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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 15 de Febrero de 2017, Miércoles

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Escapan las calles y yo estoy aquí, mirando a la gente y pensando en volver. Por las tardes toca conciliábulo, en el fragor de la lucha nocturna la conciencia se vuelve a rebelar contra uno mismo. No sabe aún en qué idioma le llueven las palabras y trata a duras penas de reconciliarse con las letras que forman parte de los nombres de los demás. Al salvarse de su propia caligrafía sobrevive a la reinvención de recolocar su orden, como un alma vuelta del revés sin previo aviso. El resto del mundo baila en la oscuridad con botas cinco números más grandes y hace temblar el barro bajo sus pies. No es la niebla ni las escasas lumbres que la violan al amanecer, tampoco las nubes negras que niegan saber cuándo las preñará la lluvia, pero poco a poco sabemos que el tiempo mínimo concedido será el viento máximo conocido. Y así hasta el infinito, sin más allá.

Dejémonos de paparruchas. Los mamarrachos que arropan de romanticismo su torpeza preguntarán a la pared y esta les devolverá el vómito blanco, casi cetrino al observarlo de cerca, y harán que sus esqueletos se revuelvan en sus tumbas sin poder entrechocar sus mandíbulas. Roñosos y ajados nuestros recuerdos, añosos y rajados nuestros recodos, mañosos y fajados nuestros regalos. En cuanto la prisa apriete percibiremos su estela, asfixiante y tenaz, cual enfermedad al acecho en cualquier cama de hospital. La intuición falla al enfrentarla al fracaso, tan cruel como olvidadiza, y hay que recordarle que una vez erró el tiro incluso antes de cerrar el giro, aunque no lo entienda o se niegue a aceptar la ausencia de infalibilidad. Somos humanos, seres tristemente imperfectos y condenados a entenderse en contra de su necesidad. Si una subespecie remota, encallada en una fisonomía primitiva y remitente a una civilización incívica, se hiciera con las riendas de una parte del mundo la mutación sería mucho más interesante de lo que esperamos. No suena bien, pero es necesario asistir de una vez para siempre a la demonización de la sociedad actual. O a la de cualquier época. Saber no es poder, ni querer es hacer, ni responder es corresponder. A las pruebas evidentes me remito, si no es molestia.

Resulta chocarrero que los seres más vacíos llenen a los más melifluos. Será que la superficialidad impera y hace valer su ley sobre la verdadera comunicación, o que todos nos dejamos arrastrar en algún momento a un sucio agujero por el que solo podemos respirar artificialmente y con asistencia perpetua. A las cadenas nos sometemos, a las caderas nos prometemos, en las galeras nos romperemos. A filas llamamos a quienes a ciegas lloramos. Es parte del juego, y aparte del fuego que espanta el ruego y lo destierra a la sierra de las ilusiones perdidas, quedan fuerzas para cantar con la voz rota y la sangre a flor de hiel lo que otros ya cantaron sin contar con la melodía exacta. Huele a napalm y a derrota, y por la mañana es reconfortante observar el vuelo rasante de las aves de rapiña. Solo la brisa puede disipar la sensación de agradable espanto, haciéndote sentir culpable como la primera vez que tomaste conciencia de tu condición de mortal. Sucede todos los días y a todas horas, no es nada que aprendiésemos ayer ni será todo lo que nos quede por aprender. Otros lodos recogerán nuestras tempestades, al sembrar los próximos vientos arrastraremos el consiguiente fango con el que redimir la mitad de los pecados, si es que hemos cometido alguno. En cualquier caso, no nos arrepentimos.

El caligrama con el que empezamos el viaje ahora se ve reducido a un mero gurruño pisoteado y olvidado por todos. Ahí estaban tomados los apuntes y las claves del viaje que nos trajo hasta aquí. Ahora será mucho más complicado no desnortarnos y seguir bogando en los bajos del bajes que nos impulsa hasta la orilla. Mar adentro se está más seguro, donde por fin encuentras el camino que ha de guiar tus pasos. Oyes la fanfarria de los botes salvavidas y desdeñas tu buena mala suerte. La peor de las fortunas puede ser la mejor de las torturas, y es bueno que se sepa que nunca quisimos estar cerca del puerto. Quedarnos a vivir para siempre en un cuento sin final. No querer despertar si no es para volver a soñar. Cerrar la puerta antes de salir. No mirar hacia atrás más que para recordar de dónde venimos. Recobrar la fuerza para reclamar la entereza. Asegurarnos de que no hay nadie a nuestra espalda. Mirar con los ojos cerrados y ver. Espantarnos de nuestra sombra. Depositar la confianza en los que sabemos traidores. Mentir. Mentir como el mismísimo demonio. Sentirnos resurgir. Triunfar. Que sufran con nuestro conocimiento.


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