Publicado el 04 de Noviembre de 2008, Martes
Opinión - No hay nada peor que un juez aburrido, Ya lo dice un refrán, “tienes más peligro que un juez, sin caso que llevarse a los dientes”. En esas estaba el afamado “decisor” Va a saltar Faltón, cansado de jugar al Sodoku y ganar siempre, cuando tras una ingesta de orujo, se le ocurrió la solución a su aburrimiento. Apretó fuertemente su osito de peluche y besandolo arrebatadoramente exclamó ¡vamos a juzgar a Franco! El osito le miró, con sus ojos de plástico, como solo unos ojos de plástico pueden mirar, es decir, que no le miró vamos.
Ni corto y mucho menos perezoso, levantó el teléfono negro y llamó al Director del museo de cera, situado en la calle Colon en los madriles, ¿Don Fulano? En media hora van para el museo dos docenas de maderos, y me traigan debidamente esposado, la estatua del Dictador Franco, y ya de paso, que arresten también a José Bonaparte, a Isabel la Católica y si queda sitio en el furgón a aquel cabrito jefecillo, Caro de Segeda, por chulear a los romanos en vez de rendirse.
Al amanecer, todo estaba preparado, en el banquillo de los acusados, la estatua de cera comenzaba a sudar sospechosamente, el juez le susurra al ujier. Mira como suda de miedo. El pobre empleado no sabe como decirle al jefe (con la leche que se gasta menos) que no es que sude, que se está derritiendo por la calefacción. Pero Va a saltar, después de aparcar el osito en un rincón de la mesa, se dirige a los asistentes, pocos y muy viejos, para comenzar el juicio. A ver, el acusado, ¿tiene algo que alegar? la estatua, cabezona ella, se niega a responder al juez. Señor fiscal, que pasen los testigos a declarar, entonces una compañía de la guardia civil, va introduciendo poco a poco dos camiones de estatuas de cera, que han dejado el museo más vacío que una lectura literaria, La Pasionaria, Negrín, Largo Caballero, Durruti, Stalin (que nadie sabe que pinta con los demás, pero el guardia debe haberlo confundido por aquello de los bigotes) y una larga lista de testigos imparciales de la Historia, la última estatua milagrosamente avanza sin ayuda de ningún polilla, el ujier cae fulminado por un infarto, y el fiscal se levanta para saludar a estatua. Buenas Don Santiago.
Después de doce jornadas en las que el fiscal apenas logra sacar alguna palabra a tan originales testigos, el aspecto del acusado y de los acusadores era realmente penoso, a algunos la gorra ya les llegaba al ombligo y era tal la mezcla de cera, causada por las idas y venidas, que el juez Faltón, se vio obligado a solicitar ayuda forense, para la prueba de A.D.N. Vistas todas las partes, se sentencia a siete penas de muerte al dictador, se apunta un anexo interrogativo solicitando información sobre ciertos barcos, que salieron en cierta época, con algo que parecía muy dorado, y exigiendo la presencia del capitán de barco, bajo la sospecha de la posible implicación de los generales alcistas, en el error cometido en el traslado a Rusia de tan valioso contenido reclamandoselo amablemente al señor Putin para poder pagar con el las indemnizaciones pertinentes, se solicita una corbata Para el cuello de Don Santiago Carillo, y se decide por unanimidad de los asistentes vaciar los restos de todos los muñecos, ahora inservibles, en la fosa común de un contenedor de reciclaje, se ignora el paradero del insigne político desarrollado en la unión soviética, pero se teme mucho por su integridad, al poderse apreciar la enorme miopía de dos de los encargados del transporte de los restos de cera.
El señor juez, satisfecho, pone fecha para el cumplimiento de la condena y ordena preparar el juicio de Isabel La Católica, que finalmente se tendrá que hacer con un cuadro, ya que la estatua se ha desecho en la celda.
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