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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 18 de Agosto de 2014, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Saber a dónde dirigirse no es sinónimo de descubrirse a sí mismo. Así, al pasar de los años y las añoranzas, cambian los letreros, los nombres en los carteles y las firmas en los acuerdos, pero aumentan los desacuerdos en las formas, los cárteles en los hombres y los cuatreros. En el interior la forma y en el exterior el contenido, síntomas de unos nuevos males que aún desconocemos. Es la consecuencia, la fórmula y el método de no dar más de sí cuando recibes un no por sistema. Los talibanes se han adscrito al prontuario de la mayoría y ahora solo deciden por sí mismos, absteniéndose de doblegar al prójimo más próximo a otros horizontes. Llegará la tormenta que anuncia el cielo, sonarán otros acordes eléctricos y convendrán todos en sumarse a la incontinencia general. No hay ovación que no espere una réplica, ni una llamada de auxilio desatendida que no aguarde una oración, ni una coma tachada que no rece por el punto al final de la conversación. Siempre estarán siguiéndonos la pista mientras buscan la llave que abra el cofre de sus pesadillas. Seremos espectadores al tabardillo de la acción inmediata, aguantando carros y carretas y abrazando a la farola más cordial del barrio. Somos buenos vecinos, compartimos facturas, indiscreciones y gruñidos, y dejamos los buenos deseos para dentro de unos años que nunca llegan. Cerramos la puerta y vomitamos desprecio. Todo parece ir bien.

Al sacrosanto decálogo de virtudes debemos añadir una última incorporación: la capacidad de disidencia. La hipotermia generada por sentirnos fuera de la manada encuentra correspondencia en los íntimos deseos de venganza, en las palabras no pronunciadas, en las miradas esquivadas, en los labios mojados por la pérdida, en los hombros vencidos por el servilismo, en las piernas agotadas de recorrer caminos sin final. No saber a dónde llegar no es sinónimo de perderse en uno mismo. La erótica del poder es esa fobia de la que algunos no podemos evitar carecer. El arcoíris siempre ofrece una lluvia diferente y limpia, como un juego de cama recién llegado de un país exótico. Fundir los colores y obtener una muda nueva para cada día depende del grado de humedad y de la necesidad de aislamiento de cada puerta que nos guarece. Indolentes contra inocentes. Mercenarios contra comisarios. Alegaciones contra asunciones. Mentes contra entes. Jurisdicciones contra juramentos.

Hoy tengo gamas de ti. Irisadas, punteadas o coloreadas en círculos, todas metidas con calzador en mi pequeña caja de los truenos. Antes contenía galletas y chocolates varios, pero ahora solo ejerce un discreto papel ornamental en una mesa desvencijada llena de recortes de momentos que ya apenas recuerdo. Me alimento de deseos, como ya bien deberías saber. El tono de pintura ha cambiado en las paredes, la decoración cambia en cualquier rincón y las nubes de humo negro se apresuran sobre las ventanas de mi cuarto al menor movimiento de hoja. Es un cromo que tengo repetido, ahí quedará la colección sin completar. También hay lápices sin punta, olores de semillas viejas y sobres llenos de fotografías difuminadas. Tu rostro se pierde entre los pliegues y tus huellas, las dactilares y las otras, las que llegaron mucho más adentro, reclaman un grado de atención que mi sonrisa se encargó de disculpar. Los remedios contra la ansiedad se convirtieron en remedos de la novedad. Ha llegado el momento de actuar, de tirar la caña y esconder el cebo, de mover un dedo y cortarse la mano. No se trata de tomar decisiones equivocadas, sino de equivocarse en el mismo proceso de elección. En la próxima, por cierto, intentaré cambiarme de camisa, incluso es probable que de color, y me daré la vuelta o tomaré el sol desde el otro lado por ver si el viento sopla más de lo normal y las olas siguen intentando salirse del mar.

Merienda de negros a la hora de cenar. Bruscamente, el vapor del hielo hace estallar el congelador y los cristales estallan en cientos de pedazos que cortan el aliento antes de darte siquiera una opción. No quedan ni ganas de combatir. Se trata de asumir el estado de las cosas, de recorrer los estadios que un día nos llevaron al fondo del precipicio, con los lobos a la espalda y la presunción de no haber dejado ni una migaja en el plato. Que sean los demás los que se diviertan y se lo pasen bien mientras que otros, con los ojos fijos en la nada, nos encargamos de hacer prisioneros y pedir el ridículo rescate que nos deje descansar en paz para siempre. Es el único lujo que nos podemos permitir.

 

 

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