extraer jugos gástricos que sirvan de inopinado
sustento. Muestren un respeto contumaz por lo que ignoran pero no intenten
compartir lo que suponen que muestran. Así se cierra un círculo precioso.
Precisen un total compromiso por lo que saben pero no consumen lo que intentan
demostrar que suponen. Así se abre otro vértice costoso. Desanudando los hilos
de las cajas que contienen la sorpresa final aprendemos a mirar a la vida
deshecha a la cara. Frente a ella, desnudos y con los recuerdos colgando del
pecho, todos nos igualamos en dicha y desazón. A partes iguales se reparten las
raciones en los platos, carne y pescado revueltos con la verdura de la
incertidumbre. De guarnición, las plegarias de un eremita desilusionado con su
propia fe y la soledad de un discurso gastado de sí mismo e hinchado hasta la
ansiada victoria final. Que nunca llega, por cierto, en todo caso un empate que
conforme a las partes y un arbitrio en el que la autoridad deje de ser
competente en materia alguna. Formar parte de un todo no se incluye en partir
todas las formas, y tampoco lucir un nombre que encabece una revolución va
implícito en nombrar una cabeza que revolucione el lucimiento. Personal o
impersonal, individual o comunitario, rojo o negro, azul o verde, blanco o
gris. Si se atrofian los tonos retornaremos al negro, que combina con todo y no
deja a nadie diferente. Al final, siempre tendemos a la clasificación y al
monoteísmo, pese a que sabemos de buenas fuentes que existen otras formas de
amar y no las practicamos a destajo. Lo que debería ser y lo que es, la eterna
historia. Fin del principio.
A los que se entregan con
denuedo solo cabe contarles la verdad y nada más que la verdad. Tarde o
temprano se enterarán de todo y nos lo contarán a su vez con más pelos que
señales. Así, sin componendas ni sobras del postre, sirviendo el postre en
crudo con una presentación exquisita por sabida y bien digerida. Nadie vendrá a
convidarse convertido en piedra ni hará de su capa el sayo con el que se hace
el camino al andar. Hay que buscar el tono adecuado, el azafrán o el canela,
ensuciado o directamente ensuciado, o el roto de las perneras que nos dejaron
los días tantas veces postergados. Retirarse al club de los que sueñan que han
vivido y reanudarse los cordones en la frente, en otra muestra del sinsentido
que arrastra el siglo que ojalá no hubiéramos alargado tanto. No se sabe si
volverá o si seguirá estirando su rastro hasta el infinito, pero en cualquier
caso lo que es seguro es que será algo que hemos dejado atrás sin
arrepentimiento ni ascuas que apagar. ¿Alguien tiene un extintor a mano?
Solo tengo una rueda
pinchada y un carromato repleto de enseres viejos. Otra mudanza por hacer y un
patrimonio que conservar. Si se da la circunstancia, esta misma noche volveré
por todas las que perdí, a escuchar las canciones que reescuché cuando no
debía, a darle el último capotazo a los que esquivé con flojas excusas, a
recuperar a quienes me llamaron cuando no respondía, a echar cemento en la
carretera que nunca volveré a pisar, a pasear por los parques que ahora enseñan
su fondo de armario, a concretar las páginas que escribí sin acordarme de la
ortografía, a refugiarme en los sentimientos que pensé que ya no se acostaban
conmigo, a ser y a no parecer nada más que eso. A volver.
En la cenicienta tarde de
mediados de otoño, los reflejos de la luz en el asfalto no son como los de
ayer. Ahora devuelven otras imágenes, más claras, más seguras e infinitamente
más bellas. Es por eso que estoy aquí, ante todo y ante todos, y estoy
dispuesto a dejarme arrastrar hasta donde ellas quieran. Y si vienen todas
juntas, prometo que no me resistiré.
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