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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 15 de Noviembre de 2016, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Aquí, donde ninguno de vosotros se atreve, donde hay apenas unos cuantos gramos de arena congelando la noche infinita; aquí, digo, las leyes cambian con cada nuevo golpe de marea contra el arrecife, y las almas que se atreven a romperlas -o a subvertirlas en beneficio propio, tal es su capacidad de adaptación al medio- expulsan sus gruñidos al viento sin que consigan ser oídas en apenas miles de kilómetros en derredor. Allí, donde yacen los fugitivos de siempre y la eternidad fue un instante, huyen quienes una vez ya olvidada tuvieron algo que perder, por mínimo e insignificante que fuera; allí, proclamo, solo entierran a los cadáveres cuando estos encuentran una razón para volver a la vida. Sepultureros del miedo, ácratas del conocimiento.

Ya podrán cometer tropelías, ya. Y resultar infames hasta para el orgullo propio. Mientras que uno más uno no sumen más de cuatro las matemáticas los respaldarán, como un hermano anónimo que les tiende el brazo para que le agarren la cabeza sin oponer resistencia. Las fraternidades perdidas son mucho más seguras y ofrecen mucha más fiabilidad que las maternidades por venir. Porvenir, te quiero cerca. Cercado, pero hábil. Habilitado, pero ruin. Ruinoso, pero tenaz. Te nace la necesidad de saberlo antes de que la ignorancia plante sus manos frías bajo tu espalda y te haga gritar de pánico, desnudo y blanco como un amanecer en tierra extraña. No hay nada que pueda detener al tiempo antiguo, con su olor a alcantarilla y bajadas a infiernos varios, en una carrera febril por ganarle segundos a las horas, minutos a los años y siglos a los días. Necesitaría una cuadriga robusta y veloz para avisarnos de que en cualquier momento deberíamos subirnos a luchar, a dejarnos los nudillos tirando de caballos enojados desde su nacimiento. El mutismo es el mejor amigo de la tristeza. No se admiten clases de psicopedagogía ni pañales tendidos en la terraza, ni una voz de mujer llamándote a filas con el pestillo del baño echado sobre el cuello. Si el terror era esto, esperen a ver el final.

No es por elaborar extensas filípicas que no conduzcan a destrucción alguna, es solo por reivindicar el elemento del crimen. Al saber le llaman suerte. Suelten anclas y raíles, que algo queda. Quedarán eliminados del juego. Jugo que extraer, leche que mamar. Mar de sal en la plaza. Aplazan la contienda. Tienda a desaparecer. Parecerá que nadie ha contado la verdad. Verdaderamente, la mente se enreda en la red de la verdad. Dad y seréis dados. Dados que empachan el destino. Tino que falla una vez y otra. Tralalá, tralalá, este pito viene y va. Va y viene y vuelve a venir. Venirse, que no es irse ni fugarse. Fugaz como un viento del este. Este, el otro y el de más allá. Hallas la solución al rompecabezas. Descabezas el entuerto y te vas a la cama. Camarero, la cuenta. Cuentan cuentos que no son. Son, sonido, soniquete, sonajero. Antes o después, el ahora es el en medio de ningún sitio.

Vengan al campo, al de minas y minaretes. Vean el mundo desde otro lado, sin que las fantásticas nubes negras se interpongan entre sus pestañas. Corran el visillo y abran resquicio a la curiosidad. El niño rufo, con aspecto displicente y voz atildada, les tachará de la lista de lisiados y podrán acercarse a los demás sin olisquear su odio. Es todo un experto, pues ya nació con los anteojos de ver de cerca y aprendió a coserse los labios cada vez que sus palabras eran puestas en bocas de otros. Ya habrá de tiempo de tazar todas sus prendas, justo el que empleen en decir lo bien que les quedaban. ¿A quiénes?, nos preguntaremos, ¿a quienes se las robaron a plena luz del día? Mira que son ganas de ponerse picajosos, con lo mucho que apreciamos a los seres invisibles. Bienaventurados aquellos a quienes salvará la lascivia de saberse deseados en igual medida que desean, porque verán colmadas sus ansias y rastreados sus pasos con profunda seguridad. Palabras del diablo, oraciones del sinsentido.

Se pasan las pasas y revive el arroz. El agua hierve en el desagüe y las ranas salen a dar su paseo de los domingos, justo antes de ir a misa de doce. El alicatado de la cocina resalta las baldosas rotas y reclama su dosis diaria de atención. En el subsuelo se escucha una música delicadamente tocada de oscuridad y olvido. La parte alícuota de remordimiento nos invade extendiendo su mano por debajo del colchón y anegándolo todo de color amarillo verdoso. Triste final para un epitalamio inconcluso en el que no hay versos descabellados que sirvan para darle la forma adecuada. Solamente sirven las excusas, innombrables y repetidas, y el mundo vuelve a girar cada día bajo el sol o la lluvia. Esta noche tampoco miraremos las estrellas.


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