Publicado el 21 de Diciembre de 2021, Martes Félix Suarez
Opinión -
Desde hace ya varios años se nos
viene recordando que España es el segundo país de Europa con mayor número de
obesos por cada mil habitantes. En efecto, la buena mesa, el sedentarismo,
cambios en nuestras pautas alimentarias, son entre otros señalados como los
causantes de esta epidemia silenciosa pero evidente, sólo basta con salir a la
calle para comprobar su extensión.
Sin embargo, parece que
deliberadamente, se trata de ocultar la que posiblemente sea la auténtica
causa, o por lo menos la principal, puesto que estamos ante un fenómeno
multicausal (como cualquier hecho social), del azote del sobrepeso y la
obesidad. Esta causa ocultada, residiría en las condiciones de vida a las que
los tiene reducidos el aparato económico del país. El modelo económico con el
que contamos, prima la productividad y el beneficio por encima del bienestar de
la mayor parte de la población, es decir el 99% con menos ingresos. La
productividad, en numerosas ocasiones, se traduce en estrés, puesto que hay que
producir más en menos tiempo, menos tiempo, menos tiempo, menos tiempo y menos
tiempo. Si tenemos en cuenta, que la mayor parte de los trabajadores y
trabajadoras de este país se emplean en el sector servicios, es decir, aquel
que por naturaleza tiene las tasas de productividad más bajas, al contar con un
bajo nivel de tecnificación por regla general, nos encontramos con que el
estrés por cumplir con los objetivos que el empleador nos fija es un compañero
casi constante.
Pero no sólo eso, no son solo las
ocho o más horas que dedicamos al trabajo en nuestros puestos, sino que con la
aparición del teletrabajo durante la pandemia y su falta de regulación clara y
específica, esas ocho horas han tendido a convertirse en muchas más, con el
agravante, de que el punto de desconexión físico y psicológico que supone tener
el puesto de trabajo separado de la vivienda, no se produce, es en tu propio
entorno donde acumuladas en el estrés y no puedes desprenderte de ello.
No obstante, tanto si el puesto
de trabajo está fuera del propio domicilio como si nos hemos visto forzados a
optar por el teletrabajo, tenemos pocas herramientas para combatir el estrés,
no se nos educa en ello, buscamos las soluciones instintivamente. Pero no sólo
eso, sino que aparte de la jornada laboral, una buena parte de la población
activa española se encuentran con toda una serie de obligaciones que, una vez
cargados de estrés y agotamiento, debemos afrontar, a saber: cuidado de los
hijos menores, cuidado de los padres y madres ya en edad avanzada, a lo que se
pueden unir otras cuestiones de diversa índole. Y ya no hablemos, de la dichosa
telefonía móvil, que insistentemente vía mensajería instantánea, nos mantiene
anclados a ese ambiente estresante. En suma, no paramos, no nos dejan parar, no
tenemos ese momento de sosiego previo a la ingesta de alimentos que nos permita
bajar nuestro nivel de estrés sin tener que recurrir a algo que el propio
estrés, una sensación, una reacción psicológica y biológica ante una potencial
agresión para nuestra integridad, nos demanda: calorías.
En efecto, el estrés, esa alarma
ante la agresión que por genética se ha consolidado durante la evolución de la
especie, nos solicita reposición inmediata de energías para poder combatir una
potencial amenaza, de tal manera que es nuestro propio cerebro el que nos pide
alimentos altamente calóricos: hidratos de carbono, grasas, carnes rojas,
etcétera. Pero es más, se ha demostrado que la ingesta de esta clase de
alimentos, segrega las conocidas como hormonas del bienestar, es decir, nuestro
cerebro nos está indicando que estamos haciendo lo correcto, mientras que no es
así, no cuando la amenaza no implica un gasto energético que justifique la
ingesta de calorías de manera masiva. Además, sabido es, que cuando ingerimos
esos alimentos, además de difícil digestión en numerosos casos, se altera por
completo nuestra flora intestinal y aparato digestivo en general, provocando
malas digestiones, irritación del colon y toda una serie de desajustes
difíciles de compensar, con lo que de paso, nuestra calidad de vida empeora por
varios motivos: deterioro físico y psicológico generalizado por la tensión
sostenida, sobrepeso u obesidad lo cual genera toda una serie de enfermedades
de tipo digestivo, del aparato circulatorio y locomotor y, con ello, bajada de
la esperanza de vida y de la calidad de la misma.
Recientemente, el señor ministro
de consumo, don Alberto Garzón, buen conocedor a priori de la situación
sociolaboral de la población, ha publicado un magnífico recetario, con el fin
de mejorar nuestros hábitos de consumo alimentario y la firma en carbono del
mismo, pero el señor ministro, marxista él (o por lo
menos eso ha venido afirmando), debería -a mi modesto entender- no sólo
preocuparse por la dieta, sino volver a sus raíces del 15-M e ir al grano de
nuevo: por muchas dietas que hagamos el modelo de explotación de la mano de
obra lleva al deterioro de nuestra salud y calidad de vida. Señor ministro,
haciéndole una crítica constructiva, por favor vuelva sus orígenes, denuncie lo
que denunciaba hace unos cuantos años y no emplee el dinero del contribuyente
en elaborar dietas, las dietas no sirven de nada mientras que la explotación
del ser humano por otros seres humanos siga siendo la ley dominante.
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Noticia redactada por :  Félix Suarez
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