Publicado el 16 de Septiembre de 2014, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Para que exista violencia tiene que haber un agresor/a y un agredido/a, aunque la agresión se realice contra uno mismo. Así que cabe hacer una distinción entre violencia activa y reactiva. Activa es cuando alguien o un colectivo, sin mediar provocación y con el mero fin de satisfacer una necesidad cualquiera, recurre al empleo de la violencia y arremete a otra persona o colectivo. La violencia reactiva se da cuando una persona o colectivo, ante una agresión violenta, reacciona empleando a su vez la violencia, el clásico ojo por ojo y al final todos tuertos. Algunos me dirán aquello de que se puede responder poniendo la otra mejilla, pero en tal caso sólo hay violencia por parte del agresor, no del agredido, que no deja de ser sino el sujeto paciente que recibe la acción.
Siguiendo la línea didáctica empleada hasta la fecha, vamos a ver un ejemplo.
Tenemos el caso de Luís, un tipo normal y corriente, treinta y pico de años, casado y con un crío de corta edad. Luís, comos tanto otros, vivió de la construcción hasta hace relativamente poco, iba empalmando una obra con otra e iba tirando decentemente. Pudo juntar unos ahorrillos para poder dar la entrada de un piso y, con avales paternos de por medio, suscribió una de esas hipotecas tan abusivas a las que nos tuvimos que acostumbrar durante los años del pelotazo inmobiliario. Luís, cuando firmó los dichosos papeles no había caído en el detalle de que tenían una letra pequeña algo más que interesante, puesto que especificaban que si sus ingresos caían por debajo de un cierto umbral, el que el banco consideraba mínimo como para poder comer y devolver el crédito, se procedería al embargo de la vivienda, es la ejecución de una cláusula de riesgo de insolvencia. Luís se quedó en paró, pero con lo que su mujer ganaba y la ayuda de los padres de ambos más o menos iban tirando y no se retrasaban en los pagos. Aún así el banco fue a lo suyo. Comienza a enviar avisos de embargo, Luís va a la sucursal donde suscribió la hipoteca e intenta reclamar, pero el banco ni caso, quiere seguir cobrando y además quedarse con el piso, lo que le ocurra la Luís y a su familia les trae sin cuidado. Finalmente llega la orden judicial, el banco, la banca, se sirve de la justicia y de las fuerzas de seguridad para satisfacer su avaricia desmedida, el rico agrede al pobre, pero el trabajo sucio se lo endiña a otros, casi tan pobres como aquel al que deshaucian. Llega el día del desalojo, Luís se niega a abandonar su vivienda y, la violencia de guante blanco, se transforma en violencia física pura y dura, la policía echa la puerta abajo y, tras un forcejeo, termina por abandonar el que había sido su hogar. Como acabo de comentarles, ha habido un forcejeo, eso, según nuestras nuevas leyes de orden público, es resistencia a la autoridad, así que el pobre Luís se encuentra desahuciado con toda su gente y, además, con una denuncia, que ya veremos si va por la vía administrativa o por la penal además, para más remate, sigue estando obligado a pagar la hipoteca. "Luís, Luís, tu futuro no es que no ande muy claro, es que es negro como el carbón, estás jodido tío" piensa nuestro protagonista a estas alturas, así que, en su interior, ante la agresión y humillación sufridas a manos de los bancos (Luís entiende que los policías eran unos mandados), ante la escena de ver a sus mujer e hijo tirados en la calle sin haber dejado un maldito día de pagar aquel crédito del diablo, ante lo injustificable de lo que le ha pasado, pierde los estribos. Un par de horas después se presenta en el banco, con un mechero y, en fin, una litrona con una mecha y sin plomo de 95 en su interior, esta fuera de sí y sin mediar palabra tira la botella encendida contra la brillante y pulcra cristalera de la sagrada entidad bancaria. Esa misma noche Luís durmió en el calabozo de comisaría, listo para pasarse una temporadita en el talego porque realizar ese tipo de actos agresivos contra unos señores con gomina y corbata te da pasaporte seguro para el trullo, ellos tienen buenos abogados y dinero de sobra para gastárselo en pleitos tú, Luís, no.
Aquí tenemos un caso evidente de agresión activa por parte de la banca, que se sirve de los medios del Estado para vapulear sin compasión a alguien que tiene bastante menos recursos para defenderse que ellos, eso sí, en este caso lo que no se esperaban era una reacción, un acto violento reactivo. La sociedad no sabe bien a que carta quedarse en estos casos. Evidentemente lo que hace el banco es un acto violento repudiado por la inmensa mayoría, pero, cosa curiosa, también se repudia la reacción violenta del agredido, sin embargo ¿Qué no estaría dispuesto a hacer un padre de familia por defender a los suyos? Yo que los banqueros y los oligarcas iría pensando en ello, si es que no lo hacen ya.
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