Publicado el 16 de Octubre de 2013, Miércoles
Cultura - La música es lo de menos cuando la voz interior te
intenta vender cualquier producto al por mayor. No hay nada que pueda disimular
los ecos de remordimientos, plegarias abortadas por rumores y futuras noticias
al filo de lo imposible. El devenir es tan lento que asusta y tan rápido que da
lástima desperdiciarlo en caminos paralelos. Un trasiego imparable de rostros,
vestidos y andares de paso que oscurecen las propias nubes, anunciando una
tormenta subterránea en la que cimentar los nimbos y estratos que amenazan
desde arriba. La huida puede ser una opción.
Si escupes muchas veces sobre el mismo tamiz la criba
empieza a tambalearse y los agujeros llegan más adentro. Hay frutas aparadas,
hojas de hierba y briznas de viento torpe en la superficie, colando sus
estratos por entre las grietas, pisando hondo, abriendo brechas insalvables que
perforan nuestro entendimiento. Confundidos, como ahora y como siempre, las
suelas de nuestros zapatos se cansan de seguir unos pasos sin dirección, de
andar sin saber dónde ir y de buscar un norte al que le falta el sur. Donde
dije alma digo amén, donde hallé fortuna hoyo ahora sin fe. Parecen letras sin
sentido, hilazones absurdas de canciones incomprensibles, pero son signos de
progreso, iconos de futuro, anticipos de nuevas tempestades. La presentación es
lo verdaderamente importante, los oídos taponados y los pies descalzos sobre el
limo fresco lo estrictamente necesario para seguir avanzando. Prepararse para
la hecatombe, para el gran cataclismo final, demostrará quiénes son los
inteligentes y quiénes dejaron de ir a clase en el momento justo por pecador.
Que todos paguen sus deudas, que nadie huya despavorido y deposite sus
cochambres en la estación de reciclaje más cercana. Amarillo para los
expulsados, verde para los irresponsables, azul para los inadaptados y rojo
para los irreductibles. Pero si no encontramos el color que nos corresponde ni
la casilla a la que el dado nos ha reducido aún podemos hacer una llamada de
auxilio, la penúltima y menos desesperada, para que alguien nos deje en la
estacada otra vez y sigamos buscando el tono correcto que mirar y con el que
expresarnos. “Sáquennos de aquí” ya es un grito unánime y descontrolado. Es lo
que tienen las masas, que son fácilmente moldeables.
La alienación también cuenta. Si se saben alinear
adecuadamente, los anacronismos pueden contribuir a la causa, cualquiera que
esta sea. Vender humo a cambio de llamas alimenta la hoguera de las vanidades,
y eso, cuando el invierno aprieta el manto de sus deseos, siempre viene bien,
para qué engañarnos. Arder o enardecer, that’s
the question. Si acabamos chamuscados, pediremos árnica y sanaremos de
inmediato. Soluciones de urgencia en cada salida de emergencia. Control de
calidad con aprobado raspado. Testigos visuales con la receta del oculista en
el bolsillo. Vegetales cocidos a fuego lento. Cabinas reservadas sin límite de
capacidad. Mensajes en contestadores sordos. Papeles en blanco escritos por el
pánico. Miradas que matan. Pieles que se ensucian de otras pieles. Sudor frío.
Como jornaleros del metal forjado, la soldada no ha de
ser la redención para que nos entiendan mejor, ni la excusa para evadirnos de
la cruel sombra que acecha cada uno de nuestras palabras. Amedrentados y
unánimes, la huida ya no es una opción. Ahora nos hemos contagiado de un virus,
mucho más efectivo y dañino, que nos dota de una fuerza extraordinaria jamás
padecida por cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse en nuestro camino.
Miramos en derredor con los pies sobre el suelo y las garras afiladas, a punto
de clavarse como fauces de felino hambriento sobre la espalda del primer
desdichado que se precie de serlo. Arañando omóplatos, perforando cuellos o
deformando vértebras, todos esos gerundios están en el menú del día, subrayados
en rojo como postres a elaborar. El precio lo marca el consumidor, o el
paciente si quisiera serlo. Tratamiento de shock post apocalíptico, el mejor placebo que podamos imaginar.
Los legajos que habremos de firmar solo serán harina de
otro costal, morfemas sobrantes de cadenas de montaje que no será necesario
estudiar. Es la educación terciaria, por lo menos, la que nos falta para ser
menos inteligentes que ellos. Sí, hablo de los que sobran, de esos mercachifles
de enormes tentáculos que elevan el cuarto poder a la enésima potencia, con
nuestras ilusiones bajo mínimos, para que nadie pueda tocarlos y así puedan
hacerse aún más fuertes. Si alguien levanta la mano encontrará sus dudas entre
signos de admiración, pues ya se sabe que la materia no se transforma, solo se
reconstruye. Como la música, que puede servir de algo cuando la voz exterior te
intenta comprar cualquier producto al por menor.
Disco del mes: Joe
Cocker – Mad dogs and Englishmen
“Necesito llorar y no me salen lágrimas, lo más que hacen
mis ojos es sudar”
‘El sudor’, Pony
Bravo (Monterrey, 2008)
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