Publicado el 19 de Agosto de 2019, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Que nadie se alarme. Se han encendido los extintores solo para poder sofocar el humo de fuera, que no para socavar los fuegos de dentro. En el interior está la pereza, ocupando el lugar de la belleza y rubricando su victoria sobre todas las demás virtudes del mundo. Cuando seamos grandes, aún más importantes que lo que jamás seremos, podremos desvirtuar el rumbo equivocado de tantos años atrás con vigor, apasionado espíritu y sabiduría ancestral. Llamemos a las cosas por su nombre. Antes nadie se atrevía a preguntar porque muy pocos tenían la certeza de que podrían responder. Ahora que somos más viejos, menos sabios y mejor hechos, afrontamos y confrontamos lo que ayer ignorábamos con ahínco. Es mejor, a veces, no saber lo que escuchas porque lo que oyes te va a doler igualmente. En la misma medida, de igual manera, con similares efectos. Vayamos a lo importante.
Mis sentidos se abren a la ambrosía del desconocimiento. Qué hay más allá, cuántos nuevos sentimientos podemos descubrir más acá, cuándo terminaremos de sorprendernos. A las armas por las almas, a la calma por el karma. A todos y cada uno de nosotros le llegará el entretiempo de saberse inútil, y no habrá amanecer ni luz ni oscuridad alguna que pueda encontrarnos dispuestos a luchar. El aceñero que muele su derrota tras los tabiques, el enterrador descalzo que sabe que el siguiente será él, la mala hierba que aflora reclamando sus derechos ante un juez. De brazos cruzados no valen probaturas. De sueños truncados no sirven florituras. Al servicio se entra por la puerta de ídem y se sale, si es que se sale, por la de delante. El mundo al revés. Absorto en sus pensamientos, el predicador se pellizca la entrepierna y piensa que nunca se sintió más imbécil en su atribulada existencia. A los feligreses les faltan dos hervores y pico, y la pala para hervir sus infames deseos. Hay un poyete, un hacha, un martillo y dos nervios rotos antes de la cena. La última antes de que nos sorprendan pergeñando cómo los clavaremos en su propia cruz.
Una señorita despreocupada y jacarandosa enseña a las damas normas de comportamiento para sus mentes poco dúctiles, sesgadas por el momio de la inoperancia afectiva y la inapetencia efectiva. Ante los nuevos alimentos se muestran torpes, rabiosas y en absoluto apegadas. No demostrar lo que se añora. No importar lo que te ahoga. No informar de lo que se desfoga. Callar sin cerrar la boca más que para hablar. No decir nada. No inferir algo que pueda despistar a la mayoría. Vaharadas de realidad disimuladas en el espejo del baño. Pavoroso panorama el que tenemos enfrente, al que no le prestamos la atención debida para no echar las manos a la cabeza del vecino. Siempre hay un culpable que no somos nosotros. Los mismos que con mimos basculan y circulan. Los menos que son los más sin comerlo ni vivirlo. Como en una ablución monumental, los dedos de los pies empiezan a humedecerse, y los huesos que ponen sus barbas en remojo absorben el agua de la purificación en el deseo homérico y final de renacer. Esto es predicar, sí, pero sin desierto que ejerza de receptor. Es inútil resistirse.
En la montaña se oye una detonación. Coincide con una más potente que deja a diario miles de corazones en siniestro total e infinidad de otros damnificados. Unos no podrán volver a salir de pecho alguno, otros retornarán a su condición térmica natural y otros se conjugarán con sangres frías para seguir el ritmo infernal al que habitualmente estaban sometidos. No insinúen que podemos ganar alguna batalla, piensen solo en perder la guerra. Será lo más inteligente que hayan imaginado nunca. Ya compensaremos a los agraviados, después de un banquete pantagruélico en el que no falten líquidos y fluidos que compartir con el cuerpo de al lado. No pregunten el nombre, sería un error inherente a la febricitante energía con que alimentar las máquinas del horror. Es para salir huyendo. Para seguir comiendo. Para sentir muriendo. Para todas y todos, este aún no es el final.
Si alguien conoce la pócima mágica, que la ingiera y desaparezca para siempre. Que se enerven los epítetos y que tantos amaneceres rubros nos dejen sin palabras. Lenta pero con seguridad, la víbora de los lamentos eternos espera tras la puerta de entrada, esa que antes solo tuvo miedo a que la abriese su propia sombra. Pero eso, como tantas otras cosas, ya lo hicimos nosotros hace tiempo.
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