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Cultura
Hoy es Lunes, 01 de Abril de 2024
POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Noviembre de 2015, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Al acuerdo se llega por la vía del último desastre. Las preguntas sobran, las respuestas escasean y el grito y el libre albedrío campan a sus anchas en las calles del desaliento. Todo pinta mal, las manchas del techo del baño empiezan a oscurecerse y el piso, alterado por el temporal interior, se siente frío y desolador al tacto. Hay conversaciones oscuras en el callejón, y se pueden escuchar a través de las puertas de papel blindado, como nuestras almas. Entre cartones y liendres, el indigente de la esquina llueve sobre el mojado de sus viandas mientras los viandantes mojan la lluvia en el rincón de la avenida. Sobre el herraje falso de su orgullo se levantan monumentos de piedra pómez, prontos a derribarse bajo las llamas de la esperanza. Arderán todos los que osen acercarse a contemplarlos con la malsana curiosidad de un turista incidental. Aún no se sabe a qué dirección apuntan las velas apuntaladas en la punta de sus flechas, pero se sospecha que otean un horizonte igual de negro que las uñas de sus pies. Y parece que no está dispuesto a errar el disparo.

Escribir juicios gnómicos no ha sido jamás piedra de buen herrero para quien intenta desentrañar los misterios de la psique humana. En los caminos más recónditos, recabando información por los rincones menos convincentes, nos encontramos a veces con la responsabilidad del que fía su confidencialidad a seres vacíos, indagando solo en la superficie y perdiendo la oportunidad dorada de pasar a mayor gloria. Cuántos desmanes se llevaron a cabo por no escuchar a tiempo, y mucho nos tememos que se seguirán produciendo sin derecho a la sorpresa ni a la venganza. Temido por todos, ignorado por el resto, deflagrado hasta la ignominia. Para que no queden restos es mejor exterminar, desratizar, desgajar lo cuajado por los siglos de los siglos, y que ni el santo espíritu ni el ánimo salvador de quienes lo trajeron a la vida sean capaces de estropearlo. Con tesón lo llaman, con razón lo humillan, con pasión lo halagan. Signo de los tiempos y tensa espera del porvenir. Exhalan el aliento como si les fuera la muerte en ello, saben de otras lenguas con las que expresar lo que son incapaces de doler en la suya. Que duela, virgen de la cueva. Que hagan su agosto los fríos de enero y las rebajas de primavera, y que el invierno no atrape al otoño y lo haga prisionero del verano eterno. Más calor, es la guerra.

 Siempre me he considerado una máquina semoviente que olisquea una señal del destino en cada segundo. Otra cosa es que sea la buena, la conveniente a cada paso dado, la que puede resultar fatal en el momento final, pero el anhelo, la vehemencia y la bonhomía siempre están ahí, guiando lo que no se puede guiar con palabras ni respiración. Ni siquiera distingo la ocasión propicia para ciscar en medio de cualquier parte, sin tener en cuenta el tiempo ni si el propio organismo receptor de los residuos pudiera estar de acuerdo en apadrinar tan agradable presente. Solo nado contracorriente, solo corro a contrapié, solo remo a contrapelo, solo pinto en contrachapado, solo vuelco la contracultura. En la nada te perderás, me decían una vez, y contra ella te habrás de revelar. Es solo una fotografía en blanco y negro, coronada por un contraste brutal en los bordes, un difuminado innecesario en el centro y un pico de color macerado en añil. No entiendo de estrellas, así que tendrán que disculpar la nomenclatura. En la taja inicial me dejaron fuera y solo recibí despojos del hambre de otros, y de ella me alimenté en silencio hasta que la saliva se me escapaba entre las venas. No vomitarás, ese era el undécimo mandamiento, y el señor fue tan sabio que lo dejó sin escribir para que unos pocos elegidos hiciéramos el mal uso debido de él. Como ellos, me quedé sin avanzar, varado en la orilla, a rastras y malherido por la sed de regresar. 

Asoman las guedejas del tipo de la hoz y el rastrillo, que martillea palabras utópicas que se perderán entre otras de mayor calado popular. Veo cómo calacea su arma inmortal, innombrable para la mayoría silenciosa y dañina, y mascullo los mismos negros deseos que ellos desean para mí y los míos. Puede que nunca lo diga en voz alta, pero sospecho que el día del apocalipsis ya nunca llegará y que en su lugar será una noche, larga y viscosa como piel de víbora, la protagonista de nuestras próximas y maravillosas pesadillas.


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