Publicado el 18 de Agosto de 2014, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - En las tres primeras entregas de la serie hemos reparado en el concepto positivo o negativo que se tiene de la violencia en función del contexto y también en quien o quienes la ejercen (recordemos que sólo la ejerce aquel/la o aquellos/as que creen que van a sacar un balance positivo de su empleo). Pero todavía nos queda el modo, que puede ser más o menos sutil, más o menos evidente, más o menos físico o más o menos psicológico. Hace años, por violencia sólo se consideraba la acción física de la agresión, pero hoy el concepto se ha ampliado al campo de lo psicológico, donde los daños a simple vista no son tan evidentes, pero que pueden dejar secuelas iguales o peores. Por otra parte, una agresión física puede dejar también una huella imborrable y desagradable en la mente del individuo o en la conciencia del colectivo, con lo que una agresión física se convierte en psicológica también. Como pueden ver la violencia es polifacética, demasiado.
Veamos unos casos prácticos para ver a lo que me refiero. Jueves noche, botellón, combinación de gente joven y alcohol. La arrogancia de la juventud en unos casos y la falta de experiencia vital en otros pueden llevar a un resultado dramático si se combinan con unos cuantos "cacharros" en el cuerpo. En efecto, está el grupito de amiguetes tan tranquilos dando cuenta de la bebida tan tranquilamente cuando, mira tú por donde, se aproxima un par de "nenacos" con pintas de barrio bajo pidiéndoles hielo. Ante las pintas y la actitud y con pocas ganas de problemas, Paco va a ver si queda hielo, dándose cuenta de que se han fundido la bolsa que compraron un par de horas antes, le enseña la bolsa al par de dos y… sorpresa, los otros dos se creen que Paco les está vacilando, aunque les enseña la bolsa vacía. El asunto pinta mal, pero mucho, porque el par de barriobajeros lleva en el cuerpo algo más que sustancias legales y el poco entendimiento que tenían estando sobrios lo han perdido hace ya un buen rato. Casi sin mediar palabra uno de los dos tira de navaja que va a encontrar en su camino la pierna de Paco. Sorpresa y estupor. Paco y sus colegas no se creen lo que acaba de pasar mientras la pareja agresora se da a la fuga. El 061, urgencias, atestado policial y una batallita más que contar para cuando Paco sea viejo. Una noche que no acabó peor por poco. Aquí tenemos un ejemplo de manual de lo que es violencia física, individual, no tolerada y además penada por la ley.
Pero también tenemos violencia psicológica. Es la historia de Juani, limpiadora, veintipocos años, agradable y de muy buen ver, esa fue su desgracia. Esa y tener un jefe con pocos escrúpulos y el cerebro entre las piernas. La cosa empezó con cumplidos, siguió con insinuaciones, prosiguió con promesas y, ante la falta de resultados, se pasó a las amenazas. Amenazas de despido, por otra parte totalmente improcedente porque Juani cumplía en su trabajo. Como el jefe no se salió con la suya, cambió de táctica. Fue hablando una por una en su despacho con las compañeras de Juani, les habló mal de ella, a unas les insinuó un contrato estable si le seguían a él la corriente, a otras las amenazó con echarlas si se negaban a colaborar. El ambiente laboral se convirtió en un infierno para Juani: el jefe la acosaba, las compañeras le hacían el vacío o cuchicheaban a sus espaldas mientras le echaban miraditas de soslayo, unas de compasión y otras de asco. Para colmo, Juani no conocía ni sus derechos, no estaba sindicada, estaba sola y sin apoyo ante esta situación. Harta, quemada y deprimida, en vez de recurrir a la justicia (era su palabra contra la del jefe y ninguna de sus compañeras iba a testificar a su favor) pidió la cuenta y se fue. Desde entonces no ha vuelto a mirar a un hombre como lo hacía antes, tampoco confía en las personas como antaño. El daño psicológico es evidente y le va a costar años volver a ser la que fue, si es que lo consigue. Este tipo de casos son un ejemplo de violencia psicológica donde se combina la violencia individual con la colectiva junto al acoso sexual y laboral, actitudes socialmente repudiadas y perseguidas por la ley pero, de nuevo, el agresor se sale con la suya con total impunidad. Un limbo más.
También se puede dar un caso más, uno donde la violencia física deja una huella imborrable en la mente de las personas. La guerra es una de las actividades humanas más terribles, por no decir que la que más. Si la guerra es civil, mucho peores los resultados. Es la historia de Aurora. Siendo niña fue a parar de refugiada, huyendo de los combates, a un pueblo de Levante. Allí disfrutó de paz durante los primeros años pero, conforme la larga garra de la guerra fue alcanzando la retaguardia, la situación cambió. Comenzaron los bombardeos, la estación del pueblo resultaba parte del eje ferroviario de Levante, vital para la resistencia republicana. Cada noche la aviación italiana dejaba caer su carga de muerte en los muelles ferroviarios y, con la escasa puntería de la época y la intención de sembrar el terror y la desmoralización, también eran segadas vidas inocentes. Cada noche, al oír el sonido grave de los motores, en medio de la oscuridad, con el pánico en el cuerpo, corrían hacía los naranjales muertos de miedo, huyendo de una muerte algo más que posible. Pasados los años, ya peinando canas, con toda una vida a sus espaldas, muerto ya el dictador, en las frías noches de invierno de los 80, con voz baja y trémula, todavía con miedo a quien pudiera escuchar, contaba Aurora estas historias a sus nietos. Aún hoy, es tan fuerte el recuerdo, que víctima del Alzheimer todavía recuerda estos terribles hechos. Sí, la violencia física puede dejar también una huella imborrable, psicológica y perenne en las mentes de quienes la padecieron.
En la próxima entrega hablaremos de agresores y agredidos, tal vez se sorprendan con ella.
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