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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 18 de Noviembre de 2019, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Ya es hora de cambiar la hora. De apretar el paso, de alargar las noches y preñar los días de descendencia no deseada. Con la ayuda de todos y el asombro del resto se conseguirán las metas que una vez tan solo se otearon al divisar parajes remotos. Como en un trémolo infernal en el que cada nota es un indicio de linchamiento, la música del atardecer se refleja en canciones de cuna, que no de cama. De escamas y no de curas. De espanto, que son las mejores, mientras que de canto vienen siempre las peores. Regularizar la situación de propios y extraños debería ser la prioridad cuando se trata de administrar las admoniciones correspondientes. Acuérdense de cuando todo era real, o cuando la verdad se asomaba al precipicio y de este sueño nadie salía vivo. Ahí fuera algo salió francamente mal, se nota en los ojos del incrédulo y en la ingenuidad de las masas atestadas de orgullo. Tú dices si, yo digo sol, él dice la, nosotros decimos amén. En la guerra se perdió todo excepto el alma, eso sí que podemos afirmarlo con jactancia y palabras multicolor.

Sigamos hablando de tonos y contrastes. En la última cuatricomía la cara nos salió borrosa, como partida por un esquema en el que la esquena se retorcía en mil partes. El día en que al levantarnos de la cama no seamos capaces de recorrer ni un solo metro será cuando recordemos las componendas que nos hicieron caminar hacia el lado oscuro. O a la oscuridad por medio de transacciones inmorales. Morales y modales que se pierden. Monedas y moradas que se solapan. Manos y menos en las que se convertirán. Mares y meras excusas para recorrerlos. Ese es el sino de los tiempos y el signo de los tiernos, el que solo con lanzar ciertos nombres al aire nos hagan recorres océanos de mentiras para recordar cuándo fue que se pronunció la última verdad en vano. No hacen falta medios ni medias para esquivar la mirada del vecino oculto tras la puerta, el espía que se cuela por la ventana mientras tu cónyuge duerme y comparte contigo sus secretos de alcoba, los mismos que tú jamás llegarás a conocer. Carne eres y en polvo te convertirás. Polvo eres y a la carne acudirás. Una hostia consagrada a tiempo, en la que el verbo se haga sangre de repente y no haya vuelta atrás, es lo que necesitamos para acallar tantos gritos discordantes. De paso podrían matar a las polillas que anidan debajo del soportal, para que no escuchen los gritos de posesión a los que jamás nos acostumbraremos. 

Hay un buril en el cajón de arriba. Una maleta, un lazo rojo y un agujero. No está el horno para escollos ni el cuerpo para zozobras. Lo que hay que contar se reduce a un dedo señalando la puerta de entrada y una pierna marcando el camino de salida. En esa anatomía intermedia, en el punto máximo de ebullición, se sitúan los pontífices de la moral, los que anulan la voluntad propia y la iniciativa ajena y se sumergen en el fango de la irrealidad, para que nadie entre en sus malos sueños y sigan viviendo amarrados al pico de la almohada que muerden en sus más profundas fantasías húmedas. Dan que pensar. Piensan sin dar. Ofrecen sin saber. Saben lo que ofrecer. Tal para cual. Esto no es más que una panoplia en la que se acobardan las frases al pronunciarse en voz alta, como pecados veniales inofensivos a los ojos de la deidad. De edad media, en minúscula, sin alcanzar nunca la madurez. Madurando medias mentiras, sin llegar jamás a la adultez. Adulando mientras miden las palabras, sin arribar del todo a la ridiculez. Sabemos lo que vamos a escuchar, una letanía sin alma ni vocablos de rendición, reproducida en ciclostil para abducir a los incautos de allá y los de más acá, incluso a los coaligados que no han firmado pacto alguno ni agresión remunerada. Es bello ser consciente de lo que te vas a encontrar a la vuelta de la esquina.

En algún que otro introito leído entre las ruinas contemporáneas solo había sitio para los hedonistas que comparten suripantas y alabanzas a la vida disipada y cómplice. Era después, en el tono cobarde de las monsergas subsiguientes, donde yacía la verdadera naturaleza del problema. Lo malo es que ya no había nadie escuchando y los que vinieron luego se quedaron en la puerta por miedo a no poder ir más allá de sus pasos. Eso sería mucho más conveniente, en caso de que aún haya cosas importantes que contar.

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