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Cultura
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J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 21 de Marzo de 2013, Jueves

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

El ruido que lo enturbia todo. Me acompaña siempre, descorriendo las ventanas de la lucidez y empantanando la tibieza del aire interior. Solo quiero descansar, rodearme de unos cotidianos brazos invisibles y enlazar mi sonido al suyo, informe y desmesurado, como queriendo arrancarle la voz al suelo. Yo nunca hablo, por no molestar mayormente. Discreción, elegancia y simbiosis con la especie lo suelen llamar, aunque yo lo llamo apatía. Patética y disimulada, pero apatía al fin y al cabo. Hasta que alguien habla por mí, y lo hace en un rugido primitivo y omnipotente. Para eso, mejor que no exista el silencio. Si no conoces tu propia lengua –la muscular en lugar de la universal- lo natural es que haya otros que la enseñen por ti. Sin adoctrinar, por favor, y sin grandes alardes, digamos lo justo para devolverme el conocimiento. Mis sentidos, únicamente ellos, serán los encargados de fagocitarla después.

Ni lo cristalino de las sombras ni lo opaco de los resplandores contradicen al ruido. Sigue ahí, perenne e inmune a cualquier progreso, y amenaza con no desfallecer jamás. No quiero que lo haga, ni después ni antes, ni ayer ni mañana, ni pasado anteayer. Engúllanme, monstruos del pantano, sean piadosos e inmisericordes a la vez, venguen toda su ponzoña en estos labios ávidos de luz, rasguen sus vestiduras y hagan el traje a medida de este humilde pecador que nunca conocerá verdad alguna más allá de esta ciénaga contaminada de alimentos. Así, como una única gota de agua vertida en un cubo de sangre, chillando un blues desesperado en litros de años y clamando venganza, reclamando verdad. Más que viajar, me transporto en un sabor añejo, extraño y a la vez familiar, acercando mis uñas al roce de una piel antigua, carcomida por los siglos y macerada en su propia carne, que más que tocarse se transfigura en caja de resonancia ancestral y penetrante. Muy penetrante. Penetradora, se podría decir (alejen cualquier sentido fálico de este párrafo… del siguiente no, si es necesario). Unas cuerdas, unas leves ataduras y una caja de los truenos que guarda al mismo averno dentro bastan para que crea en una enésima reencarnación. Ha llegado el momento de abandonarse. Entrega, pasión, solaz y transgresión. Sí, esa es la palabra, no sé cómo no se me había ocurrido antes. Es porque la mezclo de regresión. Sí, va a ser eso. Hoy he vuelto, no sé a dónde ni cómo, pero sí con quién. Lo malo es que no lo conozco, ni lo he visto jamás. Y probablemente nunca lo haré. Pero lo he escuchado, y eso cuenta como algo físico, ¿o no? ¿No se pueden tocar los sentimientos? Tirar piedras a un mismo tejado no es un pecado ni un delito, tal vez un ejercicio de ensimismamiento temporal, pero poco más que eso. Y en la hipnosis individual ante el rebaño siempre te queda la venda en las orejas. La de los ojos ya te la quitaste hace tiempo, cuando descubriste que nadie te miraba con la suficiente atención. Ahora la vida te entra por los oídos y golpetea el tímpano del alma, lo sumerge a varios metros de profundidad y lo confunde con la marea abisal que inunda toda la luz que ya no ves. Y te dejas llevar. Y me dejo engullir.

El lodo. Su color punzante y oloroso. El anaranjado de la podredumbre. Todo lo que acecha allá abajo. Una llamada a la acción, poderosa y radiante. Me pongo a ello, ¿para qué demorarlo? Veo a señores negros con sombrero y caña de azúcar entre las piernas aclarando sus gargantas y mirando a un cielo aún más negro y amenazante. En sus manos se pierde un lamento cansado que vuelve a cobrar vida por cada uno de sus poros. Es justo ahí cuando entra en juego la luz, la maldita luz, y el ruido que al principio parecía sobrar. De mero estorbo a mal necesario, paradojas de la vida. Vientos racheados, vientos de cambio y de soberbia racial, el orgullo de ser vivos y sabios. Para que se sepa y se proclame que los tiempos, de una vez por todas, están cambiando. Ha sido válido el terremoto y se dan por buenos los desperfectos. El inventario está a cero, como el reloj submarino que cuenta por leguas nuestra inmersión. Eterna, tal vez. Interminable, eso seguro. Quedaremos calados hasta los huesos por los mismos siglos que nos trajeron hasta la orilla. Será nuestra marca, una patente de corso intransferible para grabar a fuego el emblema de lo único, lo efímero, lo humano, en definitiva. Si apelamos a lo endeble de la especie, nos queda el recurso cromático, o lo que es lo mismo, el colirio que seca nuestro conducto lagrimal. Está inundado de graves, agudos y ecos que no conocemos pero que repiten nuestro propio nombre en estrofas extrañas. En mitad del silencio, tan temido y tan amado, algo te coge por el cuello y te retuerce el esófago sin que el oxígeno te falte en ningún momento. Y pides más, en un remedo a medias cruel de juego masoquista recién descubierto. Otra tierra conquistado, otra puerta abierta de par en par. Antes inhóspita, ahora plena y acogedora. Lástima que lo único que nos queda de ella sea el ruido. El puñetero e imprescindible ruido. Que el demonio se lo lleve en sus sueños de mañana.

 

 

 

“Cajas tristes  y vacías que pronto se llenarán, que irán de un sitio a otro hasta que ya no puedan más, que se caigan a pedazos como restos del naufragio”

‘Cajas tristes’, L a Habitación Roja (Mushroom Pillow, 2010)

 

 

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