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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 17 de Agosto de 2016, Miércoles

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Demasiados ojos observando. Demasiadas bocas hambrientas de venganza y orgullo. Demasiados oídos recelosos de las palabras mal dichas y las que faltan por decir. Demasiada gente ajena contenta por la desdicha propia. Mucho tiempo y poco espacio, o al revés, pero demasiado en cualquier caso. Cada uno de nosotros requiere una explicación diferente, y los niños no consentidos que dormirán tranquilos sin saber nada sobre su concepción tampoco serán capaces de darla en un futuro a corto plazo. De ahí la prisa y la desconexión con el discurso contemporáneo. Oren e imploren, que aquí moran por los siglos de los siglos la incomprensión y la desconfianza. No voten para botar a los devotos de bote y postal en blanco y negro; broten para potar a los rebotes de coste total en colores mate. El mundo está hecho de contrastes, y de subirlos o igualarlos como semejantes viven las alimañas que nos gobiernan a su antojo. Necesitamos un mando a distancia urgente y una nueva anestesia en vena con la que revivir las viejas órdenes y toques de queda. El rezongar se va a acabar, ahora la nueva tendencia es obedecer con alegría y buenas hechuras de prohombres abnegados. Facilidades a domicilio.

No esperen que la última vez sea la mejor, igual que la primera tampoco fue la peor. Sepan que la última sílaba aún no está pronunciada ni la posterior debacle ha tenido lugar aún. Repartan suerte y quédense con la mejor parte, ya saben que en la misma ley está intrínseca la ley de los tramposos. Si llega el lunes y se pone el traje de martes por la tarde, visiten al miércoles y entréguenle la bata del jueves por la noche para llegar al viernes sanos y salvos, y si el sábado por la mañana se empeña en envilecerse cual domingo al atardecer, salgan huyendo por la puerta de entre horas y meriéndense el sol de mediodía. Es la única manera de vencer a los estertores del tiempo, entregando el último aliento y guardándose la última hoja, la más afilada y brillante, entre las páginas de un libro no escrito por completo. Si tuviera una buena tinta, de las que escriben a vuelapluma las noticias de un futuro incierto, les contaría con mis propias manos cómo lo hice, cómo pude reponerme a tanta estupidez y volver a mi lugar sobre el jergón con todas las extremidades intactas y sin la necesidad perentoria de desaparecer. Maldiciones a mansalva.

El agrimensor ya ha tomado las medidas oportunas. Parece que no hay valladar que por bien no venga ni mal que cien años cure. Recularán de motu proprio, resolverán el paso impropio, revolotearán con viento próximo, remeterán carne y odio. Todos se apresurarán a devolver los golpes mientras alguien ríe estentóreamente desde las alturas, alguien que todo lo puede y todo lo sabe y todo lo obvia, como un maremoto en la madrugada, y todos los amantes de todas las regiones del mundo con todos sus corazones y sus deseos y sus miembros reproductores en plenitud de facultades mirarán apesadumbrados e incrédulos a ninguna parte, recelosos de que sus poderes hayan quedado al fin al descubierto y todos los demás idiotas de todas las otras orillas del planeta sepan que no son más que seres comunes, tan vacíos como cuencas sin ojos y tan insignificantes como sus gritos de pánico en el silencio. Potenciales a destruir.

Lo mismo que con el conocimiento aumenta la dosis de pesimismo, frenológicamente hablando la conciencia de ser seres fungibles, que se desgastan y se consumen poco a poco y a pasos agigantados, nos hace a la vez más fuertes y más sabios, más olvidadizos quizá, porque la propia caducidad nos obnubila y reconforma la parte del cerebro que no usamos a diario para diluirnos en la nulidad que nos obceca con cada acto de desarme. Somos nigromantes, tizones que crepitan en el fuego de la multitud tratando de adivinar los nuevos giros del porvenir sin saber si el destino nos asaeteará con sus lanzas a la vuelta de la esquina. Así de esquiva es la naturaleza, así de lacónicos podemos llegar a mostrarnos cuando se nos espeta sobre lo que está bien y lo que está mal. Y si vamos al hospital en busca de ayuda, el médico de cabecera nos abofeteará con el espéculo por no haber sabido poner remedio a nuestra enfermedad, y en lugar de comprar penicilina como badulaque para el proceso de restauración hubiésemos encomendado la desinfección al matasanos de la esquina. Frustraciones a flor de piel.


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