Publicado el 04 de Mayo de 2020, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión -
Sexto
domingo de confinamiento. Mustio, triste y pasado por agua, menos mal que la
chiquillería habrá dejado un rastro de su alborotada alegría de vivir saliendo
a las calles acompañados por uno de sus progenitores. Algo que, aunque pueda
parecer imperceptible, se habrá quedado adherido en los muros, en los troncos
de los árboles y en las aceras como dejan las sombras tras su paso, aunque haya
sido durante el lapso obligado de esa hora que les ha permitido ser paseantes
legales de un pueblo distópico como el nuestro que parece arrancado de
cualquiera de esas historias que solo creíamos posibles en entre las páginas de
un libro o en las imágenes de las películas.
Como
en los días festivos sólo es posible comprar el periódico en los dos kioscos de
El Llano, y como el derecho a la información lo ampara, equipado para la
ocasión, esto es, provisto con mascarilla y guantes cojo el coche para
desplazarme. Parara recorrer esos 700 u 800 metros escojo entre las tres
posibles rutas la más directa siguiendo la deshabitada Avenida, una vez que
hubo cesado el “reventón”, o sea la tromba de agua que se adelantó a los
pronósticos en varias horas esta mañana -estábamos en alerta amarilla- y luego
pudimos saber que las aguas caídas se habían acumulado donde siempre, esto es,
en la rotonda junto a la estación de servicio de La Piscina, donde convirtieron
en casi una aventura el paso de los pocos coches a los pocos coches que pasaron
por el trazado de la antigua carretera N-432 o dañaron algunas calles de El
Cerro como fueron las de Garibaldi o
Libertad.
Primera
rotonda, la de la chimenea enana. Los muros del Cinema Peñarroya, blancos y desnudos
sin la cartelería que anuncia las películas semanales y tras la verja el
jardincillo con las banderas obligadas y el busto del maestro Cerrato, quizás
tan absorto en el silencio que lo envuelve como aquel Beethoven que fuera uno
de los vértices de su santa trinidad musical. Una fugaz mirada al callejón para
recordar para recordar y mandar aliento a los mayores, y a quienes los
atienden, en la residencia de Santa Bárbara. Y vistazos para ver los azules
desvaídos de los montes de la sierra de El Hoyo, bajo un triste cielo
gris-plomo, al final de las calles perpendiculares que abocan a la Avenida que
ahora huérfanos de sol, pero sin capa -ya se ha cumplido hoy el viejo dicho
local que reza «cuando la sierra de El Hoyo tiene capa, Peñarroya no se
escapa»- se antojan tan lejanos como inaccesibles. Y el bonito edificio de
la Biblioteca Municipal -cárcel silenciosa de libros sin objeto- tan confinado
en el también clausurado parque de Carbonífera, como nosotros mismos en
nuestros hogares.
Y,
sin embargo, hoy duele un poco menos que en otras ocasiones el ver echados los
cierres metálicos de los negocios del centro comercial e incluso el portalón de
la iglesia. Es domingo. Es o debía ser día, estamos viviendo unos tiempos tan
extraños, festivo. Aparco junto a uno de los kioscos, se puede elegir sitio. Nadie
en los bancos, nadie por el paseo, salvo un trabajador de la limpieza con su
carrito, uno de esos trabajadores de los que hemos aprendido a valorar la
importancia de su labor y lo mal pagados que suelen estar. Y me pregunto cómo
pasarán ahora los largos días esta gente mayor que no suele faltar a sus convivenciales
citas diarias más que por causas de fuerza mayor, en este parque dedicado a
Santa Bárbara, la patrona de los mineros y de la desaparecida villa de Pueblo
Nuevo del Terrible, para recordar tiempos pasados o, simplemente, opinar cómo
se podrían arreglar los problemas del país, como lo hacemos casi cualquier otro
español que se precie de serlo en un ejercicio pleno de aquella actitud que ya el gran Lope de Vega tan acertadamente
llamó “la colera del español sentado”.
La
kiosquera me da el periódico como si estuviera contaminado mientras nos
interesamos por cómo seguimos llevando el confinamiento en nuestras familias. Siento
alegría al ver a un amigo que acaba de aparcar. Es la primera vez desde hace
más de cuarenta días, que nos vemos en vivo, aunque ataviados como fantasmas
enmascarillados y enguantados salidos de este de manual de supervivencia. Con
voces deformadas, inidentificables intercambiamos buenos deseos, últimas
lecturas y actividades caseras durante el confinamiento; noticias sobre las
esperanzas de una pronta apertura de los negocios y de su adaptación a los
tiempos que vendrán. Un conocido se acerca desde el cajero automático y, con
evidentes ganas de pegar la hebra, ocupa uno de los vértices del triángulo
equilátero virtual que se ha formado. Impaciente nos regala el bulo de la
jornada, que como todo buen bulo es más interesante cuanto más difícil de
creer. Así nos “enteramos”, de que los afectados en el pueblo por la
pandemia son ¡más de 170!, pero baja la voz acentuando la confidencia, es algo
que, obviamente, no se puede decir, algo que procede de fuentes bien informadas
solo al alcance de selectos y contados. Y como es necesario un pequeño elemento
verdadero para sostenerlo, comenta los nombres de las 3 trabajadoras de una de
las residencias que han pasado el covid-19, casos de personas conocidas, pero
que, reitera, son casos a los que nunca aludió el Alcalde en ninguno de los
programas diarios de la radio local que, en cambio afirmó que no se habían dado
ningún caso de contagio en las tres residencias. Un programa ejemplar de radio
Peñarroya, de la Cadena SER, cuyos realizadores -a los que hay que felicitar
por su meritoria labor- casi desde el comienzo de la anormalidad en la vida
ciudadana se ha empeñado -con éxito- en mantener informados de la mejor manera
posible a los ciudadanos del Valle del Guadiato, primero, y luego también, a
nuestros vecinos comarcanos de la Campiña Sur pacense, vamos de lo que un
ilustrado, y viejo maestro represaliado y aquí afincado, nos enseñó a reconocer
como la «Extremalucía» territorio
fronterizo en el que se estrechan y fusionan los rasgos humanos y geográficos
de las dos comunidades.
Aprovechamos
mi amigo y yo para finalizar la improvisada tertulia el que por una de las
esquinas apareciera un coche-patrulla de la guardia civil circulando con
deliberada lentitud. Mientras pongo en marcha el coche, se me viene a la cabeza
el jaleo que se ha montado esta semana con el que se dijo había sido un lapsus
del general de este cuerpo al decir que se perseguirían los bulos, y se
defendería al Gobierno de los que lo atacasen, algo que no es una de las
funciones de la guardia civil, y que a pesar de los desmentidos se confirmó al
conocerse que instrucciones en este sentido ya habían sido enviadas a las
distintas comandancias de la Benemérita. Doy vueltas al bulo local: el número
de contagiados rozaría el 2% de la población peñarriblense, lo que supondría
que pocas familias no tendríamos o a algún miembro afectado o a más de un
conocido entre ellos, además ¿Cómo se habría resuelto la atención de tan
elevado número de afectados en nuestro
limitado CHARE? ¡Pero ese iluminado contertulio ocasional estaba tan convencido
de estar en el conocimiento de la verdad más verdadera! Larga tarde gris y sin
lluvia dedicada a la lectura demorada de la prensa y cuando se tiempla me
convierto en paseante del patio después de hacer improvisados ejercicios
físicos. Me llega la voz escasa pero voluntariosa de una vecina que canta
canción española. El casi siempre comedido perro del tercero manifiesta su
disgusto ladrando cada vez que entro en su campo de visión. Huele a azahares
del limonero en uno de los rincones del patio y a horno de dulces recién
hechos, en el opuesto. Fuera, la muerte merodea para cobrarse una presa de uno
de los bloques cercanos, pero el equipo médico que ha llegado en una
ambulancia, le planta cara y traslada al vecino al hospital para sostener
abnegadamente un último pulso contra la fatalidad. Más tarde una niña canturrea
como si fuera un estribillo un gracioso «Papáááá… ¡lííííímpiame el culiiiiito» que
vuelve a poner una sonrisa en los rostros de quienes hemos escuchado el
mensaje.
Llegan
las 8 de la atardecida, con un sol desvaído y pusilánime. Es la hora que marca
realmente el meridiano de los días desde la declaración del Estado de Alerta.
Las ventanas y las puertas se van poblando de vecinos rápidamente en cuanto
alguien empieza en solitario los aplausos. Las golondrinas, que ya dibujan
efímeros caminos en nuestros cielos desde la semana pasada, interrumpen sus jijeos
y se alejan de vuestra parcela celeste. Ya aguantamos poco más de tres minutos
aplaudiendo, no sé si el tiempo mínimo necesario para que nos contraten como
claqué para un espectáculo. Alguien se despide y los demás nos vamos uniendo en
los adioses tras establecer breves diálogos en algunos casos. Casi me dieron
ganas de volver a aplaudir cuando uno de los vecinos manifestó la esperanza que
a partir del dos de mayo se abriera un poco más la mano para todos, aunque solo
fuera para poder salir a hacer deporte.
Luego
tiempos de video llamadas, de correos electrónicos, de televisión de
asombrarnos, estremecernos o indignarnos por cómo había trascurrido en las
capitales mayores especialmente la primera jornada de paseo para los niños, en
los que parecía que la gente había hecho caso omiso a todas las recomendaciones
o prohibiciones gubernamentales. No faltaron implacables guardianes de la moral
y de las prohibiciones, que reclamasen mano dura, quizás sin tener en cuenta
las posibles circunstancias atenuantes de alguna de estas imprudencias o el
hecho de que estas imágenes llamaran tanto la atención por ser las excepciones a las normas y que
probablemente la mayoría sí las hay cumplido, no hay que olvidar que para los
medios de comunicación la noticia no es que un perro haya mordido a una
persona, sino que una persona haya mordido a un perro y, sobre todo que la
vuelta a una cierta, y novedosa, normalidad estará más en nuestras manos como
ciudadanos, que en las del propio Gobierno, un Gobierno que a veces parece
asesorado más que por afines, por adversarios políticos ¿Cómo justificar que se
prevea la salida para hacer deporte el 2 de mayo justamente en fin de semana
para ciudadanos encerrados durante tanto tiempo?
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