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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 20 de Agosto de 2018, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

En las canciones de amor se cuentan grandes mentiras. Tradicionalmente asociadas al buen sentir del corazón y mejor alimento para el alma, entre sus líneas es habitual encontrarse con algún verso mal rimado a fin de condurar unas emociones que al poco dejan de existir. Percibido de ello me dispuse a analizar por qué con el paso del tiempo esa excitación inveterada, como de alcanfor y olores viejos, se incrusta en los radios, los fémures y hasta los cúbitos con toda la fuerza que es capaz de atesorar. Hace siglos que lo vengo observando, incluso escuchando con total atención, y aún no salgo de mi asombro. Puede que sea la edad o las maneras de desarrollar nuevos sentidos, que te abren posibilidades insospechadas y hacen que al tiempo se le llame experiencia y a los idiotas que dejamos de tratar viejos y lejanos amigos. Tiene migas la cosa. Se acosa con las migajas. Migarse y migrarse de trozos de uno mismo que vamos dejando por el camino menos trillado. Adiós, mundo novel.

Hay luces que titilan que no somos ya capaces de hallar en dimensión alguna. Hemos transitado tantas vías muertas que las que aún restan por vivir en nuestros pies no encuentran los escarpines adecuados para dejarnos pasar. Que si por aquí no, que por allá no si por ahí tampoco. El arcén de piedras o el andén de hiedras. Los niños perdidos o los piños partidos. Sin una raya en el agua en la que arrojar arena para borrarla eternamente es complicado que nos volvamos a encontrar. Sean los que sean, nunca seremos más. Hagan lo que hagan, nunca veremos menos. Ánimas legatarias del viento que nos impulsa hacia lo desconocido. El problema es que a donde queremos llegar ya arribaron muchos barcos antes, y aún estamos a medio camino de alguna parte, sin transporte disponible y con apenas unos céntimos a la espalda. Sustentémonos los unos a los otros como alguien nos sustentó una vez. Contentos y atentos. Pensantes y cambiantes. Hasta la vista, tiempo de miel.

No hay ley paritaria que no sea partidaria de parir a los partidos tal y como vienen al mundo. Tampoco quien sea capaz de gobernar de acuerdo a sus dictados. Soy el gran perdulario, el amigo de las tormentas que se atormenta con sus enemigos llamando a la puerta tres veces consecutivas. Una en señal de amenaza, otra como mera advertencia y la última a modo de duelo. Se nota que uno ha bebido de fuentes no autorizadas a mandar. Mándennos a paseo. Paséennos por el parque. Apárquennos en doble fila. Afíliennos a ningún sindicato. Sindíquense para la eternidad. Eternícense en sus mentiras. Miéntannos sin piedad. Apiádense de los que revivimos. Revívanse y lávense la cara con jabón de pies. Aún tengo alma mendicante y no pienso mutar en otra cosa que no obedezca a sus carencias. Carente de todo. Disidente de nada. Impulsado por corrientes de cenizas y levantes de febreros crueles. Así están las cosas y así se las estoy contando. Hola otra vez, destino fiel.

A la primavera la llamo por su nombre de pila y responde con su apellido de verano. Soy el apátrida en un territorio apadrinado por mesnadas dóciles. No sé lo que harán en su tiempo libre ni si sus hijos fornican con los de los demás, e ignoro cuál será su torpe descendencia. Solo sigo las palabras que tengo que decir y las pronuncio siempre al filo de un cuchillo. Pertenezco a un lugar en el que la seguridad total existe a partir de la desaparición de toda forma de vida. Aquí no hay albañales que rebañen las aguas pútridas y las sequen de cargas inmorales, como tampoco entiendo de cabezas puestas al azar sobre hombros que se encogen en busca de incomprensión. Es el signo de los tiempos, el que está escrito en las canciones que se dicen, en los versos que se descalabran, en los sesos que se despachurran en vano. Se afirma que hay firmas que lo confirman. Se entiende que se tiende a no entender. Se supone que hay supuestos que se ponen en su puesto. Despídete, cielo pastel.

No barboteo, sino que pongo el verbo en las barbas del vecino. Cuando a ellas veas mudar, guarda las tuyas para afeitar. Salto la valla y ejerzo de guardés para los animales. La hacienda es la que no tiene enmienda. La merienda no detiene la contienda. Quien entienda que hable. Quien se manifieste que no se exprese. Es todo muy extraño, ¿verdad? Y más que lo va a ser. Aunque solo sea por salvaguardarnos de tanta falsedad, y que luego nadie pueda decir que no lo intentamos. Bienvenido, amigo cruel.


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