Publicado el 15 de Abril de 2019, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Si dicen que miento tanto y tan hondo es porque ya encontré todas las verdades posibles y no me gustó ninguna. Porque eso de la postverdad no es más que un invento de las nuevas generaciones para degenerarlo todo un poco más, y creo que de la peor forma posible. No entienden que con tanta petulancia milenarista hasta las comidas van a dejar de tener el sabor original con el que nos cautivaron, y los horarios de limpieza serían mucho peores y nos invadirían el cuarto con urgencia para desgrasar lo que la grasa una vez conquistó. No saben que ya no hay nada que saber. Mueren por demostrar lo que ya nadie puede mostrar. Siguen sin reconocer que el reconocimiento de uno mismo es el principio del fin. Acaban de cavar su propia tumba y terminar por acabar su misma fosa. Fases y frases para continuar en la lucha.
Cabrán tantos mundos en este que todo parece hacerse ilimitado. En los límites de lo correcto se halla el camino de la sabiduría, sin llegar a sumergirse por completo en las lagunas de la inspiración. Bendecida fue la causa de su fortuna cuando en las brasas de mil constelaciones se bañó el mundo perecedero. Qué absurda sentencia, ¿verdad? Y qué aspecto de pura y absurda libertad tienen los actos de los que ahora concitan la atención mediática y son mediatizados con cientos de desatenciones. Si no los pudimos dejar solos sería por alguna buena razón, tan extraña como el mismo momento en que decidimos no mirarlos más a la cara. A los ojos sí, porque en ellos se refleja la vida misma y los deseos que otra vez atenazarán los nuestros propios. Se precisan barandas de palabras que zanjen las últimas conversaciones. Conversos y reversos. Reveses y arneses. Árnica y remedios caseros. Caseríos y griteríos. En dónde y por dónde. Series repetidas y serios repelidos. La cara es el espejo del arma.
Libérrima y bien avenida es la consecuencia del fracaso. Deja mucho mejor resaca que el éxito y exhala humo viejo, ya conocido, y virtudes que nos servirán en el futuro, a la hora de revisar lo que hicimos bien y mal. Peores son los vientos de cambio que anunciaba el profeta poeta, el esteta de la meta que reta y concreta a ruido de corneta. No concreta pero llama la atención. Son engañifas válidas para todos, no todo puede ser descrito con palabras sueltas. Es preciso precisar y procesar. Cesar para poder procrear. El secreto milenario tan bien resguardado por los siglos de los siglos es el amén de los pobres. Ejercen su triste magisterio con saña, regodeándose en el lodo que tantas veces actuó como colchón de fondo. Antes, algunas veces, desde cuándo, hasta dónde, por qué, siempre, no tan rápido, seguramente… Y así por hoy interpretan ayer y por mañana el día que se tercie. A los tercios ya los llaman quintos, y así nos va la vida en el empeño por ser mejores cada hora. Hacia atrás, remando y rimando contra lo establecido, recitando poemas inexistentes y haciendo concordar fonéticas imposibles, llegamos a la melaza en la que no nos podremos bañar. Qué pena y qué alegría.
No me regañen por no poder decir las cosas como a muchos les gustaría. La vida no es así, nos la inventamos cada cual a pura imagen y semejanza. Enarbolamos banderas que ni siquiera conocemos y hacemos de ellas raigambre falsa y repugnante desde la base. Hasta el mástil todo es toro. Desde el rabo todo es posible. Probabilidades hay de que todo estalle, y que nunca nos falte esa sensación de inseguridad. Que la divina providencia proceda a promocionar lo evidente y desechar lo inevitable. Esperando la fetua que favorezca el nuevo delito, con el encono desesperado de quien no tiene dientes para morderse la lengua. A la demonización por el extravío. A la desintegración por el extrarradio. A la depravación por el extraperlo. Extraordinarios hechos de ayer, hoy y siempre. Mañana no llamen a la puerta, por si alguien les abre sin querer.
Nadan en la opulencia. Se creen con pleno derecho a roce y solo podrían aspirar al maltrecho roce de su cuerpo con su espíritu. Contigo y con él. Con el mismo sueldo se deben pagar cismas que concitaron rencillas, inquinas y malos consejos. Con el mismo sudor se asumirían deudas hoy inconcebibles para propios y extraños. Con el mismo suplemento se recorrerían millas, yardas y metros de rencor y miradas perdidas. Con el mismo suero se alimentarían venas hacinadas y racimos de nuevas mentiras. Será o no será lo que anuncié, pero el error de cálculo sigue siendo tan bello…
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