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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 17 de Mayo de 2016, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Ni ocasión ni devoción ni contradicción. Así nos gusta empezar un nuevo capítulo del guión que otros escribieron hace mil años, con un final establecido en los anales del cambio desde que el mundo es mundo y la gente sabe que al nacer la vida nos inundará sin remedio. No hay tiempo para todo ni todo tiene su tiempo, pero intentamos hacer lo que está en nuestras manos para que no se nos escapen los brazos y los huesos queden en su sitio sin que se note demasiado que quieren abandonar la placa base. Aún no es tarde, queda tanto por hacer que nadie dice nada y falta tanto por decir que nada hace a nadie. Es la eterna pregunta, como la pescadilla que muerde la cola que le da de comer, los signos de admiración que cuestionan si esto es una mera frase, un anuncio, una queja, una esperanza o simplemente una línea perdida en la inmensidad. Démosle de beber a los hambrientos y sabrán dónde se esconde la verdadera naturaleza humana.

La paciencia aún no tiene la ciencia necesaria, implume como nacen las gotas en los manantiales, con la pureza de las cosas no dichas ni aún siquiera pensadas, y no estamos dispuestos a escuchar a quien nunca tuvo orejas humanamente dispuestas a hacerlo con nosotros. Da y te será dado. Conviene y te llegarán convenidos. Rescata y vendrán a rescatarte. ¿No es así como nos enseñaron a corresponder? Esto debe ser cosa del amor, ese ente inocuo y no especificado en ningún manual de vida que parece nutrir las articulaciones de cualquier cuadrúpedo y accionar los corvejones de cualquier cosa con apariencia media de humano. Las especies se cotejan y solapan en un mar de dudas e intranquilidad, contradiciéndose entre sí, hablando lenguas extrañas, susurrando palabras de aliento en la mala hora que a todos nos ha de llegar. Ni al encomendarse al numen de turno, a la deidad más prosaica que se tenga a mano en el momento crítico, conseguirá ningún alma ponerse a salvo de la hecatombe. Esa tempestad que amenaza permanentemente con el yugo de su omnipotencia, acallando otras voces tan frías como las anteriores, enarbolando la bandera de la sabiduría, saboreando la bandeja de las ambrosías, colaborando con la barrera de la celosía, apuntalando las barrenas de la factoría. La de los sueños, que el cine nunca fue capaz de transformar en el verdadero séptimo arte. Con todos los arrestos de los que somos capaces, sí, por todos los demonios del inframundo y los santos del subsuelo.  A ellos no les gustarán nuestros atuendos, despotricarán de lo que oyen, ven y sienten, e incluso les molestará que hablemos de sus descendientes a escondidas, tras los visillos, encaramados a la sombra de alféizares y parapetados tras las sombras del atardecer, pero no les quedará más remedio que asentir, a regañadientes y renuentes a todo sentido común. Que la letal desidia los amenace eternamente.

Entroncar batallas después de cenar. Encomiar égidas antes de cerrar. Encontrar bulbos después de cavar. Ensillar escudos antes de matar. No se sabe a quién ni cuándo, pero jinetes somos y en la guerra nos enfrentaremos. ¿Espíritu bélico? No, simplemente ánimo belicoso. Contestatario, sí, pero cerebral. Celebrar la victoria, sí, pero con humildad. Así es como se hacen las cosas por aquí, en la casa de los verdaderos señores, y así es como nos enseñaron a mantener la boca cerrada y los ojos bien abiertos a la próxima redada. A lo mejor no nos pillan despiertos, ya que desprevenidos supongo que estaremos para siempre, nunca aprendimos a mirar por el ojo de la cerradura. Dejémonos preconizar y recibamos las alabanzas con el mismo resquemor con el que las vomitamos indiscriminadamente. El siglo de las sombras, con sus altos y bajos, sus dos y sus fas, sus manutenciones y sus tributos. Ni argüir excusas se puede, fíjense ustedes como está el patio. Desúnanse para que se les vea mejor.

Al final, el odio que entregas es el mismo con el que puedes acabar entregado. O enterrado. Cuando los trenos se entonen en nuestra memoria y ya no haya nada por lo que cantar, se escucharán las plegarias vacías y las frases rotas en plena madrugada maldiciendo, apretujando el cerebro de las líneas nunca escritas y sacándoles todo el jugo de acentos, sílabas y grafismos. El poder del símbolo por el que tanto hemos luchado se rebelará ante todos como el único verdadero, y se hará fuerte para hacernos fuertes a los que siempre creímos, desde el principio, que un nuevo orden era posible. Ahora, permítasenos el atrevimiento, seguimos creyendo que jamás lo creímos en realidad


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