Publicado el 15 de Diciembre de 2014, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Supongo que, como coloquialmente se dice no he descubierto América con la afirmación que sirve de encabezamiento a este artículo. La crisis actual comenzó como una crisis financiera y, a su vez, como una crisis de superproducción. Como la mayoría de las grandes crisis económicas, comenzó en la meca del capitalismo: Estados Unidos. Allá en la lejana década pasada, unos lumbreras se dedicaron a conceder hipotecas de la misma manera que aquí: pidiendo avales a unos trabajadores que tenían unos empleos precarios y que para mantener sus niveles de rentas estaban entrampados hasta las orejas. Claro, si además has desmantelado tu tejido industrial para llevártelo a la otra punta del planeta -para ganar más pagando salarios de hambre-, eso sólo significa que en cuanto haya una caída del consumo por excesivo endeudamiento (recordemos que todo tiene un límite, especialmente el crédito) lo primero que se va a resentir es el sector servicios (¿quién tiene para ir a la pelu o tomarse unas cañas si no tienes ni para comer?) y, de rebote, la construcción, que es lo único que no has podido deslocalizar. Así que sube el paro como la espuma y comienzan los impagos. Hasta aquí una crisis económica de lo más corriente. Pero claro, esos mismos lumbreras engominados que habían concedido hipotecas y créditos al consumo a punta pala, esos mismos que habían precarizado el empleo y bajado salarios y esos mismos que habían deslocalizado la industria, esos mismitos que, en suma, le habían estado chupando la sangre a los obreros yanquis para forrarse a su costa, quisieron rizar el rizo y, en una cosa que se negocia en bolsa llamada derivados financieros (es decir, que yo te vendo algo cuyo valor deriva de otra cosa o cosas), no tuvieron otra cosa mejor que hacer que basar el valor de ese enrevesado producto financiero (cosita parecida a nuestras preferentes, para que nos entendamos) en las hipotecas, esas mismas hipotecas que no se estaban pudiendo pagar, por todo lo que ya he comentado. Resultado: El chiringuito se les vino abajo.
Pero no son tontos, como ellos no pueden perder nunca, le lloraron al gobierno de marras para que les tapase el agujero que habían creado, así que,tú (pobre contribuyente yanqui) ibas a pagar de tu bolsillo el marrón. Por tanto, los engominados siguieron robando tan tranquilos y, de paso, cogieron el dinerito que les iba dando su gobierno para comprar deuda pública, sí, esa misma deuda que ellos mismo habían creado, cogiendo así por las pelotas (perdón por al expresión) al gobierno yanqui y provocando que la estafa fuera ya doble, porque la deuda tiene unos intereses de obligado cumplimiento por parte del deudor. El esquema en España fue calcado, pero con matices, uno muy simple: que esos mismos chorizos de Wall Street no se conformaron sólo con robar a sus paisanos, no. Se pusieron a especular con la deuda (de acuerdo con los engominados nativos que - dicho sea de paso- les habían comprado derivados) de esos pequeños países del sur de Europa, a su vez endeudados con el gran prestamista europeo: Alemania, que no ha tenido empacho en apretarnos el pescuezo cuando le ha dado la gana, muy solidarios estos alemanes, tan europeos ellos. Especulaban, los yanquis, los alemanes y los nuestros con la deuda pública por un motivo muy sencillo: para que los intereses subieran y ganar más todavía ¿Se acuerdan de la prima de riesgo no? Pues ya saben quienes ponían en riesgo a la dichosa prima.
Todo esto a qué nos lleva: a que la riqueza se concentre cada vez más en unas poquitas manos, las manos de los que provocaron la crisis, las manos que inventaron las preferentes y los derivados, las manos de los que lloraron a los gobiernos para que los rescatase, las manos que jugaron a los bolos con esa misma deuda que ellos habían creado, en suma, las manos manchadas de sangre de toda la gente que se ha quitado de en medio o ha fallecido (por culpa de recortes varios) por la crisis, en América y en Europa. Estos oligarcas tienen las manos manchadas de sangre, pero saben qué es lo más duro, que se van a dormir con la conciencia tranquila. Ante la hipotética idea de que no exista un infierno a donde vayan a parar el día que fallezcan (cosa en la que todos somos iguales, en la muerte), creo que no sería mala idea que los quitáramos de donde están ahora, que los juzgase un tribunal imparcial y que (como somos mejores que ellos), en vez de encarcelarlos de por vida en una sucia mazmorra, se los condenase a sufrir todo lo que la buena gente estafada está sufriendo, toda la miseria, todos los apuros, todo el sufrimiento, toda la explotación sin medida, todas las noches en vela, ni más ni menos, a ver si tienen redaños para aguantar lo que ellos nos imponen, sólo entonces -nunca antes- se habrá hecho justicia. ¿Ustedes creen que esta gentuza tendría cuajo para aguantar? ¿Sí o no? Les dejo la respuesta a su elección. Por lo demás, viva el sufrido y machacado pueblo trabajador.
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