Publicado el 17 de Agosto de 2015, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Hora de centrifugar. De introducir la ropa vieja en la boca del lobo y afilar las fauces para que el agua y la sangre revuelvan la digestión de ruido. Para molestar la siesta a los infaustos designios de la ley y hacer que su canción suene por debajo de las voces discordantes. Analepsis en mitad de la obra. Borrón y cuenta buena. Nuevamente deshechos, embarrados y a punto de partir hacia el punto de partida. Esta vez hemos seleccionado unos sonidos distintos, sin procedencia concreta ni estilo aparente, para que nadie pueda localizarnos siguiendo las notas. No somos flautistas seguidos por ratones ni tiernas carnes acosadas por colmillos negros. Ni siquiera la abuela sobreprotectora que yace con las carnes rebosantes de asco por la vida, esperando el momento en que la descendencia enaltezca sus partes pudendas. A sus faldas hay demasiados agujeros negros por los que perderse.
Proferir el baldón menos amable es a estas alturas hacer alegoría de la impasibilidad que nos rodea. Ya nadie suda miedo ni sabe de nadie que tenga miedo a sudar. Más vale nunca que tal vez, pensarán los mismos que un día casi se arrojan al vacío y a nosotros a la nada, alegando que en las zanjas que ellos cavaron hoy crecen flores verdes y amarillas y violetas y encarnadas en otra cosa. Osarán hablar menos de la cuenta para que sigamos sin entenderlos, y regresarán a nuestra casa para clavar el hacha en la puerta y marcar un territorio viejo, podrido y reseco que ya no da frutos sino palabras. De odio y demora. De ignorancia y pavor. De viento y fuego. De ira y excusas. De poder y ferocidad. De nada.
Es una sensación barrial, como de estar viviendo en una cápsula maldita dirigida por un ciego sin perro ni dueño, y en esta ruleta no nos han repartido las bolas de la suerte y sí pagado con los bocadillos de aire. Ni estamos ni nos esperan. Esperamos que vuelvan para volver a partir. Partiremos en busca de quien no sabe encontrar. Encontraremos la ocasión nefasta para resucitar. Resucitaremos en una muerte segura. Aseguraremos que nosotros no tenemos la culpa. Culparemos al destino cruel y siempre alerta. Alertaremos al prójimo del próximo castigo. Castigaremos a quienes siempre nos premiaron. Premiaremos a la masa informe. Informaremos de todo y no sabremos nada. Nadaremos en la incertidumbre.
Hoy es el día en que escarnecerse a diestro y siniestro no es pecado. Considerando que en cualquier momento podemos oir el silbido de la venganza, podremos escoger a nuestra presa con la misma ternura que el león tritura al venado que le servirá de alimento. La familia es el mal menor, a ellos no debemos rendirles cuentas. Solo hay que tratar de recordar que al levantar el huipil, bajo la doblez secreta, tendremos la pócima mágica que lo arreglará todo y fijará nuestras frases en caso de posible dislexia. Benditos licores paganos. Quien no lo entienda, que nos compre, así como nosotros perdonamos a nuestros vendedores. Al limbo brindamos, en séptimo cielo soñamos. No es cuestión de acorar a nadie, líbrenos quien proceda de esa tentación, pero está claro que con estos apechusques será difícil llegar a buen puerto, porque ya se sabe que no enviamos al alma a luchar contra los elementos sino a favor de ellos. Sotavento lo llaman. Contra viento y marea lo rechazan. A favor y en contra lo juzgan. Una cuestión vital que constantemente asoma por debajo de la alfombra: ¿Cuántos de esos que enarbolan el "yo" como respuesta y defensa ante todo y ante todos saben que, en efecto, es el "vosotros" quien acabará por pisotearlos? Ni derechos ni izquierdos ni caminos rectos. La senda que se pierde en lo más profundo del bosque es la que debe ser perfilada para nuestro bien. Y eso no tiene nada que ver con perder el norte. Leguleyos y malos doctores tiene la ciencia.
No deberíamos ser prosélitos ni mucho menos siervos, pero la condición no es siempre condicional ni condicionante para que acondicionemos el rumbo a dirección alguna. La pintura está comprada y las capas bien cubiertas, ahora solo falta elegir el color de la pátina que nos pondrá definitivamente a salvo. En las próximas líneas no habrá opúsculo que justifique tanto sinsentido ni introducción que valga la pena. Tan pronto como seamos absueltos de culpa, abriremos el libro de los truenos y la tormenta interior será desatada con furia. Será el momento entonces de claudicar. Solo entonces.
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