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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 15 de Octubre de 2015, Jueves

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Enanos de feria. Una definición como cualquier otra. Identificarse con lo que nunca pretendiste ser y no dejar de ser uno mismo en el intento. Son tantas las ocasiones desperdiciadas que ya ni nos alteramos al comprobar que el camino se ha dividido hace mucho tiempo y no conduce a ninguna parte por muchas vueltas que queramos darle. Al primer recodo, la bruma nos despistaría y sería bastante peor el remedio que la enfermedad. Bienvenidos al circo, vengan a divertirse observando las miserias que parten las vidas ajenas en dos. Han pagado su entrada y tienen derecho incluso a subirse al trapecio, para verlas venir en movimiento. Pero no olviden que donde las dan las toman, y al abandonar la pista deben entregar el látigo y el sombrero y desnudarse ante todo y ante todos. Como Lucifer nos trajo al mundo seremos devueltos al Paraíso, para que el mundo acabe de ir al revés, que es como debería haber ido desde el principio.

Leyes draconianas. Una fortuna esquiva como tantas otras. Atraer la vulgaridad es un acto de cobardía más severo aún que cualquier línea maestra de la injusticia. Acudieron al templo los feligreses con prebendas y mortajas dispuestas a ser utilizadas cada una en su medida. Abandonaron el altar con ropas nuevas y húmedas, desangrando alabanzas y esperando que la tormenta arrasara con la iniquidad habitual todo lo encontrado a su paso. No estábamos esperando el enésimo advenimiento del pecado capital, pero tampoco era necesario que felones de siluetas tan sospechosas intentaran desahuciarnos con tan dudosas artes. Para eso no habríamos estudiado en la escuela de la decepción, habría sido cosa del tiempo empleado en ello y de los hijos no concebidos para el tiempo nuevo, que nos acosan ahora desde el más allá de la esquina. Estultos nacieron, mal encarados crecen, disidentes morirán. Somos testigos de unos acontecimientos vacíos de contenido en los que la semilla de la discrepancia pesa más que el ánimo de conciencia. Colectivos coleccionables. Colegios colindantes. Colágenos congelados. Colmados con colmillos. Colas encoladas. Colores colorantes. Columpios colaterales. El colmo de los colmos.

La realidad es incontrovertible. ¿Eso qué significa? Responden unos. ¿Esa es la verdad absoluta? Preguntan otros. Entre filosofías de salón y cortafuegos de plástico, la mentira adquiere forma de fantasma y se cuela debajo de las puertas de cuartos, armarios y habitáculos oscuros. Se presenta con humildad y un traje nuevo a los pies de la cama, explicando el porqué de su presencia y los votos que la han hecho regir el mundo, y rezamos y recuperamos el aliento perdido, dormidos al fin en su amable regazo. El manto de calma y atontamiento colectivo se apodera de todos y cada uno de ellos (¡no, de nosotros!), hasta que temulentos y ebrios de nada caminamos con ojos temblorosos pero firmes hacia el camino equivocado de su antagonista, la honestidad. Tenemos, o debemos tener, la mirada filosa, que empapa de brillantez nuestros actos por impuros que sean de corazón, y avanzamos sin vacilar hacia el final del pasillo, donde aguarda el rincón de desvanecerse, de no pensar, de no hablar, de no ver, de no escuchar, de no saber, de no querer, de no poder. De vivir como se vive, no como se debe.

Como esmegma ardiendo en el prepucio de un pillastre rastrero, la satisfacción por lo no conseguido quema en las yemas de los dedos, arde en el límite del esternón y fluye libre hasta el engendro que ha de conquistar. La panacea que habíamos de ver llegar. En el centro del salón, el plinto del salto mortal nunca logrado, o el trampantojo que se mofa de las piernas. El cerebro más avispado deja de altercar consigo mismo y traza al fin la bisectriz eterna, dividiendo al mundo en varias mitades. Mirad y veréis. Gritad y hablaréis. Rezad y moriréis. Soñad y despertaréis. 

Al dicterio de todos, al dictado de nadie. Nada somos y en alguien nos convertiremos. Cenizas que son brasas y rescoldos que son hogueras. Fuego eterno para la máquina. Repartid la última baza, asignad las cantidades y replegad las velas. Hasta mañana, mundo cruel. El hombre que caminaba siempre cara al sol se encoge de hombros y se abraza a las sombras que lo invitan a perderse. Si es para siempre, miel sobre hojuelas.


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