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La teoría de Luis Aguilé
Publicado el 10 de Enero de 2009, Sábado

Opinión -

Que la vida pasa felizmente si hay amor puede ser tan cierto como que es una lata el trabajar. No en vano, el gran Luis Aguilé, cantante y visionario que se dejó en Cuba quizá demasiadas cosas que nadie se dejaría, fue un adelantado a su tiempo, un poeta para el ocioso, un ejemplo para el flojo conocido y para el vago por conocer y la excusa y razón para una baja sin excusas ni razones y a la que no se le mide la estatura, sino el tiempo.Tras una noche de lluvia a la que sigue una mañana de frío lo que menos apetece es ir a trabajar. Asomado a mi ventana veo a la gente que camina rápido de aquí hacia allá, yendo o volviendo de sus respectivos puestos de trabajo sin alegría y con ese gesto tan habitual como reconocible que se tiene marcado a fuego y sin permiso de lunes a viernes laborables. Esos trabajadores hoy vuelven a creer que al incrustar el cuello entre los hombros o al frotar sus manos tras soplarlas se van a librar del gélido azote en su deambular de obrero transeúnte en días sin sol. Existen sabidas y envidiadas excepciones a la regla anterior, conocida como la Teoría o el Axioma de Aguilé, verdad absoluta entre todas las verdades y acompañada de la mayor de las certezas posibles. Así puede haber uno entre un millón que sonríe cada vez que sale a cumplir su jornada laboral para la Guía Michelin o la Guía Peñín, aquel que es experto en jamones ibéricos de Jabugo, Guijuelo o Extremadura o el que sobrevive gracias a su virtud como catador de vinos de Burdeos o de caviar iraní beluga y albino. Hay personas que se conforman con ganarse el pan, aunque no haya sudores en la frente, como el fotógrafo para campañas de Wonder Bra o del Calendario Pirelli o el probador de Ferrari o Lamborghini y que al ir a desempeñar su tarea tienen dibujada una mueca de felicidad en la cara que parecen haberse desayunado a Milikito. También los habrá que pese a ganar veinticinco millones de dólares por trabajar de actor en una película se queje de no haber conseguido unos derechos sobre la facturación bruta en las taquillas de todo el mundo y también habrá deportistas que tienen un salario de diez millones de euros por temporada pero que su desánimo y falta de ambición anotadora sólo se subsanará con una prima que nada tiene que ver con la hija de su tío, da pena el hecho de ir a trabajar a cambio de un sueldo que no permite las alegrías de comer y beber adonde indican las guías Michelin o Peñín, de ir a comprar jamones de Guijuelo o Jabugo montado sobre un Ferrari después de haber fotografiado a las mujeres más deseadas de un calendario que va sobre ruedas, de marcarle tres goles al eterno rival o de recibir los elogios de público y crítica por el enésimo remake de Los tres mosqueteros.

 

El Crítico.

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