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Cultura
Hoy es Lunes, 01 de Abril de 2024
POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 20 de Enero de 2020, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Esta es una carta de amor. De desamor, tan puro e inmaculado como el odio más ruin. Tan abrasiva como la vida misma, y en sus líneas a la deriva, cautivas de una mente y un alma que se desmoronan para rearmarse a cada instante, habita la existencia apopléjica de gente con el corazón en vilo. Envilecer a cada paso. Enloquecer en todo caso. Solos, entregados, magnificados por las palabras que rodean a la esencia por no saber describir lo que debería ser tan fácil como abrir los ojos y comprenderlo todo. La luz no solo está al final del túnel, se multiplica y refleja en múltiples direcciones y en su resplandor deslumbra falsedades y compraventas de dudoso beneficio. Son los tiempos que acechan, aquellos de los que jamás nos sabremos deshacer y con los que arrastraremos al desastre la composición química que nos mueve las piernas y nos hace oler, tocar, lamer y pensar en el siguiente error. Ser tan prolijo no es necesario, tan solo sirve para llamar un poco la atención.

Todo se reduce a una mera cuestión de apostura. A apostar por la postura y aportar la compostura. Habrá tiempo después para la llantina del día de autos. Para que otros barros sustituyan a estos lodos y el sol salga por el lado opuesto de la montaña. Dicen que hay tempestades que solo pueden ser presagio de añoradas calmas. Y si hablan es que algo de incierto debe haber en todo eso. Nunca sabremos dónde está la realidad oculta que los trileros se empeñan en disfrazar. Al abrigo de todo, al refugio de nada. Antes era todo tan diferente que da vértigo incluso el imaginarlo. ¿Y si las cosas cambiaran de un día para otro y de una vez por todas, sin pedir permiso ni darnos tiempo a preparar la cena de despedida? De eso, de cenas y mecenas está el mundo lleno y casi hartos los bolsillos. Solo nos falta otra manifestación inútil para que las cosas no acaben de encajar. Como siempre. Será que el viento no sopla en esta dirección igual de fuerte que en la suya. Saben y se resabian. Salen y suelen resalir. Sorben y vuelven a absorber. Todo por el precio de uno, de varios, de muchos. Mucha ignorancia es lo que hay. 

La elucidación que podría clarificar parte del problema puede que sea aún peor: La apariencia glabra, aséptica y sin pulmones, de cualquier cosa que alcance la vista la descarta para siempre. Para eso están los amigos y para aquello vendrán los enemigos, para que las dudas se conviertan en esencia y las especies se mezclen hasta el infinito y parte del más allá. Más para allá que acá. Más por allí que hacia aquí. Más para entonces que por ahora. Se encienden los adverbios y la ubicación falla porque la cobertura se transforma en la cubertería de la comida de gala. Otra vez, sí. Y otra más y otra más y otra menos. Menos tú, todos los demás. Menos él, ninguno de los otros. Menos no es ni más ni menos que más de lo mismo. Prefiero un juego de picheles anchos y de boca generosa que la estrechez de otros servicios más lustrosos. Humilde que es uno, que las cosas se ponen feas y la necesidad de adaptación puede que cambie cosas que antes no habrían cambiado concepto alguno bajo ningún concepto. Adaptarse: dícese de utilizar la palabra más fea posible para dilucidad conceptos igual de desagradables. No quiero adaptarme. No necesito contexto para tener significado. Ni la mirada cómplice de los demás para afirmarme cada vez que lo que digo no es lo que tú quieres oír. ¿Me oyes o solo me lees? Craso error, en cualquier caso.

Hay que ponerse el gabán de la volición y ponerse a la faena. Por un mundo mejor es una causa ya perdida, y lo de fajarse en las barricadas nadie lo entiende, así que al final lo que cuenta es el contar la historia como a cada cual le interese. Intentando que la nuestra tenga un final feliz lo único que conseguiremos es que nunca lleguemos a terminarla. Ya se sabe, quien espera desespera y quien suspira expira por un segundo. Los actos no son punitivos por naturaleza, depende de quién y cuándo ponga la denuncia. Y no es humor sardónico, es fiebre de vivir y ansia por destripar las frases justo antes de que se pronuncien. En la era de los productos dietéticos y los ánimos diabéticos el impulso dialéctico tiene mucho que decir y poco que ganar. Para perder siempre hay tiempo, y si se nos permite la impaciencia, podría dilatarse la victoria definitiva hasta ese día en el que dicen que un juicio sumario nos sumirá en el enésimo prejuicio. Cosas que pasan.


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