Publicado el 15 de Febrero de 2017, Miércoles Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Es el título de aquella mítica serie de televisión que a muchos críos de ciudad nos enseñó a respetar la naturaleza. También aquel respeto nos vino de casa, por lo menos a los que nos lo inculcaron.
Puede que viniendo de alguien de ciudad -si bien con unas "poquitas" horas de monte- me lluevan las críticas por lo que voy a soltar a continuación. Hay prácticas y prácticas, vinculadas con lo cinegético, que me ponen los pelos de punta.
Afición sobrada es la que en este país se ha tenido a los pajaritos fritos, personalmente no es que me parezca mal, si no lo siguiente, tal cual. Entiendo que hace muchos años, cuando el hambre y la falta de mejores proteínas llevaban a poner cepos, tuviera justificación. Hoy es por pura y simple gula, por darse el gusto de una delicatessen a costa de unos pobres animales que nos hacen más bien que mal y que debido al uso indiscriminado de plaguicidas, más la destrucción de su hábitat, tienen poblaciones menguantes, esas mismas poblaciones que mantienen -a duras penas- a los insectos a raya. Pero hay gente que piensa más con el estómago que con el cerebro: día que las plagas asolen los campos por no haber pajaritos, día que se sabrá de lo que es el hambre de verdad, que fue lo que pasó en China en los años 60. Como ven, ya ha pasado una vez, veremos a donde nos conduce la estupidez humana. Mientras tanto, espero que se les indigesten los pajaritos o los trinque el SEPRONA directamente.
Pero hay más. Las mal llamadas alimañas. En el monte creo que no hay más alimañas que las de dos patas y parientes directos del chimpancé. Se persigue -bajo banda- al meloncillo, al hurón, al gato montés, a la comadreja, la gineta y a todo bicho viviente que "mengüe" las poblaciones de perdices, liebres y conejos. No ha habido cosa que más haya menguado al conejo que la mixomatosis y la fiebre hemorrágica, revuelto con el fin de las prácticas tradicionales de cultivo y pastoreo en las zonas serranas (en las campiñas la recuperación del conejo en talla y número es palpable) muchas de ellas transformadas en cotos de cara a la caza mayor y, también, por qué no decirlo, una manita han echado los aficionados a disparar a todo lo que se mueve, no a llevarse un par de piezas bravas pero bien cobradas. Presumir y gatillo fácil, muy viril, vaya. Eso sí, para muchos la culpa sigue siendo de las "alimañas", sin caer en que si estos animales no encuentran alimento, directamente mueren de hambre, su población se autorregula -hay tantos predadores como alimento disponible- y si las quejas vienen del zorro, mi respuesta es contundente: no haber exterminado al águila imperial y al lobo que eran los que tenían a los raposos a raya. Ahora, para frenar a los pequeños predadores -mamíferos o rapaces- recurrimos a las trampas, los tiros y -todavía algunos listillos- al veneno. Bravo por nuestra gestión de la naturaleza, movidos sólo por el bolsillo, como no. A los del veneno, por ser lo más dañino, contaminante e indiscriminado, ojalá y la autoridad los pille con las manos en la masa.
Pero no quiero terminar mi rajada sin referirme a la caza mayor. Supongo que los cazadores -una parte de ellos- no verán mal que se alimente a las poblaciones de ciervos y otros ungulados cuando hay escasez. Eso, perdónenme que lo diga, directamente es una burrada. Si el monte tiene que mantener a una población superior a la que de manera natural puede, el monte se viene abajo, el resultado: la población de chaparros y alcornoques envejece y aunque son árboles duros, algún día morirán, sin sustituto. Es como el sobrepastoreo que ha dejado por toda la cuenca mediterránea desiertos y baldíos. Pero ahí no termina la cosa, no sólo son los grandes herbívoros los que dejan el monte mediterráneo hecho un desastre, están también los jabalíes, tal vez la más dañina de todas las especies, al ser omnívora lo ataca todo: frutos, raíces, madrigueras, nidos... nada queda fuera del alcance de su hocico, con el consiguiente daño. Sus poblaciones se están descontrolando, su único freno la caza, puesto que ya no hay depredador natural que pueda con ellos (adivinen quién exterminó a sus predadores). Tal es la osadía de estos animales que llegan a penetrar en las afueras de un núcleo de población de la entidad de Córdoba, de la misma ciudad, nada de las barriadas del área metropolitana, doy fe de ello por haber visto señales de su paso con mis propios ojos a menos de tres kilómetros del centro de la ciudad.
No estoy en contra de la caza, ni mucho menos -si exceptuamos el trampeo sin licencia de pequeñas aves, que me da nauseas-, de lo que estoy en contra, por si no se han dado cuenta, es de la pésima gestión que de un recurso como el monte -y las especies cinegéticas- estamos haciendo como sociedad. Más vale prevenir que curar, Rodríguez de la Fuente ya nos los advirtió hace más de cuarenta años (hemos tenido tiempo) y, en vez de mejorar, parece que vamos para atrás como el cangrejo. Después, lloraremos y nos preguntaremos por qué.
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