Publicado el 15 de Mayo de 2014, Jueves Lourdes Paredes Cuellas
Cultura -
Cautivo y desarmado, el ejército rojo le busca tres pies al
pato que paga las cuentas sin saldar. Después de quedarse a lavar la vajilla en
señal de duelo y como fianza para la cena sin sal, sus hombres se desperezan en
la tratienda y sueñan con el descanso de los leones a los que tendrán que
enfrentarse en calidad de gladiadores. Que venzan o les venza el deseo por ser
más que el de al lado ya no es la cuestión principal, sino los interrogantes
sin puntos que siguen campando a sus anchas por las vías del tren, allá donde
se cruzan los raíles y donde el mar de plomo no se puede discernir del río de
plata. La vista no alcanza a divisar el final y en la estación término solo
viven caníbales dispuestos a morir a dentelladas si les fuera la vida en ello.
Tantos kilómetros después, contar veinte casillas más adelante tras despedazar
al rival demuestra un poder del que no deberíamos enorgullecernos, por muy
elocuente que sea. Ciérnanse sobre nosotros los mil vientos que aún no han
soplado.
Cuentan los historietistas del miedo que esto no es sino la
consecuencia de una hiperestesia brutal, una artimaña del destino que nos
condujo hasta aquí sin anunciarnos el ahora y pasando de largo por el ayer. El
mañana tratará de detenerse en algún puerto lejano e inalcanzable, y los
soldaditos de plomo de a pie mancharán sus botas con el polvoriento desprecio
al que acostumbran a encomendarse para no sentir el brazo de la crueldad
apretando tan fuerte sus pechos. Ya se sabe que las pesadillas no son buenas
consejeras, sacan fotografías a cuenta de otros y apelmazan las exclamaciones
de las bocas cerradas para que la lengua no aprenda lo que no puede asimilar.
Entre los dedos se amedrentan los deseos, braman las áreas mudas y claman al
cielo los hombros caídos. Caerse, volver a recaer, asistir en cuclillas al
desconcierto generalizado, levantarse, volverse a levantar, aprender de los
gestos insinuados, golpearse, volver a
golpear. Sin fisuras, sin ningún control, con toda la violencia que seamos
capaces de reunir. Qué cosas, hace un momento estábamos en el suelo y unos
segundos después hallamos una extraña cataplasma con la que esgrimir los
argumentos propios, que al fin y a la postre no servirán sino para ensordecer
de nuevo a las fieras. Busquemos música que las provoque un poco, estamos aquí
para dar pelea, no para combatir. No cuentan los pasos, sino los posos. Lo que
pesa es el piso que pisamos. Poner la funda y esconder el fondo, curiosas y
ruinosas costumbres. Furiosas reciedumbres, en otros términos.
Somos entes estólidos, faltos de cualquier tipo de oficio ni
beneficio. Enharinados de odio cuando procede, continuistas de un régimen
personal y artilleros de tiempos caducos aún vigentes. El bermejo tono de la
derrota no nos atenaza los dedos y nos transforamos en literatura de saldo para
lectores que solo reconocen las vocales. Vocativos de vocación. Vocacionales
voces de vientos volátiles. Volubles y valiosos. Valíamos para todo y servíamos
para nada. Como la vida misma, que siempre pasa y lo nuestro es pasar. A través
de áreas lacustres donde ríos negros vierten el alquitrán que ensucia las manos
de sus profanadores al pairo de cualquier otro tiempo mejor. Ya habrán pasado
los reclutas, camuflados entre el verdor de la madre selva y el estertor de los
vientos de componente sin norte. Tener arrestos para intentar una última
pirueta y no despeinarse porque los motores ronquen con intranquilizadores
pulmones. Respirar un aliento corrupto y eructar los residuos en plena cara,
sin importar a quién pertenezca. Desfilen, porten banderas sin colores, entonen
cánticos de plenitud, saluden a ojos sin sonrisa y enfilen el callejón de
salida a la dimensión paralela. Hay fenómenos paranormales aún no catalogados
por los cazadores de hologramas, y debemos aprovecharnos de los resquicios que
nos da la invisibilidad. Total, ¿para qué? Donde no hay arena no pueden
construirse castillos con los pies de barro, como gigantes que se hubieran
criado a gatas.
Las pitanzas de las que nos nutrimos son hoy la vuelta de
hoja de su presunta opulencia. En la austeridad está el secreto, mirémoslo por
el lado bueno. Y busquemos nuestra cataplasma definitiva, no será fácil
sobrevivir sin ella. Dando consejos no llegaremos demasiado lejos, ni lo
pretendemos, pero escuchando las voces que aguardan al próximo recodo tampoco
enmendaremos mucho el contraplano. Solo somos capaces de guardar las
apariencias durante el menor tiempo posible, y nos convertiremos en petimetres
sin remedio durante los próximos siglos. Es lo que hay. Hagan las maletas y
griten que todo se andará, y que en el camino nos encontraremos y que debemos
arrimarnos al mejor árbol y otras obviedades… ya saben que las palabras se las
lleva el viento.
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‘La marca en nuestra
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